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Volver al ring

A veces me pierdo de este blog. Imprevistos, bifurcaciones, volver tanto la mirada. Y olvido lo que había empezado. Nabokov lleva en stand by varios meses. Lo sigo leyendo en sueños. Y ni hablar de Joyce que acumula polvo sobre mi velador izquierdo. Les dedico el mejor tiempo posible, pero ese tiempo nunca llega. Mientras tanto he intentado resolver asuntos, ovillos de problemas, y en realidad no he resuelto ninguno. Es noche calurosa de diciembre. Huele a pan de pascua. A dulce de frutilla. Me han obsequiado un mate paraguayo de palosanto. Lo cebo y aspiro escuchando a Monteverdi. Y es porque no me recuerda a nadie. Mis antepasados de ese lado deben llevar mucho tiempo dormidos. Los acordeones franceses sí están a tres pasos. Me ponen en actitud de batalla. Debo ser un soldado napoleónico desertor, un espíritu con sentimiento de culpa, sediento de ron, deportado de arriba y abajo. O un heroico cadáver bien conservado. Una ilusión macbethiana, un pobre actor, una sombra que camina. He recuperado mi ordenador. Andaba con embotellamiento de palabras. Me siento incómodo usando ordenadores ajenos. No tienen mi caos, mi arbitrio, mis autores en primera línea, y si escribo en ellos no puedo salir de cierta circunspección. Y ser narrativamente diplomático es perder el tiempo. 

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