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Soriano


Navidad inclemente. Llovió como en invierno. Debimos improvisar una chimenea con tablones podridos. Fuego azul, naranja, purpúreo, estallidos de eucaliptos fiesteros. Hace frío. Dicen que cayó nieve en El Caracol. Papá Noel debe estar entumido como perro viejo a la vera de un camino afgano. La peso de la lluvia resiente a los durazneros más jóvenes.  Las lechugas del huerto quedaron salpicadas de lodo. El almuerzo no es muy distinto al de la cena anterior. Cordero al jugo, ensalada de porotos verdes, tomates con cilantro, lechugas alborotadas con vinagre de manzana. Un Gato negro corona el festín. Beber vino es la norma en estas latitudes cordilleranas. Las horas tiemblan, los recuerdos se desglosan en una diapositiva descontrolada. Ya ni me acuerdo lo que era estar sobrio. Busco soledad para leer a Soriano. El gordo nos quiere seguir acompañando. Hace unos días vimos Una sombra ya pronto serás y No habrá más penas ni olvido. La primera nos dejó con un nudo existencial en la garganta y la última con el puño en alto. Solo debemos raspar la pátina ideológica de estas décadas neoliberales para encontrar la sangre y la espada, la eterna lucha de clases, la contradicción humana puesta al servicio del egoísmo. Empecé Piratas, fantasmas y dinosaurios. Recuerdos de Soriano con su padre. Épocas que fluyen desordenadamente. Contexto libre, patadas políticas, saltos de liebre, música y literatura, personas otrora importantes que se diluyen como espuma de riachuelo. La voz de Soriano (hoy lo entendemos) dejó el registro escrito de la triste soledad de la historia, de los hombres que anhelan justicia con sonrisa resignada, que lanzan bengalas multicolores al cielo que prenden y apagan en cosa de segundos. 

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