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La policía de la culpa

La noche fue de copas con el pintor Gutiérrez. Su cedazo mental puesto sobre la mesa sin pulir. San Fabián es su Arlés. Ha persistido en esta tierra pudiendo estar en el lago Victoria, en las ruinas jordanas, en las pagodas tailandesas. Tomamos fotografías de obras antiguas arrumbadas. El prisma del alma compleja que devuelve expresionismos australes.  

Llegamos tarde a casa. Atizo troncos funcionarios que no dan llama, que no cumplen su función. Se enfrían las manos. Intento escribir de madrugada. Las ranas están mudas. Los grillos afinando instrumento. Los perros sueñan con paraísos de rascaditas, supermercados de huesos, canillas de turistas. Un altavoz de borracho quedó encendido en la Villa Alico. Levanto la vista hacia el farol moribundo de la avenida. Siento estropeado el sentido de lo que iba a escribir. Preparo un café y respiro hondo. Me sale una maldición atea. Me quejo, no por mi, sino porque tengo una palabra atorada en la sien, mientras retumba un Despacito que la ametralla antes de que salga a la superficie. Es el asesinato del escritor, porque luego la ira del hombre ya no daña, ya no hiere, ya no apunta.

Romina me reprende como a un párvulo mimado. Dice que han pasado cosas peores en el mundo. Le digo que debe amarme como a un líder norcoreano, que no me cuestione o si no encontrará al segundo motivos para fusilarme. Mi neurosis se activa con los relojes presurosos. La vida en diapositivas. Las novelas que se piensan y no se escriben, que se las lleva el río, mientras un Graccus burlón me saca la lengua y toma selfies de su vagancia. La culpa se atora en la garganta, derriba ilusiones con más fuerza que el huracán Irma. Debí hacer lo que hizo la mayoría. El sendero de Frost desgarra el nido del dolor. Tomo un lápiz y escribo un poema que destruyo apenas lo termino. Poeta suicida. Agregar basura al universo. Chatarra lingüística. Tenemos a Keats y eso basta para la perpetuación de la belleza. Salgo a la penumbra a trozar troncos. La ira se disuelve en el valle encantado. Despiertan los pájaros. Las estrellas se apagan, se esconden, se duermen.

Septiembre sigue tan frío. La niebla bajó hasta el valle, niebla lechosa, entrometida, que convierte en bultillos difusos a los queltehues, en posibilidades musicales a los jilgueros del cableado.

Imagen: Ferdinand Hodler

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