Vino la primavera tan lloviendo. No respetó el florecimiento de los cerezos ni los primeros brotes de la higuera. O más bien fue un respeto ancestral, que trajo todos los obsequios a la vez. Viento norte, nubes bajas, nubes grises, nubes traslúcidas, lluvia como sinfonía aletargada, el sol y el silencio, la letanía de las horas sin resolución estacional.
El aire trajo la necesidad de Dino Buzzati. Un caminar onírico al desierto de los Tártaros. Un soñar despierto con la singularidad de Schwarzschild. Un temor que murmura desde las serranías de la mente. Estás repitiendo lo mismo. Como un carraspeo distractor, la tos de un resfrío nunca tratado que te llevará a una muerte invisible.

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