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Hodler


Tiro líneas al Diario de una rata soldado. Biombo personal necesario para no contaminarse con la bulla de las miradas. Cada lector quiere algo distinto, y la empatía lleva a agasajar con poesía intencional su pudridero personal. Y en definitiva eso es perder el tiempo. Porque nada mejora realmente. Y Gracchus nos mira desde la otra orilla indicando su reloj de pulsera.
Madrugada sabatina en la cordillera. Niebla espesa que algodoniza higueras y nogales. Desde los parlantes, el contratenor Jaroussky compite con la vieja lechuza del encino.  Me cuesta leer desde que pisé accidentalmente mis lentes. Escribo de memoria, sujeto a la probabilidad del accidente ortográfico, acometido por penumbras borgeanas. Cientos de libros de letra pequeña ya no podré leerlos. No lo hice cuando debía, porque opté por la vida loca y el whisky barato. No dudo que compraré viejas ediciones de Joseph Roth solo para palparlas, para tenerlas como compañía silenciosa en mi estantería de álamo blanco. Sus obras las leeré en PDFs agrandados, tal como las de Nabokov, Bashevis Singer y Mo Yan. No creo que mi tiempo alcance para mucho más. ¿Y las peleas?, pues debo aplazarlas, excusarme por motivos superiores. No puedes enfangarte en combates de minimosca cuando eres un peso pesado. Porque los minimoscas buscarán la forma de robarte la pelea, de jamás alzarte el brazo vencedor. Y en el intertanto te harán perder el único capital de un escritor que es el tiempo.
Intento ver lo último de Polansky, su escritora indagada en el centro del dolor creativo, pero la señal se corta, y debo recurrir a más café, nuevas miradas por la ventana, el sol tímido de mayo que aleja la niebla, las nueces que siguen cayendo sobre la hierba humedecida de rocío. Observo pinturas de Hodler. La ternura de una pareja desnuda agregándole un abrazo postrero al amor de los cuerpos. Y he ahí, La Noche, el incontrolable sueño, la pesadilla, el amor, el anhelo. Hodler dividido. Su lecho, su corazón, sus brazos, alcanzan para cobijar dos amores, dos universos. Su leñador furioso derriba la frágil convención de una época, la envidiosa hojarasca que no alimentará flor ni fruto. Al final solo quedará Hodler. Y así debe ser.

Imagen: Ferdinand Hodler

Los indisuadibles

Es tiempo de azules. Las montañas de abril se decoloran hasta confundirse con el cielo celestino. En Los Monos queman rastrojos de eucaliptus que se difuminan por el valle. Piras que ascienden como volcanes de utilería. Crepitan las hojas marrones junto al río Ñuble. Puelche liviano que apenas susurra, que va soplando la arenilla sobre las rocas, que tuerce las plumas de los colilargas hacia el sudoeste.

Abril se despide con velatón de álamos amarillos, ofrendas de membrillos maduros al caminante, manzanas de cordillera al leñador, lleuques para el arriero de cabras.

Ha llovido bastante. Llegan aromas de pastizales en descomposición, de uva negra mordisqueada por avispas, de castañas cocidas en ollas de greda.

El día se va como un tren bala sin que hayamos hecho lo suficiente. Ladran perros en la oscuridad. Cipiones y Berganzas que discuten el maltrato diario de los hombres. El aire trae mezclas de humo de chimenea. Roble queman los pudientes. Aromo y pino los menesterosos. Preparamos leche caliente con café, marraqueta con palta, galletas bañadas en miel de quillay. Sintonizamos noticias argentinas. Subidas de precios, inflación galopante, un país que no arranca. Las derechas tampoco tienen la llave de la bienaventuranza. 

Debemos construir una tablilla para reposar la tetera, dos repisas para los libros, colgadores para los abrigos. Todo está por hacerse en esta vida que renació de las cenizas de noviembre. Se acerca la medianoche. Los queltehues enmudecen. Ráfagas de brisa nocturna sacuden los encinos. Un café hirviendo para espabilar. Satie en los audífonos.

Retorno a Enzensberger. Los libros digitales sobrevivieron en un disco duro. Mi biblioteca de Alejandría pesa menos que un holograma. Enzensberger disecciona a los indisuadibles. La silenciosa legión perdedora que crece por el mundo. Rastrojos de capitalismos y socialismos, ratas envenenadas de luna flaca, magos sin conejo, mariscales sin charreteras, acreedores de paraísos terrestres apolillados de condición humana. Hombres conscientes de su miseria, posicionados de su peligro, que no tienen sitio ni esperan ascenso. Al acecho. Siempre al acecho. Como panteras tristes bajo una noche menguante.

Fumarolas volcánicas y luna soberbia

Leemos a Walter Benjamin en este verano cordillerano del sur del mundo. Necesitamos la precisión lingüística, un cincel que esculpa siluetas dignas de Bernini en el batiburrillo de la ambigüedad, la delimitación de significados que nos hagan sobrevivir a la niebla de mediodía. Vivimos más allá del ateísmo, en una nebulosa de incertidumbre. Sin quejas, sin ruegos, sin solicitudes de gracia, y a veces hasta felices. Es el sitio apropiado para el vagabundeo de una mente libre, inquieta, hambrienta de explicación y sentido. La única esperanza está depositada en saber algo más, en que los membrillos maduren fortalecidos en abril, en el deseo de que cada día nazca y culmine sin la estridencia amarga de un nuevo dolor.

Enero se despide con fumarolas volcánicas y luna soberbia. Se imponen amarillos amarronados de hierba agonizante, algodonales de nubes acariciando las montañas más altas. Se deshidratan los últimos maquis y los durazneros plantados por los antepasados empiezan a imponer la frescura de sus frutos maduros. El campesinado se deleita en las noches con las cumbias rancheras, con los imitadores de cantantes famosos. La plaza de armas de San Fabián bulle de gente comiendo anticuchos, helados de nieve, mote con huesillo y licuados de frambuesa. Es la vida sin prisa de esta aldea de dios y del diablo.

Y sin embargo seguimos leyendo

Andan pitíos bulliciosos inspeccionando árboles resecos. Abejorros seduciendo malvas rosas. Azucenas amarillas vestidas para una licenciatura de estrellas. Las cerezas negras se deshidratan lentamente en los árboles. No hay suficientes pájaros que den cuenta de tanto festín. 

Hoy descendieron nubes japonesas. Aspersores de frescura humedecieron avellanos y mañíos. Atardeciendo un bote de agua coronó el Alico. Pasan camionetas pregonando cajones de tomates. Circula brisa con aroma a flor de castaño. Ríos y esteros arrastran la voluptuosidad del deshielo. Lo sabemos por el rumor de ogro que masculla a lo lejos. Los grillos abren su función a las once de la noche. Las ranas a medianoche.

Despejamos parte de las ruinas del incendio que consumió nuestra vieja casona. Levantamos palos para una nueva vivienda donde cobijar lo esencial. Perder mi biblioteca, mi bar de mentes lúcidas, las viejas fotografías irrecuperables, es quizá lo único que lamento en lo personal. Más me duele que se haya perdido el sueño de hogar pagado en cuotas por mi madre a lo largo de 40 años. El pasillo donde jugueteaba Tatón, el ordenado archivo de Romina y las únicas prendas nuevas de ropa con que pudo contar después de tanto esfuerzo mal pagado. El resto es una fruslería que se recupera, que se prescinde, que se omite para siempre. Al menos, y es un consuelo contradictorio, la vieja nave de adobe quedó descrita en mis letras, en dos libros, aunque no sé si endilgarle la posible inmortalidad, porque lo que no se lee también muere.  Digamos que hoy es un fantasma literario, un espíritu que aparece y desaparece, acicalado de nostalgia, acariciado por sol achicharrante, silueteado por luna perpleja, desfiladero de brisa y puelche visitado por todos los antepasados que alguna vez la habitaron.

Hemos vuelto a leer. Valdevenito supo captar la ausencia de letras de este circunstancial Fahrenheit y nos envió los primeros libros. Martín nos ha obsequiado una colección de Fontanarrosa. Gestos que valoro y agradezco. Serán los textos pioneros de la nueva biblioteca de Alejandría proyectada en el valle de Alico. Los libros también afloran desde la virtualidad como nubes recargadas de signos mágicos. Hoy simplemente Auster. Historias de sus auditores radiales que le llegaron desde cada rincón de Estados Unidos. Pálpitos de vida, amalgama de lo diverso, lo insólito y lo desquiciado, sufrimiento a raudales, humor y ternura. Las palabras en la radio se las lleva el viento. Por eso Auster decide seleccionar, para que la eternidad de la palabra escrita sirva como constancia de esas vidas que tramontaron el siglo como hojas navegando en río turbulento.

Probabilidad de tormenta

Noviembre trajo nubes grandilocuentes. San Fabián huele a flor de acacio. La tarde está nubosa. Levemente tibia. Hay probabilidad de tormenta. Romina ha horneado galletones de avena. Me ofrece un mate Playadito al pasar. Han asomado las primeras hojas en el esqueleto del cedrón. Se ha deprimido la ruda. Tanta lluvia ha dejado los huertos reblandecidos. El pozo rebosante. Intento despejar la maleza, tallos de rosas podados en junio, zarzamora recuperando su poderío, pero los guantes no me protegen de las espinas y debo abortar misión. Tendré que pasar por la ferretería de Abner. Tijeras, rastrillos y guantes de cabritilla. La casona está silenciosa. Alguien desconectó la emisora de las rancheras. Desde la ventana veo al gran gallo rojo rascarse las plumas sobre un tronco podrido de encino. Más arriba las primeras cerezas paloma tinturándose de rosados. Hierbo la tetera. Café caliente para espabilar. Hay poca luz adentro y afuera. Pongo Agnus Dei en los audífonos. Un libro al azar de Paul Auster, Un hombre en la oscuridad. La penumbra se sustenta en las horas, se obceca con los objetos, establece relaciones, y el sol que tanto persigo se me esfuma hasta en los recuerdos.

Aleteo lingüístico

Subo y bajo lomas salpicadas de avellanos, robles desnudos, ruquitas de zarzamora. Invierno celestino, gris conejo, violeta desgastado. El camino serpentea. Tordos operáticos sobre varas de acacio, perdices haciéndose las lesas. Asoman montañas con escasa nieve. El Chillán y el Longaví compitiendo por la perspectiva, por el cetro de oro, por el azul cian del cielo ñublensino. Hay bajadas donde no llega el sol, escarcha que voltea camiones, bosques de laureles, pudrideros de hojas. Es una descripción y un paralelismo. Mi vida se asoma y se desgasta, se enciende como una luciérnaga con cocaína y al momento se hunde en el pantano más profundo. Los días cobran un sentido periférico cuando sumo palabras. Es como resistirse a morir, un aleteo lingüístico. Las palabras se acumulan en un vertedero virtual cubierto de telarañas. Las contradicciones implícitas generan cortocircuitos, potenciales llamaradas, cenizas ilusorias. Lo sensato sería pensar que el disco duro morirá de muerte súbita, que no habrá caja negra ni detectives sonrosados escarbando entre tanta lujuria por defecto. Creo haber palpado el sentido de una nube en retirada y ese es mi triunfo y mi gran desdicha.

Absolución

Anochece octubre. La última noche. La lluvia que no cesa. El cementerio es territorio filosófico, memoria inflacionada con nudos en la garganta. Los espíritus de las matriarcas esperan su visita anual vestidas de ilusión. Los viejos inmortales de poncho humedecido se confunden con el vaho del crepúsculo primaveral, con el rumor del viento norte atravesando los cedros. Crepitan las gotas de lluvia en las hojas del castaño. Los chilcos danzan en el aire como veteranos del Bolshoi. Rechina el viejo portón de hierro. Alguien quiere que entres o te vayas. Esperamos el carromato de Mozart en esta ensaladera de cruces carcomidas. Al menos para agradecer su Requiem incompleto. Para tararear con voz alcohólica los sones de la marcha final. Estamos en paz. La absolución para tanto pecado imaginario la dará Onfray. La teoría de la relatividad de la vida nos espera en casa. 

Los días azules / Tordos en la niebla



Abril era para el barbecho. Direccionar bueyes. Romper terrones. Quemar malezas y raíces. Debíamos ayudar al despeje. Cortar la zarza, arrancar la ortiga, voltear el cardo, tirar las piedras para la orilla, rellenar los huecos de conejo. Tantos hombres, mujeres y niños haciendo lo mismo que San Fabián se azulaba. Cientos de cerritos de champa humeaban hacia un cielo musicalizado por golondrinas aleatorias. Como éramos pequeños, el duro terronaje que quedaba después del barbecho era nuestra serranía, cordillera hostil para tiuques flacos, colchón tibio para chanchos flojos, paraíso reseco para gallinas pirquineras que no encontraban ningún tesoro.

Volvíamos hambrientos del colegio a comer lentejas con zapallo, papas con longaniza ahumada, estofado de jurel, pancutras con perejil o porotos con mote. Uno o dos platos, un pan amasado, medio jarrón de agua de pozo y de inmediato a trabajar. Usualmente lo hacíamos con gusto. Porque trabajar era también jugar, aprender, admirar, espantar chanchos alaracos y lanzarle hondazos a los peucos que husmeaban la mercancía desde la punta de los álamos amarillos.



Fotografía: © Jorge Muzam. Tomada a las siete de la mañana en un día cualquiera de abril. San Fabián, Región de Ñuble, Chile.

Compañero Onfray


Hay escritores que considero necesarios. Compañía de tramonte solar. Diálogos de sobremesa. Exposiciones tardías. Soliloquios de borracho madrugador. Entre ellos Joseph Roth y Nabokov. Bashevis Singer y James Joyce. Sánchez-Ostiz y Cerezal brindando con una copa de Malbec. Ferrufino y Cingolani como compañeros de batallón. Latido justiciero. Bibliotecólogos de Alejandría. Fusiles aceitados. Sombra trémula de hoja de bambú. Rodríguez de este lado de la colina. Y en especial Michel Onfray. Por libertad de pensamiento, por cultura amplia y puntillosa, de arriba y abajo. Por desconfianza de gato arrinconado hacia el halago. Academia medieval y sabiduría de sobrevivencia digerida de una forma absolutamente personal. Sin descontar el desdén hacia el institucionalismo ancestral, el resentimiento hacia las clases privilegiadas, asco hacia las derechas, poesía inevitable en la narración, reescribidores de la filosofía a partir de la extravagancia lingüística, el dolor personal, las llagas de época, la empatía por todos los hombres y mujeres que vivieron y murieron sin importarle a nadie más, oprimidos desde la cuna, avasallados por sistemas que no eligieron, pero que igual se deleitaron ante una luna musulmana, el primer sol de primavera, las estrellas viajeras que no concedieron ningún deseo, ante los hijos que nacieron y crecieron y murieron alimentados con un soplo de brisa.

La policía de la culpa

La noche fue de copas con el pintor Gutiérrez. Su cedazo mental puesto sobre la mesa sin pulir. San Fabián es su Arlés. Ha persistido en esta tierra pudiendo estar en el lago Victoria, en las ruinas jordanas, en las pagodas tailandesas. Tomamos fotografías de obras antiguas arrumbadas. El prisma del alma compleja que devuelve expresionismos australes.  

Llegamos tarde a casa. Atizo troncos funcionarios que no dan llama, que no cumplen su función. Se enfrían las manos. Intento escribir de madrugada. Las ranas están mudas. Los grillos afinando instrumento. Los perros sueñan con paraísos de rascaditas, supermercados de huesos, canillas de turistas. Un altavoz de borracho quedó encendido en la Villa Alico. Levanto la vista hacia el farol moribundo de la avenida. Siento estropeado el sentido de lo que iba a escribir. Preparo un café y respiro hondo. Me sale una maldición atea. Me quejo, no por mi, sino porque tengo una palabra atorada en la sien, mientras retumba un Despacito que la ametralla antes de que salga a la superficie. Es el asesinato del escritor, porque luego la ira del hombre ya no daña, ya no hiere, ya no apunta.

Romina me reprende como a un párvulo mimado. Dice que han pasado cosas peores en el mundo. Le digo que debe amarme como a un líder norcoreano, que no me cuestione o si no encontrará al segundo motivos para fusilarme. Mi neurosis se activa con los relojes presurosos. La vida en diapositivas. Las novelas que se piensan y no se escriben, que se las lleva el río, mientras un Graccus burlón me saca la lengua y toma selfies de su vagancia. La culpa se atora en la garganta, derriba ilusiones con más fuerza que el huracán Irma. Debí hacer lo que hizo la mayoría. El sendero de Frost desgarra el nido del dolor. Tomo un lápiz y escribo un poema que destruyo apenas lo termino. Poeta suicida. Agregar basura al universo. Chatarra lingüística. Tenemos a Keats y eso basta para la perpetuación de la belleza. Salgo a la penumbra a trozar troncos. La ira se disuelve en el valle encantado. Despiertan los pájaros. Las estrellas se apagan, se esconden, se duermen.

Septiembre sigue tan frío. La niebla bajó hasta el valle, niebla lechosa, entrometida, que convierte en bultillos difusos a los queltehues, en posibilidades musicales a los jilgueros del cableado.

Imagen: Ferdinand Hodler
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