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Amanece en Maitenal (Cuento)

Faltan más de tres horas para que amanezca. Hace frío y caminamos con prisa. Papá camina con cierta dificultad y no puede mirar más que al frente pues carga un atado de sacos en un hombro y una horqueta y una pala en el otro. A ratos carraspea o silba alguna melodía. Intento despertar completamente, pensar con más claridad mientras avanzo. Los lavatorios estaban cubiertos de escarcha por lo que no pude lavarme la cara. Quizá lo haga cuando salga el sol en las acequias que debemos cruzar. De cualquier forma no tiene importancia, pronto estaré muy sucio y nadie me verá en el resto del día.

Falta mucho camino. He intentado calcular la distancia y creo que deben ser unos diecinueve kilómetros. Todos los días para allá y para acá, treinta y ocho kilómetros que mis zapatos resisten con alambre y neoprén. A medida que amanece el frío se hace más intenso. Casi no siento pies ni orejas. Cruzamos extensos potreros donde la hierba mojada sobrepasa las rodillas. Estamos subiendo, bordearemos dos cerros hasta llegar a una enorme explanada arbolada de raulíes. El sendero se angosta y debemos ir apartando las ramas de litres y zarzamoras. Dejan arañazos en la piel que durarán varios días. Ya está aclarando y el cielo negroazulado no da tregua al par de luceros que se resisten a desaparecer. El bolso con comida que llevo al hombro se hace más pesado a cada paso. Sólo el pensar que pronto prepararé el desayuno me permite ahuyentar la fatiga. Siempre me ha gustado preparar el desayuno, aunque no es fácil encender el fuego. Las ramas y palos que encuentro suelen estar húmedos o escarchados. Debo soplar tanto que quedo extenuado, pero es gratificante ver hervir el agua en los tarros, sacarlos del fuego con guantes de sacos viejos, introducirles la bolsita de té y un par de cucharadas de azúcar. Nos toca a cada uno un robusto pan amasado y un tomate que se rebana con la premura que el hambre demande, luego un poco de sal y ya tenemos el mejor desayuno del mundo.

Falta poco para llegar. Subir cerros no ha sido suficiente para entrar en calor. Tengo la ropa mojada con rocío, mi cuerpo tiembla y me castañetean los dientes. Papá ya no silba y parece cansado.

Hemos llegado. La percha continúa humeando. Hoy deberemos apagarla y desenterrar el carbón. Luego de encender una fogata desciendo hasta una quebrada cercana a buscar agua para preparar el desayuno.

Comemos en silencio. En mi mente tarareo canciones de moda, algo de Michael Jackson y estribillos pegajosos de Miguel Bosé. Es mi intento por mantenerme conectado con ese mundo que está más allá de estas montañas, de estos bosques vírgenes donde sólo podemos aspirar a ver de vez en cuando a algún solitario arreador de cabras o a otro carbonero tan silencioso y huraño como nosotros. Lo que me consuela es que llegará pronto marzo y volveré a clases. Allí inventaré historias y sé que mis compañeros también lo harán. Salvo unos pocos privilegiados, para el resto la vida es dura pero nadie lo confiesa. Todos estuvimos en la playa, paseamos en automóvil y tuvimos algún amor. Muchas veces nos llegamos a creer nuestras historias y disfrutamos enormemente por cosas que nunca hicimos. Es la única forma de encubrir nuestro orgullo. Siento cosquillas en el estómago cuando pienso que este año tendré muchos profesores. Mamá está orgullosa pues piensa que quienes llegan a quinto básico ya son verdaderos hombres.

Papá ha vuelto a trabajar. La pala no descansará en muchas horas y yo deberé bajar por agua a la quebrada tantas veces que ya siento cansancio. Si un minúsculo carbón queda encendido durante la noche todo el esfuerzo que hemos desplegado se habrá tornado inútil.

Papá sabe calcular la hora y al mediodía me llama y nos bebemos un refrescante jarrón de harina tostada. Contemplamos lo hecho. Papá vuelve a silbar melodías. Creo adivinar en qué piensa. Aparte de él y mamá somos cuatro bocas que deben ser alimentadas todos los días y este año seremos tres los que iremos al colegio.

Volvemos a trabajar. Es la hora más agobiante y el sol quema inmisericorde. No podemos volver a descansar pues todo debe ser despejado y apagado en este día.

Pasan las horas, el sol se despide y las cosas parecen marchar bien. Papá dice que ya está bueno, que debemos volver. Echa un último vistazo mientras monta pala y horqueta en su hombro. Por mi parte recojo las bolsas con té, el azúcar y la harina tostada y empezamos a bajar. Voy pensando en que mamá nos debe estar esperando con pan caliente y ensalada de tomate con ajo, cebolla y cilantro. Se me hace agua la boca y acelero el paso, mis pies parecen levitar sobre nubes, las magulladuras han sido olvidadas y los primeros pájaros nocturnos tararean conmigo canciones de Dyango. 

Luego de un rato me detengo a esperar a papá que se ha quedado muy atrás. Ha oscurecido completamente y el crujir de sus pasos apenas lo delata. Esta vez no viene silbando. Creo que siente que esta noche, tal como le ha sucedido tantas otras veces, puede perderlo todo.

Fin

Nota del autor: Este cuento, o relato, ganó una mención allá por el 94 en Argentina.  Se trataba de un certamen internacional de cuento breve. Los organizadores me enviaron los diplomas y medallas correspondientes que están guardadas en algún baúl de mi pasado. Será tarea de los arqueólogos literarios del futuro averiguar en qué endemoniado baúl se encuentran, porque yo ni idea.

6 comentarios :

  1. Entrañable relato, me ha llevado en un viaje mágico hacia el tiempo el lugar y los sentimientos del protagonista, dejando tras si la nostalgia de esos momentos vividos, como si le hubiese acompañado en ellos.

    Lo felicito, Muzam

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  2. Jorge, te leo y te veo, años atrás mientras recorres esos caminos, cansado y polvoriento. Probablemente, tu excesente prosa tuvo mucho que ver en ese deambular diario mientras disfrutabas del entorno. Nada resulta más sugerente e inspirador para un escritor que enfrentarse a diario, introducirse en la propia naturaleza. Es cuando mejor se piensa, cuando mejor se siente. Por ende, cuando mejor se escribe.

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  3. El emblema de la escena (vertical, la subida de la montaña y su
    descenso) conecta perfectamente con el monólogo interior del
    personaje en horizontal.

    Dos planos, dos emblemas: el orgullo de la subida y la humildad
    y aceptación del descenso. Aquí hay filosofía. Ibsen y Shakespeare.
    Donne y el Sermón de la Montaña.

    Esta línea es dura y altamente tonificante. Me llevó a Günter Grass
    y su familia cachuba. Buena literatura. Honesta. Telúrica.

    Reina una gran espiritualidad aquí. Danos más, Padrone.

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  4. Un cuento que se escribe con un fragmento de la propia vida cobra una segunda vida. Una mejor vida porque se hace realidad para quienes lo leen. Me gusta mucho este tipo de narrativa.

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  5. Tuve el privilegio d leer esta obra maestra en su formato original, unas hojas tecleadas en maquina d escribir bulliciosa. Antes y ahora me declaro admirador d tanta perfeccion narrativa y vuelvo a releerlo una y otras vez.

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  6. Tuve el privilegio d leer esta obra maestra en su formato original, unas hojas tecleadas en maquina d escribir bulliciosa. Antes y ahora me declaro admirador d tanta perfeccion narrativa y vuelvo a releerlo una y otras vez.

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Cuadernos de la Ira de Jorge Muzam is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.