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Los peores de Latinoamérica

Tuve asuntos que resolver en Santiago. Un par de exasperantes trámites. Mucho tiempo libre entremedio y ningún deseo de molestar a parientes o viejos amigos. Aproveché de recorrer librerías. Creo que visité todas las importantes, y hasta llegué a San Diego, a la librería de Luis Rivano, donde la encanecida figura de un barón de las letras chilenas se vislumbra al fondo de un museo libresco. No encontré muchas novedades y los precios me parecieron ridículamente altos, inalcanzables para el salario promedio de los chilenos. Un libro cualquiera equivale a un día y medio de trabajo. Y hasta tres si está de moda. Creo que no volveré a visitar una librería chilena en el resto de mi vida. Uno simplemente se va despidiendo de muchas costumbres y esta es una de ellas. 

Tarde me fui donde Claudio Rodríguez. En el camino fui maltratado por un chofer de microbus. O al menos lo intentó. No sabía de mi condición de doctorado en guerrilla urbana, en contrainsurgencia de pelotudos aleatorios. Claudio me esperó con cerveza fría. Hablamos de libros. Su amable esposa nos sirvió una deliciosa cena. Bistec y palmitos. Pan amasado recién horneado. Luego nos whiskeamos en el living. 

En mi segundo día fui al Normandie. Llegué a la hora en que empezaba Truman, protagonizada por Ricardo Darín y un perrito viejo. No podría decir que desperdicié el tiempo. La película es emocionalmente efectiva, bien armada, contenida en su dramatismo y hasta hilarante. Darín está soberbio. La escena con el hijo me golpeó bajo. Los días pasan y uno no acaba de resolver los temas importantes. Y el cardioscopio, pues, se puede atascar por mil razones.

Atardeciendo me encontré con Tito Cartagena, amigo recién llegado de Quito. Me habló de su hartazgo de Chile, de la mentira que nos envuelve, eso de creernos los mejores, los más bacanes, siendo en realidad los más rascas de latinoamérica, el exitoso reino de la desigualdad, de la inoperancia, de la corrupción solapada. Sin contar lo hoscos, ignorantes y vulgares que somos. Lo hipócritas. Lo racistas. Lo desleales. Lo rastreros. Como contradecirlo si yo pienso lo mismo. Nuestro escudo patrio debiese tener un maricón sonriente en lugar de esos bichos expiatorios. Cartagena me encaminó hasta Renca, donde los Zambitos, ex compañeros de Historia, me ofrecieron hospedaje y calidez humana.

Temprano resolví mi último trámite, compré café y Barros Luco a la pasada y me encaminé al terminal de buses. Me subí al primero que encontré. Me senté al final esperando no ser molestado. Dormité hasta Parral. Soñé con muchas épocas, con otros mil viajes realizados por razones tan distintas. Tras espabilar leí un par de artículos de José Donoso. La distorsión significativa de Isaac Babel y los buenos primeros tiempos de Steinbeck. Luego contemplé los interminables maizales, los podadores de cerezos, los despastadores de arándanos. Romina me esperaba con el almuerzo a punto. Arroz blanco, papas salteadas, tortillla de atún, lechugas en vinagre de miel. Brindamos por el reencuentro con un vino tinto de Portezuelo.

1 comentario :

  1. Se percibe en lo profundo de algunas miradas ese cansancio de ser chileno... algún día llegará el cambio.

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