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Los indisuadibles

Es tiempo de azules. Las montañas de abril se decoloran hasta confundirse con el cielo celestino. En Los Monos queman rastrojos de eucaliptus que se difuminan por el valle. Piras que ascienden como volcanes de utilería. Crepitan las hojas marrones junto al río Ñuble. Puelche liviano que apenas susurra, que va soplando la arenilla sobre las rocas, que tuerce las plumas de los colilargas hacia el sudoeste.

Abril se despide con velatón de álamos amarillos, ofrendas de membrillos maduros al caminante, manzanas de cordillera al leñador, lleuques para el arriero de cabras.

Ha llovido bastante. Llegan aromas de pastizales en descomposición, de uva negra mordisqueada por avispas, de castañas cocidas en ollas de greda.

El día se va como un tren bala sin que hayamos hecho lo suficiente. Ladran perros en la oscuridad. Cipiones y Berganzas que discuten el maltrato diario de los hombres. El aire trae mezclas de humo de chimenea. Roble queman los pudientes. Aromo y pino los menesterosos. Preparamos leche caliente con café, marraqueta con palta, galletas bañadas en miel de quillay. Sintonizamos noticias argentinas. Subidas de precios, inflación galopante, un país que no arranca. Las derechas tampoco tienen la llave de la bienaventuranza. 

Debemos construir una tablilla para reposar la tetera, dos repisas para los libros, colgadores para los abrigos. Todo está por hacerse en esta vida que renació de las cenizas de noviembre. Se acerca la medianoche. Los queltehues enmudecen. Ráfagas de brisa nocturna sacuden los encinos. Un café hirviendo para espabilar. Satie en los audífonos.

Retorno a Enzensberger. Los libros digitales sobrevivieron en un disco duro. Mi biblioteca de Alejandría pesa menos que un holograma. Enzensberger disecciona a los indisuadibles. La silenciosa legión perdedora que crece por el mundo. Rastrojos de capitalismos y socialismos, ratas envenenadas de luna flaca, magos sin conejo, mariscales sin charreteras, acreedores de paraísos terrestres apolillados de condición humana. Hombres conscientes de su miseria, posicionados de su peligro, que no tienen sitio ni esperan ascenso. Al acecho. Siempre al acecho. Como panteras tristes bajo una noche menguante.

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