Vidas inútiles


El verano llegó como una bola de fuego de Van Gogh. Algunas flores se desvanecen sin recibir misericordia.  Respondo a las llamadas telefónicas con escaso entusiasmo. Mis intermezzos se rellenan con pensamientos volátiles, imágenes literarias en construcción y arias interpretadas por Aida Garifullina. He perdido la cuenta de todo lo que he escrito, los papeles simplemente se amontonan a la par de los días que siguen impertérritos su marcha de luces y sombras. Suelo levantarme antes que el gallo. Hay aromas matinales que deslumbran, petunias vestidas de gala y rosas multicolores bañadas de rocío. Los campesinos no las cuidan y ellas parecen crecer con más prestancia. El exceso de cuidados sólo daña la vida. La sobreprotección es un veneno lento.

Cambio de habitación. Arrastro muebles que cobijan libros viejos. Releo fragmentos. Mi cabeza levemente inclinada intenta captar las letras que parecen decir algo. Me he volcado en El Pájaro Pintado de Kosinski. Es decir, lo acabo de terminar y ahora empiezo la biografía de Tolstoi escrita por Stefan Zweig. La conciencia de la brevitud de la vida te lleva a discriminar. Cientos de libros se van a las estanterías bajas y sabes que al menos tú nunca volverás a hojearlos. Fueron amistades pasajeras que no sirvieron de mucho, como las personas que pasaron, cual de todas más preocupada de calafatear su propio bienestar, asumiendo actitudes diplomáticas para no perder pisada ni sendero. La soledad duele, pero la multitud duele más.

Los huertos recrean un espacio de vida controlada. Las semillas fueron plantadas como filas soviéticas. Tu intervención fue breve, casi insustancial. 

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