Las palabras de mi madre
Monstruos con linterna en la frente
No existen formas únicas para comenzar una novela. Las recetas expuestas por nobeles literarios son a menudo antagónicas. Estructura e intuición se dan la mano cada tanto. Objetivos claros y pasos de ciego suelen concluir indistintamente en una obra maestra. Quien sabe si muchas veces, si no la mayoría, el resultado fue por defecto.
San Fabián me ilumina con la claridad brumosa de febrero. El sol muestra sus primeros síntomas de cansancio y se amarillenta y opaca.
La fotógrafa Daniela afirma que hay un tucúquere que filosofa en las tardes camino al cementerio. Lo buscamos mientras paseábamos a Tatón pero ni rastro. La estridencia ranchera de la plaza parece haber alejado a los tucúqueres y a toda forma autóctona de vida.
Ayer no quise terminar El primer hombre. Me queda solo el último capítulo que está completo. Luego vienen las notas sueltas. Disfruté y sufrí su lectura. Me encontré a ratos reflexionando con otros peces monstruos con linterna en la frente. Nos pasábamos a llevar en las profundidades más insondables del alma humana. Esa zona de tinieblas donde puedes comprender, avizorar, perdonar, ver soles renovados de luz y a la vez desangrarte de pura melancolía.
Un libro que no olvidaré y que probablemente volveré a leer, palabra a palabra, para reencontrarme, premunido con linterna con pilas menos gastadas, junto a otros monstruos de las profundidades.
Leños de álamo seco
Leños de álamo seco. Eso fue lo que encendí esta mañana. Porque estaba fría. Yo seguía intentando espabilar mi motor vital, como viejo tractor rumano carente de repuestos. Y los chercanes obcecados en arrimar su nido en la pared que separa mi escritorio del jardín.
Tatón fue al patio grande a hacer sus asuntos matinales y volvió al poco rato con las patas mojadas. En el camino espantó a Michitaro que tomaba los primeros rayos de sol sobre un lecho de romazas. Fui hasta la ruda y le pedí permiso para cortarle un par de hojas. Luego le agradecí por su generosidad con una inclinación japonesa, por estar ahí y porque de seguro contribuirá a aliviar mi ansiedad galopante del despertar.
Preparé mate con las hojas de ruda, pellizqué la tortilla de rescoldo que me obsequió la señora María. Y entremedio rebané frutas para Romina que seguía acostada. Un naranjón muy dulce, media manzana Fuji y una pera pequeña. Se la rebané porque anda con dolor en su mandíbula desde hace días. Pidió hora en el consultorio pero le dieron para unas cuantas semanas más. En el intertanto (y hablo de la generalidad del sistema público) es usual que mucha gente se muera del mal que nadie remedia o de pura impaciencia. O exasperación. O rabia. Porque el Estado siempre tiene abundantes recursos para asuntos menos empáticos.
Con el mate volví al escritorio y empecé a leer a Cingolani. Lo acompañé en su ascenso a la montaña. Los amigables changos en el camino, los gansos salvajes, las llamas cerca de las cumbres, la necesaria expiación del dolor. Y el regreso en el Justomóvil, ese que pusieron los dioses en el lugar adecuado antes de jugar su partida de dados.
Jorge Muzam
San Fabián de Alico
Texto antiguo. Lo tenía olvidado en borrador junto a 934 textos más.
Fotografía: Lorena Ledesma
SECRETARÍA DE LAS URGENCIAS / SEGRETERIA DELLE URGENZE
Imagen: Edvard Munch
A lo mejor ya se fue el gato
Lafourcade discurre en una entrevista que le hizo Cristian Warnken sobre la posibilidad de que el gato que probablemente participó en su novela Frecuencia Modulada ya se haya ido. Y esto porque en esa novela también rendía un pequeño homenaje al universo de Lewis Carroll.
San Fabián de Alico
Diciembre 28 de 2025
Formas de irse borrando
Nadie escribirá sobre mí. Nadie elucubrará literariamente sobre mis insondabilidades, mis silencios, mis miradas absortas en la nada. Mi propia ira que no encontró a tiempo un botón rojo.
De pequeño solía leer biografías. Enormes volúmenes que atesoraba mi abuelo Enrique. Debí tener 8 o 9 años, quizá menos, cuando empecé a explorar las vidas de otros. Lo que había a mano eran narraciones sobre personajes de la talla de Freud o Jung, de Hitler y Churchill. Dickens y Steinbeck. Marie Curie probablemente. Uno que otro espía en tiempos donde el tema era muy relevante. La poca información que llegaba tenía el tufo de la guerra fría y el cedazo de una dictadura más atarantada y criminal que inteligente.
Luego me aficioné a la forma como Lafourcade y otros escritores chilenos recordaban a sus amigos de juerga, a los poetas del trasnoche, las historias del Chico Molina y una que otra mirada a nuestros nóbeles de literatura.
Más tarde vino Stefan Zweig. Muchos personajes nuevos se asomaron. Una mirada sobre la aterradora soledad de Nietzsche, la compulsión escritural de Balzac, la suerte echada de Dostoievski, la cabeza, no siempre en su sitio, de María Antonieta, el funambulismo de Fouché. Y luego las infidencias de Paul Johnson. Ladrillazos a mansalva a las luminarias del progresismo. Nuestros cotilleos con Claudio Rodríguez que exploraban las sinrazones de siglos a la redonda. Leila Guerriero poniéndole charreteras poéticas de eternidad a tanto desprevenido mortal. Yourcenar dándole introspección a un cadáver de dos mil años. Y el mismo Foster Wallace tomando nota forense del comportamiento propio y ajeno.
En realidad, al escribir, todo el mundo hablaba de otro. Y esa forma de mirar me apasionaba, sobre todo si era incisiva, y a la vez creativa para describir pormenores de la vida, circunstancias, comportamientos y omisiones de otros.
En algún momento, de tanta letra arrejuntada en el establo de mi cerebro, hubo que ordenar, hacer limpieza de hexágonos, la basura por la ventana, y mucho por atesorar, principalmente esas miradas. Y la única forma de hacerlo sin que me explotara el cerebro era transportándolas al papel, en forma de letras aleatorias, más parecidas al jazz de gatos callejeros que a una sinfonía en el Metropolitan Opera House. Formas de resguardo, homenaje, y también cizaña como resortera, vueltas de mano y tantos rencores que no cabrían en el territorio ruso. Porque los bártulos de condición humana de mi mochila atesoran Atilas y Spinozas simultáneamente.
Pasaron los años. Amé. Me amaron. Nos separamos. Volví a amar. Volvieron a amarme. Nos separamos. Vino Lorena, mi universo paralelo. Murieron mis abuelos y mi madre, vinieron los puelches, uno tras otro, el invierno con nevadas intermitentes, lecturas a salto de mata, escritura en morse, meras constancias entre tanto asunto por la sobrevivencia económica, en algún momento se nos quemó la casa, nacieron y crecieron y se hicieron adultos mis propios hijos. Vino mi único nieto. Creció sin control la hiedra como apoderándose de nuestro tiempo, de los jardines, de las escasas nuevas huellas con que intentábamos adornar los días. Vino mi dolor en el pecho, mis vahídos, mi melancolía bajándome la mirada hasta la hierba, las caracolas pisoteadas, el rastrojo de un toronjil cuyano reseco, el batallón tan ralo de hormigas.
Y es entonces que me da por pensar que ya me estoy despidiendo sin que casi nadie apuntase una palabra sobre este amasijo de átomos neuróticos que asomó al mundo un frío invierno de 1972.
Jorge Muzam / San Fabián de Alico / 21 de noviembre de 2025
La experiencia de escribir
Escribir es adentrarse en una catacumba con una linterna con las pilas gastadas, caminar en niebla espesa sin gps, lanzarte desde un risco confiando en que algún momento se te ocurrirá una nueva forma de volar. Y en el trayecto vas intuyendo las voces del monstruo que quiere tomar el relevo de la escritura.
Piglia exploró la insondabilidad de este oficio. De una forma conceptual lo hizo Borges, y a su manera Donoso, aunque las barbaridades escritas en este volumen son prontuario mío. Mi responsabilidad frente al cadalso de Robespierre. La incongruencia esencial que es parte de mi propia sombra.
Cada mañana junto al primer café abro los youtubes con arias de ópera. Nadine Sierra, Aída Garifullina, Anna Netrebko, parte de las voces que son mi diana y mi compañía desde hace ya muchos años.
Lorena me dijo en algún momento que parecían gallinas cacareando. Me quedé con esa impresión. No me molesta. Es mi elección cacareadora en medio de esta época que no ofrece más que bosta medial.
Los días de julio parecen un veranito de San Juan atrasado. Ayer comentaba a Lorena mientras conducía a casa que estábamos en la forma justa y perfecta de vivir. Quizá 17 grados. Brisa tibia oliendo a terneros lejanos. Cerros avioletados. Sol tibio. Nubes de butoh. Ciruelos desnudos y un pequeño riachuelo con pidenes deslizándose junto a la carretera.
Lo usual es el calor y el frio extremo, esas condiciones que te ponen a la defensiva, yelmo reforzado, mascullando maldiciones a la poca deferencia de dios para con estos súbditos advenedizos que solo quisieran matear la tarde larga riéndose con las bromas de Joseph Roth.
Jorge Muzam
San Fabián de Alico, 19 de julio de 2025
Mensajes encriptados para pequeños y grandes lectores del futuro
El resultado fueron 12 cuentos, o relatos, más un largo prólogo y un texto para la contratapa.
Fue el proyecto Fondart que postulé y gané hace exactamente un año.
Es mi deseo aportarle, por mi entera cuenta, varios relatos más que quedaron a medio camino. Entre ellos la historia de un simpático dinosaurio descubierto entre estas montañas de Ñuble. El Sanfasaurio. Lagarto bonachón, bigotudo, con gastado sombrero de paja y monóculo que suspira recurrentemente añorando jugar con los niñosaurios de su era extinta.
Otro es una gallina con una enorme parvada y sus problemas para darle un nombre distinto a cada uno. Texto que será casi un largo trabalenguas.
Quizá los relatos que me afectaron al construirlos, ( aunque debo enfatizar que se fueron haciendo solos, sin predisposición argumental alguna) fueron Friedrich, el perrito filósofo e Iván El Terrible. Quizá porque las historias de perritos me conmueven y, aunque sea por la brevedad de sus vidas, nunca terminan como uno quisiera.
El que más me divirtió escribir fue Los Tiuques Salvajes, que también sirvió para titular el libro.
Es un particular agrado escribir relatos a los que se les puede desordenar un poco el pelo. aunque siempre circunscrito a una especie de Código Hays no escrito de la literatura infantil.
Me gusta pensar, además, que, a diferencia de mis textos más personales, estos relatos serán publicados algún día en una bella edición con dibujos alusivos para degustación de los escasos lectores del futuro.
Es como hacer una mueca de complicidad en el tiempo. Microbromas encriptadas en frases que algún día alguien decodificará.
Avanza un nuevo domingo. El último de marzo de 2025.
Grandes nubes pasan de norte a sur pronosticando días tibios y árboles en deshoje.
Un traje distinto
Leo a Marvin Harris. Avanzo cinco páginas de Bueno para comer. Ocho páginas de La memoria olvidada de José Bengoa. Contemplo mi primer Onfray en papel. El renacimiento de mi biblioteca. Angélica Alarcón me lo obsequió antes de volver a Santiago. ¿Hasta dónde crecerá esta biblioteca? Cómo saberlo. Lo usual ha sido perderlo todo. Una y otra vez. Abro a Larry Brown: "Estuve en el café, pero como si nada. Las cosas no volverán a ser como antes. Uno anda aquí ahora provisional y no puede poner la misma ilusión en la vida".
Avanza la tarde. La luz solar decae a las cinco. Guardo leños para la noche. Tatón se escapa a otros potreros. Juega con el gigante Rotko y el diminuto Omarcín. Los tres chiflados con cola. La felicidad de correr por la pradera en compañía amistosa, espantar los queltehues, mojarse las patas con el rocío del anochecer.
Vuelvo sobre mis pasos. Dudo. Miro hacia todas las montañas. Adónde ir. El arte absorbió mis últimas décadas. Quedan notas y borradores. Nada para enorgullecerse. Si tan solo Strindberg me hubiera conocido. Voy deshaciéndome de mi infancia. Ya es hora de desconocerse, de probarse el traje de un payaso distinto.
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Fotografía: Lorena Ledesma
Gota de luz cayendo al infinito
La mañana tan sombría de un martes intrascendente. No hay suficiente luz para las caléndulas. Probable nieve en las montañas oculta por la baja niebla. Un yeti sentado ante el abismo reconstruyendo los escombros del dios nietzscheano.
Cuando Amparo me mandó al diablo me traje tantos papeles inútiles a San Carlos. La habitación que compartíamos quedó casi desocupada, porque el mobiliario no eran más que papeles y cajas amontonadas que yo traía en cada salida a ese Brooklyn miserable del norte santiaguino. Otros traerían alimentos, una flor. Yo traía papeles, hasta asfixiar nuestro sucucho como oficinilla de Hrabal.
Logré llenar cuatro bolsos al menos. No tenía más bolsos. Algunos, estoy seguro, pesaban más de cincuenta kilos. ¿Por qué no los tiré simplemente en el basurero de la esquina más cercana? ¿Para qué podría servirme en el futuro toda esa basurita pintada con caracteres que ya no venían al caso?
Al bajarme del bus en San Carlos quedé con los bolsos a orilla de carretera como cuatro yunques amarrando mi destino al cemento y a la noche. Los fui arrastrando a paso lento, sudando y sufriendo, como Robert de Niro ascendiendo la catarata de La Misión. ¿Para qué persistía en conservar esa basura? Papelitos que quizá (pude haberlo pensado) darían testimonio de un paso no excesivamente fútil por este mundo. Fotocopias, periódicos, libros viejos, cuadernos a modo de diarios arrejuntados, dietarios, cartas de amantes, algún bosquejo de un pintor amigo de juerga, servilletas con poemas manchados con vino, y más papeles universitarios. Pruebas, programas de curso, bibliografías.
Toda esa basura igual se perdió con los años. Los bolsos quedaron arrumbados en una habitación oscura de la casa de mi abuela hasta que alguien se deshizo de ellos. Una estufa, un camión basurero, un dentífrico de ratón, un avioncito de papel para un niño visitante.
Quizá fue mi expiación, mi equipaje de celulosa maltrecha, mi credencial de acumulador compulsivo de letras. Porque los papeles en sí no me importaban. Solo lo que estaba estampado en ellos. Y entonces lo digital era aún lejano, inaccesible, inmanejable a la rudimentaria técnica de mi mente decimonónica.
Es un recuerdo que me surge desde alguna catacumba mal cerrada mientras leo Timbuktú, el delirio final de Willy recordando cosas superfluas en lugar de aspectos profundos de la existencia. De fondo el algoritmo replica sentimentalismos insensatos de Yann Tiersen. La lluvia sigue cayendo. Las diez de la mañana y la penumbra se obceca en el valle.
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