Al morir mi madre seguí viviendo en la misma casa. También vino a habitarla mi hija y mi nieto. Los muebles no se reacomodaron. Las especias continuaron en los mismos frascos de vidrio. Las ollas siguieron su tranquilo tránsito al desvencije.
Solo mi madre se convirtió en memoria. En espíritu que aquieta las aguas. En silencio que responde a su manera ante lo incierto de los días venideros. Sus palabras retornan en cada pensamiento. En la tenca avisando visitas incorpóreas. En la preocupación traspasada por las purpurinas, por los mantos de eva clamando su ración cotidiana de agua, por las nuevas generaciones de pollos asomando desde la zarzamora. Como si el universo de la mente hubiese quedado también amoblado. Persisten las muletillas que acompañaron nuestra infancia, las frases ancestrales que mantuvieron cierta disciplina, que acorralaron el miedo, que dieron extensas alas a la imaginación, luciérnagas titilantes al misterio, respuesta al trueno, al temblor, al pan que seguiría llegando con una que otra ayuda divina.
Hoy me toca inventariarlas. Como un poema de época. El paso de una mujer integral por este mundo, la nave nodriza que dejó semillas de amor en este planeta con aliento a pólvora y final.

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