Leños de álamo seco

 

Leños de álamo seco. Eso fue lo que encendí esta mañana. Porque estaba fría. Yo seguía intentando espabilar mi motor vital, como viejo tractor rumano carente de repuestos. Y los chercanes obcecados en arrimar su nido en la pared que separa mi escritorio del jardín. 

Tatón fue al patio grande a hacer sus asuntos matinales y volvió al poco rato con las patas mojadas. En el camino espantó a Michitaro que tomaba los primeros rayos de sol sobre un lecho de romazas. Fui hasta la ruda y le pedí permiso para cortarle un par de hojas. Luego le agradecí por su generosidad con una inclinación japonesa, por estar ahí y porque de seguro contribuirá a aliviar mi ansiedad galopante del despertar. 

Preparé mate con las hojas de ruda, pellizqué la tortilla de rescoldo que me obsequió la señora María. Y entremedio rebané frutas para Romina que seguía acostada. Un naranjón muy dulce, media manzana Fuji y una pera pequeña. Se la rebané porque anda con dolor en su mandíbula desde hace días. Pidió hora en el consultorio pero le dieron para unas cuantas semanas más. En el intertanto (y hablo de la generalidad del sistema público) es usual que mucha gente se muera del mal que nadie remedia o de pura impaciencia. O exasperación. O rabia. Porque el Estado siempre tiene abundantes recursos para asuntos menos empáticos.

Con el mate volví al escritorio y empecé a leer a Cingolani. Lo acompañé en su ascenso a la montaña. Los amigables changos en el camino, los gansos salvajes, las llamas cerca de las cumbres, la necesaria expiación del dolor. Y el regreso en el Justomóvil, ese que pusieron los dioses en el lugar adecuado antes de jugar su partida de dados.

Jorge Muzam
San Fabián de Alico
Texto antiguo. Lo tenía olvidado en borrador junto a 934 textos más.

Fotografía: Lorena Ledesma

SECRETARÍA DE LAS URGENCIAS / SEGRETERIA DELLE URGENZE


de/di Jorge Muzam

(Scrittore cileno, nato a San Fabián de Alico nel 1972)


Nunca me he dado el tiempo para llorar todo lo que debo llorar. Mis errores, pérdidas, alejamientos, ausencias. Los funerales de cada uno de mis yoes que han ido muriendo de tristeza. Mis muertos sanguíneos. Los que algo contribuyeron con un desayuno o un plato de lentejas en inviernos fríos. Mis muertos creadores. Los hermanos de todas las épocas de quienes más aprendí.

No he podido llorar. Darme el tiempo. El estallido de mi garganta, de mis sienes, de mis manos a todos los cielos e infiernos. No me es posible llorar junto a las piedras de un estero que cada día trae menos agua. No puedo hacerlo. Siempre hay funcionarios de la vida husmeando, apurando, poniendo el pause a toda congoja, porque la secretaría de las urgencias advierte terminante que no hay tiempo para pelotudeces.




(*) Non mi sono mai dato la pena di piangere per tutto ciò che devo piangere. I miei errori, perdite, allontanamenti, assenze. I funerali di ognuno dei miei io, che un po' alla volta sono morti di tristezza. I miei morti consanguinei. Quelli che hanno contribuito con qualcosa, una colazione o un piatto di lenticchie nei freddi inverni. I miei morti creatori. I fratelli di tutte le epoche dai quali ho più imparato.

Non ho potuto piangere. Prendermi il tempo. L'esplosione della mia gola, delle mie tempie, delle mie mani, rivolto a tutti i cieli e inferni. Non mi è possibile piangere accanto alle pietre di un ruscello, che ogni giorno porta meno acqua. Non posso farlo. Ci sono sempre funzionari della vita che annusano, affrettano, mettono pausa a ogni angoscia, perché la segreteria delle emergenze avverte tassativamente, che non c'è tempo per le scempiaggini.


(*) Traducido al italiano por Marcela Filippi
Imagen: Edvard Munch


A lo mejor ya se fue el gato

Lafourcade discurre en una entrevista que le hizo Cristian Warnken sobre la posibilidad de que el gato que probablemente participó en su novela Frecuencia Modulada ya se haya ido. Y esto porque en esa novela también rendía un pequeño homenaje al universo de Lewis Carroll.

No está seguro si el gato estuvo o no estuvo en esa novela, pero algún lejano recuerdo en él asocia esa posibilidad, como un michi de Schrödinger deambulando por una pradera con niebla espesa.

Amanece tan callando este Día de los Inocentes. Antiguamente era un día largamente esperado. Porque había amnistía segura para los pecadores cuchufleteros. Podíamos ser el personaje que se nos antojara. Anunciar llegadas a Júpiter. Chanchas pariendo terneros. Abogados atorados con hostias de misa.

Siete de la mañana. Apenas asoma el sol veraniego sobre el Alico. El ventanal que da al jardín devuelve los rosados de un lilium gigante recién florecido. Más allá las gallinas esperan su desayuno de maíz. He tostado una hallulla añeja. Le he esparcido mermelada de mora. Un café no muy cargado. Y reestrenado en Youtube la entrevista a Lafourcade. Crecí escuchando al maestro. Solía aparecer seguido en televisión y radio. Incluso como jurado en concursos de advenedizos. También leía cada domingo su artículo en Artes y Letras gracias a que mi abuelo Enrique compraba el diario El Mercurio. Lo leía y sus letras tenían el tono de su voz. Sus chanzas, sus sentencias, sus apresuramientos, su poesía. Un tono entre provocador, balbuceante y tierno que lo acompañó toda la vida. Varias de mis grandes lecturas de aquellos años fueron impulsadas por Lafourcade, pues no solo era un severo crítico literario, sino un divulgador por defecto de la mejor literatura chilena y mundial.

Jorge Muzam
San Fabián de Alico
Diciembre 28 de 2025

Formas de irse borrando

Nadie escribirá sobre mí. Nadie elucubrará literariamente sobre mis insondabilidades, mis silencios, mis miradas absortas en la nada. Mi propia ira que no encontró a tiempo un botón rojo.

De pequeño solía leer biografías. Enormes volúmenes que atesoraba mi abuelo Enrique. Debí tener 8 o 9 años, quizá menos, cuando empecé a explorar las vidas de otros. Lo que había a mano eran narraciones sobre personajes de la talla de Freud o Jung, de Hitler y Churchill. Dickens y Steinbeck. Marie Curie probablemente. Uno que otro espía en tiempos donde el tema era muy relevante. La poca información que llegaba tenía el tufo de la guerra fría y el cedazo de una dictadura más atarantada y criminal que inteligente.

Luego me aficioné a la forma como Lafourcade y otros escritores chilenos recordaban a sus amigos de juerga, a los poetas del trasnoche, las historias del Chico Molina y una que otra mirada a nuestros nóbeles de literatura.

Más tarde vino Stefan Zweig. Muchos personajes nuevos se asomaron. Una mirada sobre la aterradora soledad de Nietzsche, la compulsión escritural de Balzac, la suerte echada de Dostoievski, la cabeza, no siempre en su sitio, de María Antonieta, el funambulismo de Fouché. Y luego las infidencias de Paul Johnson. Ladrillazos a mansalva a las luminarias del progresismo. Nuestros cotilleos con Claudio Rodríguez que exploraban las sinrazones de siglos a la redonda. Leila Guerriero poniéndole charreteras poéticas de eternidad a tanto desprevenido mortal. Yourcenar dándole introspección a un cadáver de dos mil años. Y el mismo Foster Wallace tomando nota forense del comportamiento propio y ajeno.

En realidad, al escribir, todo el mundo hablaba de otro. Y esa forma de mirar me apasionaba, sobre todo si era incisiva, y a la vez creativa para describir pormenores de la vida, circunstancias, comportamientos y omisiones de otros.

En algún momento, de tanta letra arrejuntada en el establo de mi cerebro, hubo que ordenar, hacer limpieza de hexágonos, la basura por la ventana, y mucho por atesorar, principalmente esas miradas. Y la única forma de hacerlo sin que me explotara el cerebro era transportándolas al papel, en forma de letras aleatorias, más parecidas al jazz de gatos callejeros que a una sinfonía en el Metropolitan Opera House. Formas de resguardo, homenaje, y también cizaña como resortera, vueltas de mano y tantos rencores que no cabrían en el territorio ruso. Porque los bártulos de condición humana de mi mochila atesoran Atilas y Spinozas simultáneamente.

Pasaron los años. Amé. Me amaron. Nos separamos. Volví a amar. Volvieron a amarme. Nos separamos. Vino Lorena, mi universo paralelo. Murieron mis abuelos y mi madre, vinieron los puelches, uno tras otro, el invierno con nevadas intermitentes, lecturas a salto de mata, escritura en morse, meras constancias entre tanto asunto por la sobrevivencia económica, en algún momento se nos quemó la casa, nacieron y crecieron y se hicieron adultos mis propios hijos. Vino mi único nieto. Creció sin control la hiedra como apoderándose de nuestro tiempo, de los jardines, de las escasas nuevas huellas con que intentábamos adornar los días. Vino mi dolor en el pecho, mis vahídos, mi melancolía bajándome la mirada hasta la hierba, las caracolas pisoteadas, el rastrojo de un toronjil cuyano reseco, el batallón tan ralo de hormigas. 

Y es entonces que me da por pensar que ya me estoy despidiendo sin que casi nadie apuntase una palabra sobre este amasijo de átomos neuróticos que asomó al mundo un frío invierno de 1972.


Jorge Muzam / San Fabián de Alico / 21 de noviembre de 2025


La experiencia de escribir


Martin Kohan lo enfatiza en cada frase. Escribir es en sí mismo una experiencia, tal como leer.

La lectura es un diálogo mente a mente, beber whisky con una voz que parla desde hace mil años. Para escribir no se requiere necesariamente haber danzado con zulúes. La experiencia de la vida es solo un complemento. Puede y no puede servir al efecto. Incluso el no hacer nada es un gran tema. El no haber vivido una guerra o hambruna, el estar despoblado de palizas juveniles, de estafas, de amores truncos, porque la vida igual se desenvuelve. La mente explora, se entromete, roba, se amanceba, masculla, regurgita, asesina, y ese condimento puede y no puede ser insumo literario, pues al escribir la vida toma otro cauce. Es como deambular por otro Nueva York. Un Nueva York desierto, al que hay que ir poniéndole palitroques, damiselas, animales, árboles, y sobre todo emociones, una nube rala, una última luz encendida en un rascacielos de pronta demolición.

Escribir es adentrarse en una catacumba con una linterna con las pilas gastadas, caminar en niebla espesa sin gps, lanzarte desde un risco confiando en que algún momento se te ocurrirá una nueva forma de volar. Y en el trayecto vas intuyendo las voces del monstruo que quiere tomar el relevo de la escritura. 

Piglia exploró la insondabilidad de este oficio. De una forma conceptual lo hizo Borges, y a su manera Donoso, aunque las barbaridades escritas en este volumen son prontuario mío. Mi responsabilidad frente al cadalso de Robespierre. La incongruencia esencial que es parte de mi propia sombra.

 Cada mañana junto al primer café abro los youtubes con arias de ópera. Nadine Sierra, Aída Garifullina, Anna Netrebko, parte de las voces que son mi diana y mi compañía desde hace ya muchos años.

Lorena me dijo en algún momento que parecían gallinas cacareando. Me quedé con esa impresión. No me molesta. Es mi elección cacareadora en medio de esta época que no ofrece más que bosta medial.

Los días de julio parecen un veranito de San Juan atrasado. Ayer comentaba a Lorena mientras conducía a casa que estábamos en la forma justa y perfecta de vivir. Quizá 17 grados. Brisa tibia oliendo a terneros lejanos. Cerros avioletados. Sol tibio. Nubes de butoh. Ciruelos desnudos y un pequeño riachuelo con pidenes deslizándose junto a la carretera.

Lo usual es el calor y el frio extremo, esas condiciones que te ponen a la defensiva, yelmo reforzado, mascullando maldiciones a la poca deferencia de dios para con estos súbditos advenedizos que solo quisieran matear la tarde larga riéndose con las bromas de Joseph Roth.


Jorge Muzam

San Fabián de Alico, 19 de julio de 2025

Mensajes encriptados para pequeños y grandes lectores del futuro


Solo anoche terminé de revisar e imprimir los cuentos infantiles incluidos en mi libro Los Tiuques Salvajes. Nació atenazado por mil otras ocupaciones que le quitaban el tiempo creativo no residual.  Entre improvisación de temas y un genuino afecto que me iba surgiendo a medida que sumaba palabras a cada texto. Madrugadas y noches durante varios meses jugando con el lenguaje, a veces dándole forma a chifladuras muy personales, obsesiones resguardadas desde la infancia y sin más destino posible que ser inventariadas en medio de historias descabelladas, también algunos relatos que le inventé a mis hijos cuando eran pequeños con el fin de hacerlos dormir y que siempre generaban el efecto contrario.

El resultado fueron 12 cuentos, o relatos, más un largo prólogo y un texto para la contratapa. 

Fue el proyecto Fondart que postulé y gané hace exactamente un año. 

Es mi deseo aportarle, por mi entera cuenta, varios relatos más que quedaron a medio camino. Entre ellos la historia de un simpático dinosaurio descubierto entre estas montañas de Ñuble. El Sanfasaurio. Lagarto bonachón, bigotudo, con gastado sombrero de paja y monóculo que suspira recurrentemente añorando jugar con los niñosaurios de su era extinta.

Otro es una gallina con una enorme parvada y sus problemas para darle un nombre distinto a cada uno. Texto que será casi un largo trabalenguas.

Quizá los relatos que me afectaron al construirlos, ( aunque debo enfatizar que se fueron haciendo solos, sin predisposición argumental alguna) fueron Friedrich, el perrito filósofo e Iván El Terrible. Quizá porque las historias de perritos me conmueven y, aunque sea por la brevedad de sus vidas, nunca terminan como uno quisiera.

El que más me divirtió escribir fue Los Tiuques Salvajes, que también sirvió para titular el libro.

Es un particular agrado escribir relatos a los que se les puede desordenar un poco el pelo. aunque siempre circunscrito a una especie de Código Hays no escrito de la literatura infantil. 

Me gusta pensar, además, que, a diferencia de mis textos más personales, estos relatos serán publicados algún día en una bella edición con dibujos alusivos para degustación de los escasos lectores del futuro.

Es como hacer una mueca de complicidad  en el tiempo. Microbromas encriptadas en frases que algún día alguien decodificará. 

Avanza un nuevo domingo. El último de marzo de 2025. 

Grandes nubes pasan de norte a sur pronosticando días tibios y árboles en deshoje. 

Un traje distinto


Las cachañas se quedaron hasta julio degustando los brotes de la higuera. No es costumbre tener comensales emplumados en épocas tan frías. La retaguardia emigró al sur.  Dubitativamente. Como si no hubiera consenso respecto a un destino promisorio. Cientos de pajarracos en bulliciosa charla se perdieron más allá de los bosques que rodean el río Ñuble.

Llegan aromas de cazuela de pava desde las casas vecinas. De tortilla de rescoldo con cascarón quemado. La muchachada está de vacaciones. Sobreprotegida y tecnologizada. Por eso hay tanto silencio en el valle. Apenas un rumor de tetera hirviendo sobre la estufa, de altos comisionados jilgueros que se adelantan a comprobar el ocaso invernal. 

Leo a Marvin Harris. Avanzo cinco páginas de Bueno para comer. Ocho páginas de La memoria olvidada de José Bengoa. Contemplo mi primer Onfray en papel. El renacimiento de mi biblioteca. Angélica Alarcón me lo obsequió antes de volver a Santiago. ¿Hasta dónde crecerá esta biblioteca? Cómo saberlo. Lo usual ha sido perderlo todo. Una y otra vez. Abro a Larry Brown: "Estuve en el café, pero como si nada. Las cosas no volverán a ser como antes. Uno anda aquí ahora provisional y no puede poner la misma ilusión en la vida".

Avanza la tarde. La luz solar decae a las cinco. Guardo leños para la noche. Tatón se escapa a otros potreros. Juega con el gigante Rotko y el diminuto Omarcín. Los tres chiflados con cola. La felicidad de correr por la pradera en compañía amistosa, espantar los queltehues, mojarse las patas con el rocío del anochecer.

Vuelvo sobre mis pasos. Dudo. Miro hacia todas las montañas. Adónde ir. El arte absorbió mis últimas décadas. Quedan notas y borradores. Nada para enorgullecerse. Si tan solo Strindberg me hubiera conocido. Voy deshaciéndome de mi infancia. Ya es hora de desconocerse, de probarse el traje de un payaso distinto.

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Fotografía: Lorena Ledesma

Gota de luz cayendo al infinito

 

Un poco de Handel, Yann Tiersen, Einaudi, Philip Glass, Joe Hisaichi, una gota de luz cayendo al infinito de Saint Colombe. Lo que sea para acompañar la llovizna matinal, como un arbitrario Bernstein reubicando piezas porque nunca está enteramente a gusto.

La mañana tan sombría de un martes intrascendente. No hay suficiente luz para las caléndulas. Probable nieve en las montañas oculta por la baja niebla. Un yeti sentado ante el abismo reconstruyendo los escombros del dios nietzscheano. 

Cuando Amparo me mandó al diablo me traje tantos papeles inútiles a San Carlos. La habitación que compartíamos quedó casi desocupada, porque el mobiliario no eran más que papeles y cajas amontonadas que yo traía en cada salida a ese Brooklyn miserable del norte santiaguino. Otros traerían alimentos, una flor. Yo traía papeles, hasta asfixiar nuestro sucucho como oficinilla de Hrabal. 

Logré llenar cuatro bolsos al menos. No tenía más bolsos. Algunos, estoy seguro, pesaban más de cincuenta kilos. ¿Por qué no los tiré simplemente en el basurero de la esquina más cercana? ¿Para qué podría servirme en el futuro toda esa basurita pintada con caracteres que ya no venían al caso?

Al bajarme del bus en San Carlos quedé con los bolsos a orilla de carretera como cuatro yunques amarrando mi destino al cemento y a la noche. Los fui arrastrando a paso lento, sudando y sufriendo, como Robert de Niro ascendiendo la catarata de La Misión. ¿Para qué persistía en conservar esa basura? Papelitos que quizá (pude haberlo pensado) darían testimonio de un paso no excesivamente fútil por este mundo. Fotocopias, periódicos, libros viejos, cuadernos a modo de diarios arrejuntados, dietarios, cartas de amantes, algún bosquejo de un pintor amigo de juerga, servilletas con poemas manchados con vino, y más papeles universitarios. Pruebas, programas de curso, bibliografías.

Toda esa basura igual se perdió con los años. Los bolsos quedaron arrumbados en una habitación oscura de la casa de mi abuela hasta que alguien se deshizo de ellos. Una estufa, un camión basurero, un dentífrico de ratón, un avioncito de papel para un niño visitante. 

Quizá fue mi expiación, mi equipaje de celulosa maltrecha, mi credencial de acumulador compulsivo de letras. Porque los papeles en sí no me importaban. Solo lo que estaba estampado en ellos. Y entonces lo digital era aún lejano, inaccesible, inmanejable a la rudimentaria técnica de mi mente decimonónica.

Es un recuerdo que me surge desde alguna catacumba mal cerrada mientras leo Timbuktú, el delirio final de Willy recordando cosas superfluas en lugar de aspectos profundos de la existencia. De fondo el algoritmo replica sentimentalismos insensatos de Yann Tiersen. La lluvia sigue cayendo. Las diez de la mañana y la penumbra se obceca en el valle. 

Debe estar cayendo nieve

 

Me cambié zapatos tres veces. Fui por leña al galpón tres veces. Recogí huevos tres veces. Dos veces espanté al gato comehuevos. Di de comer a las gallinas una vez. No les di de cenar porque llegamos tarde del último taller.

Preparé café luego de darle once a mi madre. Café y una rebanada de pan con mermelada de ciruelas. No estoy seguro si es solo de ciruelas. Puede estar mezclada con cerezas. Objetivamente está sabrosa. Y muy aromática. Me la obsequió una amable profesora jubilada. Esposa de un profesor jubilado a quien le postulé un libro al fondo de patrimonio. Fueron cordiales en un país sobrepoblado de brutos fascistoides y eso me dejó contento.

Ha llovido desde anteayer. El viento pareció arrancar de raíz los encinos. Al menos eso temimos toda la noche. Y ya son dos noches temiendo. Leí diez poemas de Szymborska. Dos de Rene Char. Un libro completo de Claudio Bertoni. El cansador intrabajable para ser más preciso. Me conmovió el poema al recuerdo de su hermana pequeña. El libro estaba entre mis archivos de PDF del 2015. Lorena preparó mate amargo. Me tocaba el hombro para que se lo recibiera. Yo no la escuchaba porque mis audífonos reproducían Chi il bel sogno di Doretta.

Han caído muchos árboles. Pero no nuestros encinos. O quizá los encinos pensarán que nosotros somos sus humanos. Sus mascotas inútiles que solo saben causar problemas. Y que irremediablemente nos estamos siempre cayendo. O al menos tropezando. Los encinos deben tener 150 años. Nosotros 40 y 52. Y el señor Tatón tiene 8 y medio. Y ya no le quedan dientes.

Más café para esperar la medianoche. Lo acompañé escuchando entrevistas a Mariana Enríquez. Y también oyendo la lluvia golpear nuestro techo. Y al gato marrón desde la ventana de la cocina pidiendo más sopa tibia para capear el temporal.

Es de madrugada y se ha puesto más frío. Debe estar cayendo nieve sobre los cerros cercanos. Nieve sobre el alto Ñuble y sobre las aguas sediciosas de Shannon. Nieve lenta y silenciosa cayendo sobre Quebrada Oscura. Nieve blanqueando los bigotes de un zorro taciturno de Pichirrincón. Nieve sobre el invierno de 2010. Aquel invierno donde estuve más vivo que el resto de los inviernos. La nieve cubrió el valle. Mis hijos pequeños saltaban, se tiraban copos del porte de sus manitos cerradas y confeccionaban réplicas de Golem con nariz de zanahoria. Sobresalían escasas briznas de hierba que las ovejas cortaban con fruición.

El sol que mata la niebla


Todo lo que quisieras hacer en un día se desvanece. Miras a Tolstoi desde lejos, como si te fuera absorbiendo una pesadilla. Los imprevistos comiéndote los tobillos. Los cancerberos del tiempo utilitario mirando con fiereza tu mirada perdida.

Y así, un día tras otro, no como caballos correteando en la colina, sino como horda de ratas atravesando un zaguán.

El café que se enfría tan rápido. El sol que mata la niebla. Abro Mirar, escuchar, leer, de Levi-Strauss. Escucho fragmentos de Las bodas de Fígaro. Miro el reloj del computador. 10:45 de la mañana. El avance de un 21 de julio. Lo miro como acorazándome. ¿Qué imprevisto sucederá hoy? Me voy al último capítulo del libro. Las bordadoras de las praderas de América del Norte que sueñan con la diosa de doble rostro. Bordan con púas de puerco espín. Les sangran las manos con los pinchazos. Los motivos geométricos de sus bordados deben salir de un sueño confidenciado por la diosa. Solo entonces el resto puede repetir la forma del bordado que se adhiere a la tradición de la tribu.

Las bordadoras que han soñado se comportan como libertinas, se acuestan con quien les plazca, ríen destempladamente y prosiguen su vida como poetas malditas.

Tanta desnudez en el horizonte. El hielo que empieza a derretirse. Las caléndulas que parecen disfrutar el frío. Una tenca anunciando visitas que no deseamos.
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