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Nunca llegamos a la luna





Las posibilidades de saber lo que pasaba en el resto del mundo estaban acotadas al noticiario nocturno de Televisión Nacional de Chile. La radio repetía incansablemente los repertorios de José Luis Rodríguez, Camilo Sesto y Rafaela Carrá. De periódicos ni hablar, no había excedentes para comprarlos ni existía la costumbre. En la despoblada biblioteca sólo leíamos Condorito para capear el intenso frío invernal o los agobiantes calores de diciembre. La mayoría de los padres sólo sabía de faenas campesinas de subsistencia. Los profesores eran, por tanto, nuestra única conexión con el conocimiento que bullía más allá de nuestro alejado valle. Es cierto que algunos eran bastante asnos, golpeadores, medio psicópatas. No nos respetaban y usaban su tiempo para inventar motivos para coscachearnos o para mofarse de nosotros poniéndonos apodos ridículos. Pero había otros que sí le hacían honor a su profesión. Entre ellos el profesor Parada. Nos hizo clases de castellano en aquellos tempranos años. Tipo pausado, de dicción impecable, zapatos negros bien lustrados, bigote castaño y chamanto gris para la lluvia. No podría asegurarlo pero muy probablemente con él conocí El Principito. Nos contaba historias personales o nos leía cuentos. Nunca nos aburrimos con él. También preparamos una obra de teatro. Los actores éramos juguetes. A mi me tocó ser soldado. Como indumentaria caracterizadora me conseguí una boinita azul. El día del estreno el salón del colegio estaba repleto. Estábamos nerviosos. Era nuestra primera obra. Rezábamos para que no se nos olvidara el guión. Me tocó mi turno. Lo logré apenas. Cuando terminamos el profesor nos felicitó. Se veía contento. Al otro día nos contó que nos habían criticado por no movernos en el escenario, pero que salió en nuestra defensa aduciendo que éramos juguetes y que por lo demás en la obra original no estaba contemplado ningún movimiento. 

Otra de sus clases nunca se me ha olvidado. Fue cuando hablamos de los adelantos del hombre. Al tocar el tema de la llegada del hombre a la luna nuestro profesor nos manifestó su completa incredulidad. Filosofaba con escéptica tristeza mientras mirábamos por la ventana ese cielo celeste, impenetrable a su juicio, al esfuerzo humano. Hablo del año 82, cuando cursábamos el quinto básico en la Escuela E-10 de San Fabián de Alico. Ignoro qué pensará el profesor Parada hoy en día sobre ese controvertido acontecimiento. Sé que aún hace clases en la escuela de El Caracol. Desde aquí mis respetuosos saludos y mi agradecimiento por su valioso aporte pedagógico.

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