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Tardes incendiadas

Fotografía: Lorena Ledesma. Crepúsculo sanfabianino (tomado desde Avenida Purísima a mediados de junio de 2016)
Son tantas las señales de vida que he ido guardando en el disco duro de mi computador. Tantas miradas distintas del universo. Basta apretar una tecla para que se abra mi propia biblioteca de Alejandría. Veinte mil libros de literatura, historia, antropología, filosofía, mi selecta musicoteca de jazz, música étnica, las mejores arias de la ópera, el Réquiem de Mozart para mis horas solemnes, la historia contemporánea en películas, los grandes directores de cine, los pensadores que respeto, Onfray y Zizek en un bar digital, los atrapamariposas de Nabokov, el ajedrez narrativo de Joyce, la poesía de Vallejo, miles de fotografías personales, sentimientos esculpidos con luces y sombras, nubes caprichosas, tardes incendiadas, ciruelos muertos y cada uno de los territorios que conquisté por algunos instantes. Junto a ellos, decenas de miles de documentos, enciclopedias, diccionarios, novelas y textos personales en construcción, imágenes de pinturas famosas y desconocidas, de otoños canadienses, inviernos chilenos y primaveras japonesas, de mujeres desnudas, pudúes asustadizos y castores construyendo represas con alerces muertos. De alguna forma, tengo el espíritu conservacionista de un monje medieval, de un hámster que sólo avizora inviernos. Me arrincona la pregunta, ¿resguardar para qué?. La banalidad se impone, los discos duros quedan arrumbados y lo que queda de vida es menos que un parpadeo.

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