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Vietnamicidio

El aire sabe a otoño. El paisaje es bruma, es Turner, cerros azulados, humaredas de barbechos. El sol dormita, las parras languidecen y las rosas de marzo ornamentan los jardines marchitos. El sindicato de nubes se estaciona en terreno de nadie, sin derramar lluvia, sin albergar relámpagos ni jilgueros ermitaños ni espíritus de aviones desaparecidos. 

Hace 35 años, en un marzo quizá más frío, cortábamos los álamos más viejos para convertirlos en leña para el invierno y tablas rústicas para nuestro piso. Eran los álamos de nuestros antepasados, tenían huecos que albergaron generaciones de búhos contemplativos, aguiluchos hambrientos y canasteros despistados. Tras el último hachazo caían como solemnes gigantes sobre la hierba reseca. No sentía mayor tristeza, entonces no albergaba recuerdos, mi pasado era un recuento de media hoja. Los álamos desplomados pasaban a ser mi parque de diversiones, mi trinchera selvática ante las hordas vietnamitas.
Eran los tiempos de Rambo, de Chuck Norris, del anticomunismo cultural norteamericano inmiscuyéndose en nuestras cabezas infantiles. Jugaba a ser Stallone, y hasta creía poner la misma cara de bruto. Mis armas eran fusiles de asalto de álamo, mis granadas eran piñas de pino. Luego de dispararle a esos malditos amarillos, debía pasarme al bando contrario e interpretar al enemigo. No había dinero para actores de reparto.

Muy pronto me llamaban al orden desde nuestra casa. Debía seguir llenando canastos de ciruelas maduras para secarlas en el techo. Cientos de kilos de jugosa fruta se amontonaban allá arriba. Los zorzales inspeccionaban el asunto desde los encinos. Las ciruelas que iban quedando abajo eran aplastadas y su jugo se derramaba techo abajo formando un río de néctar ambarino donde turisteaban los moscardones.

Pintura: © Bui Trong Du

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