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La marcha del silencio triste


Esa noche le correspondía a Salinas. Era su fiesta privada de finalización de la secundaria. Salinas invitó a medio mundo, pero asistieron los de siempre, los que tenían auto o camioneta o ambición por mostrarse entre los populares y solventes muchachos que ascendían a la adultez. Hijos de terratenientes y de profesionales. Algunos eran también hijos de empleadas domésticas o de dependientas de almacén y hasta de desempleados, pero evitaban hablar de sus familias. Sólo se preocupaban de vestir ropa de marca, jeans Levi’s de etiqueta roja, camisas y chaquetas Ellus y las últimas zapatillas Adidas del mercado. Lo demás era cuidarse la piel, el cabello, los dientes y hablar como los nenes ricos y nadie les preguntaba nada. Pasaban a ser uno más de ellos.

Luego de servirnos el plato con asado, papas y ensaladas, y comer un sabroso pedazo de torta campestre, nos pusimos a bailar. Estábamos alegres y nos movíamos desordenadamente  al ritmo de Git, de Soda Stereo  y Os Paralamas. Levantábamos polvo con nuestras sacudidas. Tarareábamos los estribillos y lanzábamos risotadas por cualquier improvisación en el baile. El vino era por cuenta de la casa, de la viña del anfitrión. Algunos preferían el pisco. Otros la cerveza. Yo siempre bebí sólo vino. 

Para llegar hasta allí habíamos pedido un taxi.  Previamente me había conseguido un smoking que me quedaba grande y me había puesto una corbata tiesa que encontré en un armario, quizás de antes de la Primera Guerra Mundial.  Amparo se veía hermosa con su vestido negro translúcido apegado a su culito y a su cinturita de avispa.  Cada vez que se envolvía el cabello en trencitas parecía una diosa indú. Al subirse al taxi gran parte de sus piernas envueltas en medias negras quedaron expuestas. La deseaba tanto. Hasta entonces no habíamos hecho el amor y apenas me había dejado acariciarle el trasero y los pechos, no sin darme una fuerte bofetada la primera vez que lo intenté.

La noche avanzó a la par que los ojos de los convocados se iban enrojeciendo de licor y cansancio. Poco a poco se empezaron a marchar en sus vehículos. Con Amparo nos quedamos hasta el final mirando desgastarse el fogón del asado. Alguien nos ofreció un café. Amparo tenía las manos heladas. La madrugada estaba muy fría. Cuando ya no quedaba nadie más que Salinas, algunos borrachos y los empleados ordenando el desborde nocturno, nos despedimos y emprendimos el regreso a casa.

Estaba oscuro, no había luna y escasamente distinguíamos las formas del camino. Apenas habíamos avanzado unos metros cuando le pedí a Amparo que nos sentásemos sobre el borde de un puente musgoso cubierto por sauces viejos. Quería estar con ella. Mi sexo y mi alma relinchaban de excitación. El puente era irregular. No había un lugar completamente plano donde estar y tropezábamos con ramas y troncos secos. Olía a vacas tranquilas y a hierba mojada. Nuestros hombros empezaban a llenarse de rocío. Amparo tiritaba y yo no paraba de manosearla. Quería recostarla, desnudarla, lamerla, succionar sus fluidos, pero dónde, estaba lleno de zarzamora y Amparo no se sentía cómoda. Me daba besos esporádicos sólo por cumplir pero sé que lo único que quería era largarse de allí. Eran casi las cinco de la mañana. Para llegar a San Carlos debíamos caminar no menos de cinco kilómetros. Le pedí explícitamente que me besara y se negó. Yo seguía muy excitado y cargoso. Estaba acostumbrado al frío y a la incomodidad y era un semental tan jodidamente insaciable que habría culeado hasta una lagartija sobre un colchón de cactus. Pero ella no, ella era mi fina morena, mi exótica perdición, acostumbrada a rituales de limpieza, a horarios, sábanas impolutas y comidas balanceadas bien predispuestas para cada día de la semana. Los nenes ricos se habían largado hacía rato. Se oían bufidos de toros y caballos a lo lejos y una secuencia de gallos cantores despertaban a los campesinos de la comarca.

Entonces era increíblemente pelotudo (algo más que ahora) y pensaba que el sexo oral era sólo hablar de sexo. Por eso me llamaba la atención que se hablara con tanta suspicacia del tema. Por eso no le dije a Amparo que quería sexo oral, sino que me besara el pico y que yo a su vez le besaría con gran gusto su zorrita. 

Amparo intentó tocarme, calmarme, darme besitos en la boca medio exasperados, hasta que entendí que mi proposición no tenía sentido en ese lugar.

Nos acomodamos la ropa y empezamos el largo regreso a casa. Los luceros se veían enormes, el aroma del amanecer, la creciente claridad, el silencio, todo era maravilloso, no sentimos cansancio, nos fuimos lentamente, porque los zapatitos de Amparo eran frágiles y de suela delgada y el camino era pedregoso.

A cada paso parecíamos más contentos. Nos reíamos de la floja luna que ni siquiera se había presentado a dar excusas, nos reíamos de lo bobos que éramos cuando empezamos nuestra relación, de los cientos de mensajitos en papeles arrugados que nos enviábamos durante cada jornada escolar, nos reíamos de los compañeros más estúpidos y también de lo escarabajitos solitarios que cruzaban con gran donaire el camino, como si fuesen a una reunión de directorio.

A los costados, se distinguían cercos oxidados de alambre de púa apenas sosteniéndose de polines podridos, y más allá, aromos y robles tan viejos como la memoria de Cristo. Croaban ranitas en las acequias con lodo y cientos de grillos ejecutaban la marcha del silencio triste.

Poco antes de entrar a la ciudad nos íbamos topando con los primeros campesinos que se dirigían a sus labores. Nos saludaban y le miraban las piernas a Amparo. Sé que muchos, sino todos, se la habrían cojido con brutalidad. Ella era el único jazmín en medio de esa inmensidad de púas y bostas de vaca y bestias poco refinadas. Desde algunos camiones los trabajadores nos gritaban obscenidades, que me la llevara a un motel, que a Amparo le lamerían todo el culito y las tetitas y que la romperían a cachas, mientras  la claridad solar se anunciaba detrás del horizonte. 

Llegamos a su casa como a las ocho. Amparo casi se caía de sueño. Le di un beso y me fui. Hubiese querido acostarme con ella y dormir boca a boca el resto del día, pero en ese tiempo y a esa edad era imposible.  


Imagen: Xilografía de Oscar Milicich, Osmi. http://osmiblog.blogspot.cl/


2 comentarios :

  1. Me fascinan las imágenes, lo mejor que le encuentro es la excitación que vas creando sin que al final llegue a pasar nada. Cumple exactamente con la verosimilitud de una historia real en el caso de una experiencia vivida. Cuantas veces, en mi juventud, me vino pasar esto. Oh, Dios!, me acuordé de viejos tiempos por las calles de La Habana, incluso de mi pueblo natal. Me gustó eso de la diosa hindú, ya aquí hallo una carga de sensualidad de una manera discreta, pero casi arquetípica de lo que puede ser una mujer como símbolo sexual. En fin, amigo, gracias por poder leerte. Un abrazo, Manuel

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  2. "...era un menudo semental tan jodidamente insaciable que habría culeado hasta una lagartija sobre un colchón de cactus." (!!)

    La descripción de las guarradas de los jornaleros del pueblo es para partirse por su realismo y su significado: la vida en un pueblo remoto sin hembras embota los sentidos. Y cuando ven a una Lolita al fin, el lenguaje se deforma como la materia al entrar en el horizonte de sucesos de un agujero negro.

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