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Llegan aromas de castaños florecidos

Las chicharras musicalizan el fresco amanecer del valle. Llegan aromas de castaños florecidos y ligustrinas húmedas. Es el último domingo de diciembre. Eludo el trabajo duro para retornar a mis libros, a mi música, a mis reflexiones extravagantes. Me siento bajo el parrón con mi mate y mi sobrecargado computador. Sorbo la yerba con sabor a naranja. Levanto la vista y siento que hay tanto por hacer. La enorme casona necesita una mano urgente de pintura pero no quiero hacerlo hoy. Hay portones viejos por donde se cuelan las ovejas a comerse los frutales pequeños, pero no quiero ni mirarlos. Ya arreglaré ese y otros problemas. Me da por recordar mis viejos domingos. Siempre fueron de lecturas, de café, de novedades librescas traídas por mi abuelo Enrique. Mi abuelo falleció hace unos meses y ese vacío sigue siendo doloroso. Salvo mi esposa, no hay nuevos interlocutores cultos en el camino. Su enorme biblioteca, sus antigüedades, sus cuadros y esculturas quedaron como botín de sus insaciables parientes buitres que nada tienen de intelectuales. No he retornado a su casa en San Carlos que gracias a él sentía como mía. Me quedan sus colecciones de diarios culturales, sus revistas, algunos libros, todo eso que acarreó silenciosamente en su camioneta hasta esta casona sanfabianina para que quedaran a salvo conmigo. Los reviso cada día con un nudo en la garganta porque ya no puedo comentarlos con él. Pero sigo agradecido con su deferencia paternal, con su amistad, con su aprecio hacia mi potencial creativo, por tratarme como un familiar importante sin siquiera haber llevado la misma sangre. Tenía algo de poeta, de escritor, de artista, quiso ser muchas cosas pero la vida lo obligó a deslomarse a tiempo completo. Eramos parcos en nuestro trato, machos rudos que esconden sus emociones, bebíamos vino barato sin que intermediara un brindis, pero nos queríamos a través de los libros, de un esporádico palmoteo en la espalda, de un efusivo apretón de manos. 

Frente a mi esta el huerto. Es pequeño esta temporada y apenas alcanza para regarlo con mangueras. No alcancé a instalar bombas de agua ni a profundizar el pozo por lo que un huerto grande estaba condenado a secarse. Lo que más tiene son plantas de tomates que recién empiezan a florecer. Morrones que necesitan terapia intensiva. Frambuesas que nadie recoge. Hay chascudos y acelgas que salieron solos y a los que he liberado de malezas. Cingo repollos violeta, dos apios moribundos, veinte frutillares desalentados. Los porotos crecen y en pocos días podré preparar tortillas. Muchos ciruelos, oréganos, bosquecillos de mentas, toronjiles y poleos, un almácigo de duraznos, guindos dispersos y un peral que compré hace poco para que mis hijos y nietos refresquen sus veranos futuros. Los zapallos italianos serán abundantes. La temporada anterior perdí muchos por falta de tiempo para cocinarlos. Otros los obsequié, pero igual coseché un cerro de amarillentos zapallos que al menos sirvieron para volver a abonar la tierra.

1 comentario :

  1. Que rico, todo lo que sale de la propia huerta es tan aromatico y sabroso

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