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Los gritos del kung fu


Llueve a baldadas, con intromisiones solares y ráfagas de viento norte. Un fantasmal arcoiris intenta preponderar sobre el gris lluvioso pero termina disolviéndose a los pocos minutos.

Se suele ser turista hasta en la propia casa. Tienes manías incomprensibles al resto. Acumular libros, beber té negro en las tardes, vino tinto los viernes, tararear melodías como Glen Gould. Pedazo de pelotudo, oyes rezongar a lo lejos. El silencio no te hace daño, oírte no te duele, palpita la historia en tus venas, las neuronas parecen adictas a transcribir versiones intercambiables, mosaicos de colas de avestruces reales. El trasiego productivo te es ajeno, tal como la estafa, el engaño, el aprovechamiento. Las hienas de las lucas dejan sus patas marcadas en tu ventana, su vaho delimitando colmillos afilados. Vienen por ti pero nunca se las darás fácil. Eres espadachín de paraguazos, francotirador de resortera, arcabucero de coligües, te sabes los gritos del kung fú, aunque no sus reglas, pero poco importa. En contextos históricos convulsionados como en años de calma, la soledad parece el sine qua non del vivir. Quisieras contarle eso a alguien, con un trago de los fuertes de por medio. Pero no hay nadie más que una vaca masticando a cien metros. Y las vacas son malas para empinar el codo.

Caminas sobre huevos para no herir susceptibilidades. Aceitas las bisagras de la puerta, como Kafka, para que tus idas y venidas no generen molestia, para que nadie murmure, para que nadie despierte...

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