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Las imágenes prohibidas

A medianoche salí a tomar un poco de fresco. La luna llena iluminaba la copa de los naranjos y las zarzamoras ya percibíanse blancas por la helada. Bebí mate, avancé en un libro de Joyce y perfeccioné dos estrofas de mi nuevo engendro narrativo.
Suelo hacer muchas cosas simultáneamente, así que mientras escribía, revisaba textos y leía, aproveché de ver el programa de Chilevisión "Las imágenes prohibidas", donde se exhibían ciertas secuencias de la dictadura pinochetista. El programa evidenciaba las mentiras del régimen, el miedo generalizado, la represión brutal. La mayoría de esas imágenes ya circulaban a través de YouTube, sólo que esta vez se mostraron a través de una señal abierta, con formato de show televisivo y comerciales entremedio, lo que me pareció de mal gusto, dada la seriedad del asunto expuesto.

Al momento del Golpe de Estado tenía sólo un año.  Es decir, crecí en dictadura, alcancé la adolescencia, culminé mi secundaria, viví sus pormenores, sufrí la miseria que dejaron sus ensayos económicos y me enteré de las persecuciones y matanzas a través de los testimonios de personas conocidas y de las revistas y radios opositoras más temerarias. La televisión estaba férreamente controlada por la censura del gobierno y lo que se nos mostraba no era más que un país ordenado, plenamente productivo y racialmente muy blanco.
Sin embargo, entonces ya sabía que vivíamos bajo una dictadura feroz que había asesinado a miles de personas, torturado a decenas de miles, exiliado a centenas de miles, destruido millares de hogares,  acabado con nuestro patrimonio productivo, rematado nuestras empresas públicas y entregado nuestra economía a la especulación de las transnacionales. Ese fue el legado de 17 años de dictadura. Un país dividido, desintegrado socialmente, sin capacidad productiva, con una elite multimillonaria y una clase trabajadora precarizada y con escasos derechos.
Como chileno, como historiador, escritor, intelectual e hijo de esta tierra austral, me interesa que prevalezca la transparencia histórica, que todo lo que ha ocurrido sea de conocimiento público, que no se relativice moralmente una etapa donde hubo claramente víctimas y victimarios, que no se busquen subterfugios para eludir responsabilidades, pues los silencios intencionados no hacen más que disfrazar de ovejas a los lobos, de frailes a las hienas, de envenenar la convivencia y acrecentar las válvulas potencialmente explosivas del resentimiento ciudadano.
El programa me dejó con un sabor amargo, de impotencia retrospectiva, pues nuestro sistema judicial y los siguientes gobiernos fueron tan ineficaces como indolentes y no hicieron prevalecer la justicia que buscaban las víctimas, no repararon ningún daño y los criminales siguieron disfrutando de su parsimoniosa vida de privilegios.
Antes de dormir miré por la ventana. Las sombras de los encinos estaban quietas y el campo completamente blanco de escarcha. Intenté concentrarme en mi sueño, intenté pensar en lo que nos queda por construir un Chile mucho más justo, en darle consistencia real a ese discurso democrático que le enseñamos a los niños en los colegios, pero los gatos agostinos no dejaron de hostilizarme desde el techo y me hicieron la noche muy difícil.

2 comentarios :

  1. Me tocó vivir todo eso siendo consciente, aunque desde la distancia. Yo era una estudiante de primero de Magisterio y mi padre trajo un día a casa a Guido y Marcela: dos amigos chilenos que estuvieron de paso por la isla antes del golpe y con los que establecimos lazos afectivos. Aquí nación Francisca, la bebita que ellos llamaban guagua. Así supimos que nuestra guagua (bus), es algo bien diferente.
    Nos dolió tanto todo aquello que el amor hacia el pueblo de Chile fue definitivo. Por entonces proyectaron el cine un documental muy comprometido y doloroso que contaba lo ocurrido. Fuimos a llorar al cine, solo que esta vez no era ficción.
    La oficialidad reinante ocultaba la verdad. "Ha sido desalojado del poder el comunista Salvador Allende que cobardemente se pegó un tiro" decía la prensa franquista. Nunca nos creímos lo del suicidio.
    Leíamos a Neruda, escuchábamos a Violeta Parra, cantábamos "Te recuerdo Amanda" y "Las casitas del Barrio Alto" y admirábamos a Salvador Allende.
    Tres años más tarde nació mi primera hija y yo tenía una plaza de maestra en un lugar al que casi no llegaban las guaguas (buses)

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  2. Aún se intentan imponer las mentiras y tergiversaciones, querida Encarna. Hoy vuelvo atrás con mis ojos de historiador y me impresiona todo lo que se alcanzó a hacer, en menos de tres años, por el bienestar de la mayoría de los chilenos, así como el ensañamiento que vino después por parte de la oligarquía, los militares y el mismo Estados Unidos azuzando y financiando ese terror.



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