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A solas con mi cultura

El mundo es tan vasto y ajeno. Ya no camino con prisa. Las metas consensuadas no me importaron mucho y el resto es un círculo vicioso de noches y días.  Mi única meta, la novela del tiempo, es algo difusa. Es decir, puede y no puede escribirse. Quizá ya está lista y sólo hay que pegar el mosaico. No soy un bebedor solitario, o no lo era hasta hace tres días. Pero el sol primaveral sobre el huerto parece incitar al descorche de un Concha y Toro. Mozart en los audífonos, cerezas que maduran, letras de Ferrufino y Nabokov, un perro hinchapelotas que me muerde la pantorrilla, vendedores de verduras por el camino, el celular que vibra incansable, un chorlito ladrón espantado por un escopetazo.

Soy lento para leer. Fácilmente me desvío hacia tangentes extraliterarias. A veces me quedo en la ventana de Potocki y no vuelvo a lo que estaba haciendo. Cada frase de un buen autor me conduce a reflexiones anexas o a puertas mohosas de la memoria. Mi mente es pródiga en fabricar ucronías, en dramatizar sobre un tablero de cedro los eventos insolucionables de la historia. Boludear, diría una mujer práctica.

Ferrufino habla de Francisco Umbral en medio de un relato magistral del libro Madrid-Cochabamba. Recuerdo la excitación estética que me provocaba avanzar por Las Ninfas. Cuánta frescura narrativa. Cuánta desfachatez. Entonces yo era más tímido para escribir y había temas que eludía o que disfrazaba con ambigüedades retóricas. Pero Umbral parece disfrutar contándolo todo, cada detalle, por muy indecoroso que sea, y con un desplante poético admirable.

Y esto me lleva a recordar mis empantanamientos con Roberto Bolaño. De verdad he intentado leerlo con la mejor intención pero avanzo poco, y ni siquiera se me abren tangentes, sino que me da sueño, me incomoda la silla o empiezo a recordar lo que estaba haciendo antes. Y no quiero ser malintencionado. Es decir, hay ciertos cuentos de Bolaño que me gustan bastante, ciertos pasajes en sus novelas y sobretodo algunos poemas. Pero, como la mayoría de los escritores chilenos, me parece muy irregular (y me incluyo). Paradójicamente, Bolaño detestaba a Umbral, a José Donoso y a Octavio Paz. Habló pestes de ellos ( y de muchos otros), pestes personales y literarias durante gran parte de su vida creativa. Sin embargo, tras haber leído parte considerable de la obra de los cuatro involucrados, me parece que tanto Umbral, como Donoso y Octavio Paz son literariamente superiores a Bolaño.

Imagen: Karl Schmidt-Rottluff

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