Pasamos
días difíciles. En el campo, la miseria
no se nota en tu apariencia sino en la de tus animales. Los perros, gatos, gallinas y cerdos se vuelven lentamente famélicos y tristes. Pero nunca
puede ser tanta la miseria como para que
a un visitante no se le pueda ofrecer un refrescante jarrón de harina tostada.
Nuestra
casa era una especie de posada gratuita donde llegaban a comer, conversar y
pernoctar los clientes montañeses de papá, los vendedores de chivos, los retratadores, los conchenchos, parientes lejanos, pobres y ricos,
socios medieros, cochayuyeros, charlatanes, místicos, mendigos, gañanes y vagabundos.
Siempre había suficiente comida y un lugar para que cada uno estirara sus cansados huesos. Nunca se distinguió entre
uno y otro, ni siquiera alcanzó a ser un tema de preocupación: todos eran
iguales y todos merecían el mismo trato amable.
Los
caballos de los visitantes eran soltados al potrero y los perros alimentados. A
los burros se les descargaban los cochayuyos y sacos de charqui. Los chivos
recibían agua limpia y buen pasto. Los comensales se reunían junto a un fogón a
conversar y seguir comiendo hasta altas horas de la noche. Como papá no bebía
ni fumaba nunca hubo alcohol ni tabaco sino grandes tazones de café, trozos de
charqui, tortillas con chicharrones, muchos mates, sartenes con harina tostada
encebollada y platones de sopa picante.
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