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Lloran las parras en septiembre

Lloran las parras en septiembre. Los días están soleados. El cielo azul cobalto. Pasan golondrinas desbalanceadas, enormes nubes de Miyazaki, espectáculos movedizos de niños soñadores. Florecen los manzanos, el toronjil cuyano expande su verde claro por el jardín y los gatos campechanos dormitan sobre cajones de abejas abandonados. La felicidad primaveral se mide con cuentagotas, pero es permanente, y genuina. La jornada se alarga entre preparativos del huerto, sorbos presurosos al mate amargo, llamadas de celular y nuevos azadones sobre la tierra baldía. El crepúsculo es una fiesta anaranjada, gallinas en su primer sueño y poleos humedecidos por el rocío cordillerano.
Y para las horas nocturnas, Leonard Cohen, una copa de malbec, queso añejo y Michel Onfray, Tratado de resistencia e insumisión. Nada gira hacia la complacencia, no hay siquiera una tregua onírica, porque el mundo es una bomba de relojería.

Cuando se muere alguien que nos sueña

"Cuando se muere alguien que nos sueña, se muere una parte de nosotros". Me quedo pegado con esa frase de Unamuno. La incorporo a mi wasap. No solo se muere físicamente. También existe la muerte sentimental, la lenta muerte de la memoria y la muerte temporal de las begonias tuberosas. 



Imagen: Emil Nolde


Padres e hijos


Pienso en la vida cotidiana de los Madrazo. Tantos pintores geniales en una sola familia. José, y sus hijos Federico, Pedro y Luis, y luego, años más tarde, un nieto, Mariano. Todos creando fraternalmente al amparo de un mismo apellido, en un mismo hogar, junto al mismo fogón, compartiendo pinceles, acuarelas, hallazgos estéticos y los alientos de un palmoteo orgulloso.

Pienso en Dumas padre y Dumas hijo, ambos escribiendo bajo una vela, bebiendo el mismo vino, creando mano a mano las historias que se harán inmortales.

Tuve un profesor en la universidad, Cristián Guerrero Yoacham. Dictaba la cátedra de Historia de América. En algún momento confluyó con su hijo, de igual nombre y también académico, aunque especialista en Historia de Chile. El hijo había llegado a ser Doctor en Historia antes que el padre. Los veía en el estrado, dos luminarias hablando sobre teorías de la historia, y a ratos, el papá, sin poder aguantarse su orgullo ni su condición de padre, le hablaba a su hijo como a un pequeño travieso sorprendido en falta.

La madre del Ché Guevara era sobreprotectora como la mayoría de las madres. A Ernesto lo veía enfermizo, incapaz de enfrentar los desafíos de la vida. Si hubiese sido por ella lo habría cuidado con esmero todo el tiempo posible. Pero su padre, el padre del Ché, ya veía en él los trazos de la grandeza, podía escarbar en su mirada, adivinar gestos, actitudes, percibir habilidades y el carácter suficiente para imponer su sueño. Los años demostraron que el padre tenía razón.

Veo el caso del Julian Lennon. Claudio Rodríguez escribió sobre eso. Su padre no lo tomó mucho en cuenta, y Julian anduvo a la deriva, mendigando atención, abrazos de amigos de su padre, de desconocidos, porque el gran John no tenía tiempo, y luego vino Yoko, y el círculo se cerró sin Julian.

Thomas y Klaus Mann, padre e hijo, ambos escritores, tuvieron una relación difícil. Klaus no podía deshacerse de la poderosa sombra de su padre, escribía de forma compulsiva, y al padre no le gustaba lo que escribía, no lo valoraba. Klaus sufría ante este desdén paterno. Duró poco. Se mató un día cualquiera, muy temprano. Pasaron aún muchos años antes que se empezara a reparar en sus obras, y muchos más para que los lectores y críticos del mundo entendieran que no era inferior a su padre, sólo distinto.

Tengo dos hijos que son mis soles, mi aliento de vida, la primavera eterna en la mirada. Cuando vivía con ellos soñábamos juntos y nos reíamos muchísimo. Leíamos libros divertidos, y también historias que adelantaban la complejidad de la vida adulta. Llegué a soñar que entre los tres iniciaríamos una larga tradición de intelectuales rebeldes. Yo veía el genio en sus ojos, la viveza de sus miradas, las habilidades a flor de piel. Tenían todo para alcanzar las estrellas más lejanas, y esto seguro de que lo lograrán, a su manera, como universos autónomos.

No provengo de una familia de intelectuales. Junto a mi madre solíamos leer lo que llegaba a nuestras manos. Papeles de envoltorio, revistas viejas. No teníamos libros. Apenas algo de comida y muebles roñosos. En casa de mi abuelastro sí había libros, y en abundancia. El era un policía autodidacta, su ambición de conocimiento provenía de él mismo. Compraba libros compulsivamente, ediciones caras, sin atención a su presupuesto de funcionario público. Y así, mes a mes, y año tras año, fue armando una biblioteca de miles de libros, lo mejor del conocimiento, desde medicina hasta arquitectura, desde literatura hasta astronomía. Gracias a esa biblioteca pude leer con avidez y desorden lo que fui encontrando. También con cierta arrogancia, porque lo que leía adquiría pleno sentido para mí, y lo relacionaba con otras lecturas, con lo que veía a diario, comparaba épocas, personas, concepciones morales. Nadie estaba junto a mí para guiarme, a nadie le importaba, nadie reparaba en que una de las miradas de la familia empezaba a despegar, y aunque seguía en el mismo sitio, ya había traído el resto del universo a nuestro patio. 

Lo demás era sobrevivir, dar y recibir patadas. La vida en comunidad suele encauzarse por un sendero de egoísmo y envidia. Al que es diferente o quiere ser diferente, y sobretodo si viene desde abajo, se le aplasta. Ni siquiera entre cercanos, ni en mi propia parentela. Yo era para ellos el raro, el perdedor, el problemático, el inadaptado, el dolor de cabeza. Los demás estaban en lo correcto, no yo. Y esa percepción dura hasta el día de hoy. Me omiten, hacen como que no me leen, como si yo no existiera, como para bajarme los humos o qué se yo. Mis amigos y lectores, que es la familia que me he encontrado en el camino, y que me ha valorado por mi talento, por mis obras, que ha visto mis huellas, que se ha detenido a escuchar mis palabras, pues ellos siempre han estado en otros lugares, en otros países, en otros continentes.

Recuerdo el día que empecé a escribir en The Huffington Post. No pude evitar sentirme orgulloso, era un medio importantísimo a nivel mundial. Compré una botella de vino para celebrar y quise compartir mi alegría enviando la noticia por email a todos mis familiares. Ni uno solo me respondió. Ni siquiera un saludo. Menos una felicitación. Y siempre fue así. ¿Soy un resentido por eso? Pues claro que lo soy, resentido y rencoroso por ese tema y por miles de otros temas, soy un portaaviones cargado de rencores, pero al menos no los escondo.

De mi padre biológico solo he recibido una carta en 44 años. Nada augura un cambio en el horizonte. Por eso voy solo por el mundo. Sin antes ni después. Sólo quedan estas letras, que son una especie de reloj explosivo con su alarma hace tiempo activada.

Imagen: Thomas Mann y su familia.

Fila india de codornices

Muy temprano salimos a recorrer el valle. Septiembre es carnaval de árboles florecidos y abejas zumbonas. La resaca dieciochera empieza a desvanecerse y las personas retoman sus labores. Subimos a Maitenal Alto. Camino difícil, gredoso, carcomido por el poderoso invierno. A los costados, chivos contemplativos sobre piedras milenarias, sudorosos motosierristas bajo un sol ardiente, campesinas reparando gallineros ladeados por el último puelche. Circulan aromas de romeros y laureles, de humedad de esteros sombríos. Los mayos se desbalanzan cobijando gordos moscardones. Nos empiezan a acompañar dos perros montañeses. Juguetones, exultantes, atarantados. Uno de ellos resbala hacia un canal pidiendo auxilio. Claudio no lo piensa y salta a rescatarlo. Nos adentramos en una explanada de cerezos en flor, de perales añosos que alimentaron a inquilinos de otro siglo. Abajo, en las principales calles, se divisan pequeños grupos instalando propaganda política. Tomamos fotografías del bosque nativo, de una fila india de codornices y del cráter que encierra la laguna El Valiente. Seguimos avanzando y solo vemos personas mayores trabajando. Preguntamos a más de alguno el por qué. ¿Dónde están los más jóvenes? Durmiendo, dicen unos. Recuperándose de las fiestas, dicen otros. No les gusta el trabajo duro, dicen los últimos.

Recuerdo haber leído artículos extranjeros que hablaban de lo mismo. China, Rusia, Estados Unidos, Nigeria, Honduras. Los jóvenes están en otra. La mayoría prefiere circunscribir su vida a un estricto presente, sin empatizar con el esfuerzo de la generación anterior, sin sumarse, sin proyectarse. Sumidos en un circuito de banalidad, de adustez, de sobreconsumo sin amparo productivo, de feroz individualismo. El celular los teletransporta, los exime de la ritualidad de los días, de la prosecución de las formas, dejando a cambio un mero cuerpo que solo come y duerme. El relevo generacional se ha roto. Los viejos están tristes pues saben mucho más sobre la dureza de la vida, sobre ese largo otoño de seis o siete décadas que nos espera a todos. 

Nombrar a los ancestros

JORGE MUZAM -.

Parte de la belleza de San Fabián de Alico está en su cementerio. Silencioso lugar desde donde se divisa en plenitud la majestuosidad montañesa del valle. Pinos oregones, cedros afganos, viejos castaños y plataneros se encargan de dar sombra y esparcir el rumor del viento en su solemne interior. Allí descansan los antepasados de todas las familias arraigadas en San Fabián. Arrieros, crianceros, contrabandistas, funcionarios, las víctimas del accidente de Cachapoal, los muertos del terremoto del 39, un ex combatiente de la Guerra del Pacífico, una poeta famosa, incontables peones, inquilinos, futres y no pocos alcohólicos.
Cierta tarde decidimos hacer un recorrido onomástico junto a Lorena. Catalogar esa variada e ingeniosa acumulación de nombres que hoy ya nadie usa sino para recordar muy de cuando en cuando a sus ancestros. Había tanta música en muchos de esos nombres, tanta filosofía implícita, tanta poesía, que hasta pensamos que de haberlos conocido, muchos grandes escritores los habrían usado para conferir vida y carácter a innumerables personajes literarios.

Dejo a continuación parte de ese registro para honrar a los ancestros y para que el olvido no los envuelva en su velo eterno:

NOMBRES:

Roselena Emperatriz, Doralisa, Benedicto, Ninfa del Carmen, Venilde del Carmen, Cupertina del Carmen, Maclovia, Nectali, Adela, Adelina, Lorenza, Laraluz, Guillermina del Carmen, Antelina del Carmen, Leoncio Valentino, Delia, Rosalbina, Juan de la Rosa, Bellanides, Emelina del Carmen, Olegario, Lorentina, Ramona del Tránsito, María Ercilia, Eladio, Flor María, Orfilia, Fidel de la Cruz, Celestina, Rosendo, José Hilario, Luzmila, Etelvina, Victorino, Alamiro, Matilde Aurora, Abelardo, Fidelina, Olga, Fresia, Rivaldo, Sulema Eugenia, Arístides, Avelino, Abelino, Estelina, Alba de Jesús, Atiliano, Miguelina, Laureano, Bernarda, Concepción, Emilia, Marcelino, Emma, Delicia del Carmen, Nora de Jesús, Cantalicio del Carmen, Cipriano, Herminia, Hermelina, Claudina, Edelmina, Felicinda, Madelina, Betsabé, Diógenes, Mercedes, Lusmira, Orosinbo, Cecilia, Cintia, Eleodoro, Juan de la Cruz, José Hilario, Elda, Nemesio, Sinforosa, Marina, Margarita, Verónica, Regina, Rosita, Irma, Filomena, Amelia, Amalia, Haide, Aide, José Ismael, José Ciro, Lisandro, Herminia ,Vibiana, Heriberto, Violinda del Carmen, Emelina, Erna Rosa, Iris de Jesús, Martina Esperanza, Rosalba, Artemio, Eva del Carmen, Domingo Antonio, Francisco Segundo, Floriana Ana, Tránsito Enrique, Gualdo, Eliana de la Rosa, Priscila, Agustín, Juana de Dios, Kriss, Arsenio del Carmen, María Prosperina, Alba Rosa, José Villa Villa, María Flora, Manuel, Iván, Miguel Antonio, Bernardo Segundo, José Gabino, Deidamia, Isaías, Floridor, Florinda, Corina, Laurentina del Carmen, Nieves, Brijida, Luis Apolinario, Aristide, Demofila, Gertrudis, Alberta, Urieta, Laureano, Salomé, Estelio de Jesús, Berta Elena, Anjel Agustín, Olivia, Rosamel de Jesús, Frant, Nolva del Carmen, Laura Rosa, Bartola del Carmen, Clotilde, Eulogio, Hortelina, Eulogia del Carmen, Uberlinda, Teorinda, Aurora, Renato, Greogorio, Sara de las Rosas, Rosa María, Jose Israel, Jose Lujan, Dalila, Fraulino, Fleminia Rosa, Edecio del Carmen, Adelaida del Carmen, Audolia, Gorja del Carmen, Elcira, Ercilia, Orfelina, José Rosendo, Orietta, Filumena, Delinia, Lastenia, Juana de Dios.


Fotografía: Cementerio de San Fabián de Alico. 
Lorena Romina Ledesma.

Emociones en estampida


Arriban bandadas de loros a comerse el remanente de los manzanares podridos. Florecen lirios blancos, camelias japonesas y los magnolios alzan al cielo su prestancia purpúrea. Duraznos y ciruelos despliegan su carnaval multicolor. Son días de explosión floral, de jilgueros temerarios y emociones en estampida.

Fotografía: "Magnolios", Lorena Ledesma. 

Santuario anarquista


Las bibliotecas son las iglesias de los laicos. Santuario de los anarquistas. Consuelo de filósofos de cantina. Así lo siento cuando observo con solemnidad mi propia biblioteca, pequeña, avejentada, reconstruida, saqueada, abandonada y restaurada tantas veces. Lo que queda de ella es la suma de lo que queda de mi. Hoy no tengo espacio ni dinero para aumentarla, aunque sueño con impulsar una biblioteca de Alejandría en este valle perdido. Sueño con los monarcas de las letras estudiando en los mesones, consultando anaqueles, escribiendo notas. Hologramas técnicamente posibles que acompañen mi soledad plutoniana.

Imagen: Tolstoi en su despacho de Yásnaia Poliana.


La corte de Mo Yan

Dioses y demonios están sentados en el estrado. Debo presentar mis credenciales. Ser sincero. Irme arriba o abajo. O seguir en esta levedad indigna. Mo Yan preside la corte subrogante. Nací dios, señores jurados, pero voy camino de convertirme en rata. Sobrevivo a duras penas. Devuelvo duro cuando me siento atacado. Y en ocasiones paso de largo. No siempre siento ganas de pelear. Mi honor lo atrincheré con argumentos sofisticados. Parchecitos de Foucault, huinchas de embalaje de Zizek, chaleco antiofensas de Onfray, casco protector de Walter Benjamin, lentes oscuros de Nietzsche.
Intenté ser un buen tipo, pero casi nada me salió como lo preví. Las sinuosidades del camino superaban a las rectas. Los asaltantes de expectativas me cogotearon varias veces. 

Demasiado tarde para celebrar


Esta noche, Neil Young. Aun queda la tibieza de un día resplandeciente. Los árboles siguen exhibiendo sus esqueletos grises. La luna se opaca en su adormilamiento menguante. El tarro de café se ha vaciado, aunque le quedan terroncitos resecos en el fondo. El vino se añeja esperando motivos especiales para celebrar, como el florecimiento de los albaricoques o las señales de vida de los castaños que plantamos en mayo. Repasamos la vida temprana de Bukowski. Sus primeros cincuenta años de fracaso. Todo llegó tarde. Y ese fue el mérito, porque lo usual es que el reconocimiento no llegue nunca. Neeli Cherkovski, el biógrafo, rescata "La tragedia de las hojas", poema de esa época misteriosa:


me desperté en medio de la sequedad y los helechos
estaban muertos,
las plantas amarillas como maíz en sus tiestos;
mi mujer se había marchado
y las botellas vacías como cadáveres desangrados
me rodeaban con su inutilidad;
sin embargo seguía brillando el sol,
y la nota de mi casera estaba arrugada en una
amarillez agradable e inofensiva; ahora lo que era
necesario
era un buen comediante, al viejo estilo, un bufón
que bromee sobre el dolor absurdo; el dolor
es absurdo
porque existe, nada más;
me afeité cuidadosamente con una maquinilla vieja
el hombre que había sido joven una vez y
había dicho que era un genio; pero
ésa es la tragedia de las hojas,
de los helechos muertos, de las plantas muertas;
y me dirigí al oscuro vestíbulo
donde estaba la casera
terminante y cargada de maldiciones,
mandándome al infierno,
agitando sus brazos gruesos y sudorosos
y gritando
pidiendo a gritos el alquiler
porque el mundo nos había fallado
a los dos.


Shosha

Acabamos Shosha a las cuatro de la mañana. Fue un momento triste porque nos tuvimos que desprender de una vida paralela en Varsovia. No volveremos a la calle Kroshmalna, al menos en esta obra. Bashevis Singer nos susurró su desesperanza en cien teorías extravagantes. Shosha permaneció niña viendo envejecer la historia. Hitler a la vuelta de la esquina. Stalin en la bocacalle. El fatalismo asesinó los sueños, hizo innecesario crecer, alimentar ilusiones. Al menos la alegría nunca se fue del todo, como el débil parpadeo de un sol agonizante.

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