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Verdades embotelladas

Literariamente nunca se miente, sólo se adorna, se escamotea, se embiste, como caballo de Troya, encriptado en pluma de faisán, en proclama de guerrillero zapatista, en poema climatológico, en elucubración de burgués ocioso. Ataque quirúrgico o bomba de racimo, las palabras explosionan en los lomos susceptibles, los atorados de culpa, las ratas imberbes que no saben contraatacar. El asunto es permanente, una diversión justiciera, autoengaño de grafómano grandilocuente, ilusas verdades embotelladas en Molotov incendiarias, venganzas inútiles que chisporrotean en un valle desencantado.

Imagen: Saul Steinberg

Alegría de zorzales



Primeros días de un enero nuboso, plagado de frutales en plena maduración. Maqui, duraznos, ciruelas rojas, amarillas, violetas, manzanas criollas, guindas comunes, frambuesas silvestres. No hay tiempo para tomarlas, para degustarlas, para obsequiarlas. Sólo quedan en su sitio hasta caer, como testimonio estacional, continuidad de vida y alegría de zorzales excedidos de peso.

El huerto se ha empastado apresuradamente. Cierta anarquía propiciada por las lluvias de diciembre. Ejército de zapallares, lechugas punkies, bonsai de tomillos. Las acelgas se han instalado en territorio cebollín. Los oréganos florecidos resisten el acoso de los abejorros. Los porotos dispersan guías exuberantes. Con una oruga parlanchina y una Alicia diminuta sería un asombroso bosquecillo de Lewis Carroll.

Chile enrarecido



Chile se empantana en contradicciones de clase, de posturas ideológicas, de intereses antagónicos.  El aire se enrarece y nos odiamos más a cada segundo. Quien nos viera diría que hay muchos países distintos en un mismo territorio. La represión es parte del paisaje, antesala judicial, entretenimiento para turistas. Palos para abajo y absolución para arriba. La machi Francisca Linconao desfallece. No es blanca, no es rica, no es influyente, así que debe esperar el último turno de un Estado racista, clasista e indolente.

Cómo sobreviven los poetas

Los poetas suelen sobrevivir en los intersticios del sistema, en las bolsas de oxígeno de las fallas estructurales, en lo incontrolable, lo ignoto, lo no legislado, las extensiones imprevistas de la imaginación.







Imagen: Severi

Soriano


Navidad inclemente. Llovió como en invierno. Debimos improvisar una chimenea con tablones podridos. Fuego azul, naranja, purpúreo, estallidos de eucaliptos fiesteros. Hace frío. Dicen que cayó nieve en El Caracol. Papá Noel debe estar entumido como perro viejo a la vera de un camino afgano. La peso de la lluvia resiente a los durazneros más jóvenes.  Las lechugas del huerto quedaron salpicadas de lodo. El almuerzo no es muy distinto al de la cena anterior. Cordero al jugo, ensalada de porotos verdes, tomates con cilantro, lechugas alborotadas con vinagre de manzana. Un Gato negro corona el festín. Beber vino es la norma en estas latitudes cordilleranas. Las horas tiemblan, los recuerdos se desglosan en una diapositiva descontrolada. Ya ni me acuerdo lo que era estar sobrio. Busco soledad para leer a Soriano. El gordo nos quiere seguir acompañando. Hace unos días vimos Una sombra ya pronto serás y No habrá más penas ni olvido. La primera nos dejó con un nudo existencial en la garganta y la última con el puño en alto. Solo debemos raspar la pátina ideológica de estas décadas neoliberales para encontrar la sangre y la espada, la eterna lucha de clases, la contradicción humana puesta al servicio del egoísmo. Empecé Piratas, fantasmas y dinosaurios. Recuerdos de Soriano con su padre. Épocas que fluyen desordenadamente. Contexto libre, patadas políticas, saltos de liebre, música y literatura, personas otrora importantes que se diluyen como espuma de riachuelo. La voz de Soriano (hoy lo entendemos) dejó el registro escrito de la triste soledad de la historia, de los hombres que anhelan justicia con sonrisa resignada, que lanzan bengalas multicolores al cielo que prenden y apagan en cosa de segundos. 

Animales de Strindberg



Händel retumba entre las montañas como un trueno de Dios. Abro el archivo musical desde el perfil de Carola Hölscher, mi querida amiga alemana, boliviana, universal, con quien comparto tantas visiones sobre la vida. Desayuno café colombiano, marraquetas tostadas y mermelada de cerezas. Lorena redacta sus notas, saborea su té frío, media galleta. La acompaño al trabajo. El frescor la entume. Cayó lluvia de madrugada, lluvia decembrina, leve y vertical, que auxilió a las frambuesas sedientas y a los claveles blancos que necesitaban un aliento extraordinario para florecer. Las rosas tienen la actitud de los campesinos de Millet, exceso de rocío en sus pétalos de pálidos fucsias.
Mi primera lectura: Apocalipsis, aquí y ahora. Artículo de Miguel Sánchez-Ostiz. Peplejidad de un intelectual ante los ataques del 20 de diciembre, la violencia descontrolada, el asesinato del embajador ruso, los atentados en Berlín, la carnicería de Alepo, las posibles lecturas. Estamos en un período en que la historia sólo podrá ser elucubrada, porque el control de la información fina es cosa de perros grandes, de organismos de inteligencia y dueños de transnacionales. Esto deja un amplio margen a la literatura. La historia como novela, como recuento final de la autodestrucción humana.
En San Fabián, mi valle, esto parece lejano, los cataplumes islámicos mostrados en CNN, la arrogancia imperialista expuesta en Telesur,  las futilidades evasivas de nuestras propias televisoras controladas por cuatro pelagatos, porque aquí, bajo el Malalcura, el aire tiene aroma a flor de castaño, porque en cada amanecer nos restregamos los ojos para comprobar que la belleza sigue en su sitio, que el sol bosteza entre nubes, despreocupado y solemne, que los conejos mastican hierbajos en sus túneles de zarzamora y los perros dormitan patas arriba. Eso es lo que vemos sin vernos a nosotros mismos, los humanos, pueblerinos aquejados de condición humana, clasistas,  hoscos, malhablados, animales de Strindberg, bolsa de gatos sin manuales legibles de fraternidad.

La navidad tiene sabor a colemono

El volcán Chillán envía mensajes subterráneos, refulgencias ígneas que pugnan por salir a tomar el frescor cordillerano. Sabemos que está ahí, sudando nieve derretida, con sus pillanes fumadores de porros enfrascados en disputas filosóficas. 

Diciembre avanza sin mayor estrépito. La navidad tiene sabor a colemono, a pan de pascua con ciruelas secas deshaciéndose entre las manos. Nos preparamos para amanecer hablando de Bashevis Singer. Para leer pasajes de La casa de Jampol y cantar villancicos de Leonard Cohen a un mesías nebuloso. Esta vez no hay árbol navideño ni luces titilantes ni niños ni regalos. Solo recuerdos que se rumian con nuevos vasos de colemono.



Cadena perpetua



Conduzco oscureciendo entre curvas cerradas, subidas y bajadas pronunciadas, robles rumoreando viento oeste. Vengo de Paso Ancho. 9 de la noche. Un pato blanco, un hermoso pato, me queda mirando al medio del camino. No sé qué hace un pato al medio del camino a las nueve de la noche. No puedo eludirlo.

La culpa cristiana, la culpa budista, la culpa atea, todas me carcomen hasta llegar a destino. Hasta hoy, varias jornadas más tarde.

Me declaro culpable y me castigo a cadena perpetua. Se suma a mis otras cadenas perpetuas. Mi infierno ateo levitando sobre una nube gris, con libros breves y un Papa Noel borracho ofreciéndome Coca Cola con vino.

Un pato es un pato. Son solemnidades que pocos entienden, como darle comida a los perros vagos o hinojo a los conejos cautivos. El mundo es tan amplio que todos cabemos en él, y todos merecemos una caricia, un saludo con sombrero de pluma, un momento de compañía bajo una noche de estrellas borrosas.

Imagen: Maurits Cornelis Escher

Perros literarios

Diciembre caluroso, con intermitencias de nubes grises y leves brisas del noroeste. Florecen castaños y zarzamoras en el valle. El aroma vespertino es tan intenso que nos hace cerrar los ojos y levitar sobre recuerdos lascivos.
Salgo al potrero a jugar a la pelota con Tatón. El Malalcura tiene señales de luz solar en su cumbre rocosa. Riachuelos de nieve derretida que brillan como rastros de caracol. Abajo y arriba nubes esporádicas, penumbra violácea, zancudos intransigentes arribando al laburo nocturno. Tatón es comilón y no me deja dominar el balón. Me lo quita y arranca a esconderse detrás de una rosa mosqueta. Se la quito y me la quita. Es la dinámica del juego, nuestras reglas inventadas, la alegría de estar juntos. Temprano empecé Flush de Virginia Woolf. Las historias de perros me apasionan. Y más aun la forma literaria. Ya me hice amigo de los cervantinos Cipión y Berganza, del Charlie de Steinbeck y del peludo Karenin de Kundera. Pronto iré por Tulip, la ovejera de Ackerley, y Mister Bones de Auster. Espero encontrar quiltros proletarios en las obras de Manuel Rojas y Nicomedes Guzmán. Perros oligarcas en Jorge Edwards, perros literarios en José Donoso, perros adictos en Borroughs, perros callejeros en Bukowski, perros alcohólicos en Lowry. En mis propias letras abigarradas de olores seguirán caminando los que me acompañaron desde mi infancia, los que se acercaron a saludar, los que movieron la cola sin esperar nada a cambio. La lealtad fue una añadidura recíproca, un código de honor plasmado en la mirada. 

Gris rompeolas de una rebeldía obcecada


Desde las letras acomodamos los dados de la confusa historia, en caliente, pisando huevos vanidosos, soplando la rancia niebla de los medios, escabullendo el ladrido y la mordida de los que te quieren acallar, o reconducirte hacia el adorno rastrero de su posición privilegiada, agua bendita para ratas prontuariadas.

Seguimos adelante, confiando en nuestros pergaminos conseguidos en la universidad de la vida, en la sumatoria de cultura universal digerida tan arbitraria y gustosamente en las bibliotecas públicas y en los bares de mala muerte que sobrepueblan nuestra memoria.

Falleció el viejo Castro, ya no el joven de Sierra Maestra. Mi abuela, admiradora incondicional, habría estado muy triste, pero ella murió pocos meses antes. Tenían la misma edad. Castro fue la esperanza no solo de ella, sino de millones de chilenos en tiempos difíciles, de persecución, de hambruna. También admiré el socialismo castrista. Era la antítesis a nuestra dictadura opresiva de extrema derecha. El castrismo era una guía de bolsillo sobre cómo mantener a raya a un imperio. Me hubiese gustado vivir allí. No tengo ambiciones materiales, solo libros, un café para Joyce, un mate amargo y muchos amigos parlanchines y cultos recitando a Yevtuchenko junto al malecón. Sé producir mi alimento. Puedo ayudar a otros a hacer lo mismo.El resto me importa un carajo. La isla se aviene con mi carácter, el gris rompeolas de una rebeldía obcecada, la linterna verdeolivo alimentada por la codicia humana. Si no hubiese leído a Reinaldo Arenas, a Heberto Padilla, a Cabrera Infante, a Manuel Gayol, me quedaría callado, en actitud solemne, porque atacar el castrismo es cosa bien vista en la fastuosa derecha mundial. Y yo soy un antiderechista recalcitrante. Y lo lamento por los que fueron perseguidos, los que abandonaron la isla ejerciendo su legítimo derecho a buscar su propio horizonte. Pero la isla tiene educación y salud que nosotros nunca tendremos bajo estos yugos de corrupción liberal. Dignidad sin lujos de la que nunca disfrutaremos entre tanta injusticia, inoperancia y miseria. 
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