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Los pobres pueden esperar


El invierno se resiste a ser relevado​ y nos azota con temperaturas siberianas. Ayer tarde volvió el puelche desde los filones cordilleranos y no ha parado de rugir ni de intimidar a los árboles. Los borregos recién nacidos se guarecen detrás de los troncos caídos y las gallinas son empujadas hacia el oeste como molestias emplumadas. Temprano logré fotografíar una loica. Quise captarla de cerca pero los perros juguetones me la espantaron.
 
El circo preelectoral chileno está en su apogeo. Los partidos políticos tantean sus fuerzas y en los medios informativos aprovechan de mentir con el descaro habitual.


Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, dos hijas de ex generales de la Fuerza Aérea se disputan la presidencia junto a siete candidatos más. El padre de Michelle fue un general constitucionalista que trabajó lealmente junto al gobierno de Salvador Allende, y el otro, un alto oficial golpista aparentemente involucrado en el asesinato del primero, y que luego brindó ayuda militar rastrera a los ingleses durante la Guerra de las Malvinas.
 
Bachelet parece contar con mucha ventaja respecto a los otros ocho candidatos, y como hoy en día pocos quieren apostar a perdedor, cada día suma nuevos simpatizantes. Desde comunistas y socialistas, pasando por movimientos sociales, personas sin militancia, ex dirigentes de base, rufianes oportunistas e incómodos anticomunistas democratacristianos, todos se van sumando al tamborileo de la sonriente candidata.
 
Sin embargo, no hay señales claras de que se vaya a producir algún cambio estructural relevante que beneficie a los chilenos no privilegiados. Más allá de su carismática sonrisa ante las cámaras, Michelle Bachelet no ha dado ningún paso en esa dirección. Es decir, tendremos cuatro años más de perpetuación de un modelo vergonzosamente injusto. Es como una secuencia de administradores eficientes de la desigualdad humana: Pinochet-Aylwin-Frei-Lagos-Bachelet-Piñera-Bachelet. El gran empresariado, la banca, las facultades de economía (depuradas ideológicamente al comienzo de la dictadura), las AFP, las isapres, el retail, las mineras, las forestales, las grandes pesqueras, los sostenedores de colegios, los dueños de universidades privadas, los uniformados y todos los chilenos acomodados pueden dormir tranquilos porque nuevamente nadie se atreverá a tocarles un pelo. Total, el otro 90% de la población puede esperar indefinidamente.
 
 

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