Tecleos de máquina oxidada

Leo a Bruno Schulz, escucho jazz, bebo café, dibujo caricaturas sin levantar el lápiz, se me hielan los pies, salgo a tomarle fotos a los bancos de niebla que se adhieren a las quebradas. En el camino pruebo ciruelas bañadas con rocío cordillerano y mastico el amargor de una hoja de naranjo. Atravieso cercos de púas, descampados con vacas melancólicas, lontananzas disueltas en colores de Turner, de Constable, de Van Gogh. Piso heno podrido, zarzales tiernos, hormigas argentinas, voy algo rápido, como deshaciéndome de la opresión de mi pecho, huyendo de los buitres que me sobrevuelan con la servilleta puesta, imponiendo restricciones severas a los devaneos irresponsables de mi mente. El dolor debe escamotearse antes que pulverice lo poco que va quedando. Los perros flacos le ladran a los conejos burlones. Las gallinetas desfilan contra el sol. Los exasperados gansos buscan a sus dueños para espetarle su hambre. Levanto los ojos hacia la bruma. Las montañas desaparecen si nadie las necesita. Nuestra condena consiste en transportar la tristeza y la alegría a todas partes. Si asciendes la condena se superlativiza. Un murmullo de abejas persigue mi mente. La envuelve, la atrapa, la convierte en miel de cocodrilo. Apurarme no es suficiente. Todo lo que tengo es esta acumulación de palabras, tecleos de máquina oxidada, carpinteros obcecados en un abedul muerto.

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