No existen formas únicas para comenzar una novela. Las recetas expuestas por nobeles literarios son a menudo antagónicas. Estructura e intuición se dan la mano cada tanto. Objetivos claros y pasos de ciego suelen concluir indistintamente en una obra maestra. Quien sabe si muchas veces, si no la mayoría, el resultado fue por defecto.
San Fabián me ilumina con la claridad brumosa de febrero. El sol muestra sus primeros síntomas de cansancio y se amarillenta y opaca.
La fotógrafa Daniela afirma que hay un tucúquere que filosofa en las tardes camino al cementerio. Lo buscamos mientras paseábamos a Tatón pero ni rastro. La estridencia ranchera de la plaza parece haber alejado a los tucúqueres y a toda forma autóctona de vida.
Ayer no quise terminar El primer hombre. Me queda solo el último capítulo que está completo. Luego vienen las notas sueltas. Disfruté y sufrí su lectura. Me encontré a ratos reflexionando con otros peces monstruos con linterna en la frente. Nos pasábamos a llevar en las profundidades más insondables del alma humana. Esa zona de tinieblas donde puedes comprender, avizorar, perdonar, ver soles renovados de luz y a la vez desangrarte de pura melancolía.
Un libro que no olvidaré y que probablemente volveré a leer, palabra a palabra, para reencontrarme, premunido con linterna con pilas menos gastadas, junto a otros monstruos de las profundidades.
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