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Gracias, abuelo Enrique

Hace pocos días sepultamos a mi abuelo Enrique. Llevo mi segundo nombre en su honor. Mantuvimos una buena relación. Era un autodidacta, poeta, payador, folclorista, experto en boxeo y un comprador compulsivo de libros. Colecciones completas. Enciclopedias, biografías, novelas, mapas antiguos. Lo hacía con esfuerzo, pagando en cuotas. Solo contaba con su salario. Tenía hambre de conocimiento, ansiedad de sabiduría. Inquieto, desbordante de energía, era difícil seguirle el ritmo. Era un ex policía fronterizo, de los duros, a la antigua, con códigos estrictos de conducta y compleja relación con sus familiares más directos. Tengo buena memoria. Recuerdo su melancólica adustez durante muchas navidades, cumpleaños y días del padre en que casi nadie lo llamó. Pero al final, en sus últimos años, las cosas fueron mejorando, sobretodo cuando agonizaba. Ahí sí que llegaron en tropel los parientes buitres a acariciarle la frente y a acechar el botín mortuorio.

Fue el patriarca de una extensa familia. Casó con mi abuela en 1961, que  había enviudado pocos años antes de mi abuelo Wenceslao. Se hizo cargo de 6 hijastros y tuvo 5 hijos propios formando una ramificación familiar tan grande que hoy es casi imposible volver a reunir. Y casi ni tiene sentido pues somos muy distintos.

Se alegraba cada vez que lo visitaba. Me reclamaba visitas más asiduas. No tenía más interlocutores cultos, intelectuales, a su nivel, con quien compartir su alegría por sus adquisiciones librescas, por sus libros medio desarmados, por sus cachivaches antiguos que provocaban el disgusto de sus otros familiares. Su otro interlocutor favorito, su sobrino Felipe, vivía en Santiago y solo lo veía a lo lejos, pero gustaba hablar de él con orgullo. Sentía los logros académicos de su sobrino como propios. Era su propia sangre alcanzando las estrellas del conocimiento, el ingeniero, el físico nuclear, el exitoso hombre de negocios.

Decía admirar mi labor de escritor, de historiador, de académico. Creo que de alguna forma satisfacía su propio sueño, el escribir, la erudición, el análisis crítico, la perspicacia narrativa, poetizar el mundo, ser reconocido en muchos países, traducido a otros idiomas, respetado en el propio pueblo. Le gustaba que le imprimiera mis columnas en diarios importantes, o lo que se decía de mi. Más de una vez ofrecí enseñarle a usar internet para que accediera él mismo a todo aquello, pero me movía las manos negativamente entendiendo que su tiempo era otro. Que él viviría y moriría con los libros de papel, con el aroma de la tinta, con el moho y la humedad de los libros centenarios.

Abuelo Enrique tenía cada libro marcado en una página especial, en una cita, siempre me tenía en mente al hacerlo, quería saber mi percepción sobre cada autor, comentar los chismes biográficos, auscultar los silencios de la historia.

Poco antes de morir me vino a visitar varias veces. Compartimos mates y tortillas de rescoldo. Le preocupaba mi futuro, mis hijos allá en San Antonio, daba consejos prácticos, también bromeaba con modismos campesinos, elaboraba chapuceras frases en inglés, remedaba a los argentinos, repetía poemas humorísticos de Nicanor Parra, frases de Unamuno, ideas de Ortega y Gasset. Había leído mucho. Su mente era un hervidero de datos históricos, de argumentos literarios, de anécdotas de sus tiempos policiales. Hablaba poco de su niñez y juventud. Se notaba que lo había pasado muy mal. En su penúltimo viaje me obsequió su biblioteca. Algo más de seis mil ejemplares. Su gran tesoro. Sabía que conmigo estaría a salvo. Yo conocía cada libro, cada revista, cada antigüedad, sabía dónde lo había comprado, su valor monetario y cultural. Él disfrutaba mucho cuando yo le confirmaba el valor de lo que él solo intuía. También me ofreció su colección de piedras indígenas, pero le dije que debería legárselas a un museo importante, alguien que se hiciera cargo con respaldo oficial. Me trajo de adelanto cien de sus mejores libros, lo más valioso de su biblioteca. En los siguientes viajes dijo que traería el resto. Pero la última vez se le vio turbado y triste, sobretodo cuando me apartó para excusarse por el cambio de su testamento. No hallaba cómo decírmelo, no encontraba las palabras exactas. Finalmente dijo que no podía hacer mucho, que sus hijos y nietas se habían opuesto terminantemente a que esa biblioteca quedara en mis manos y que se la habían apropiado. El lo sentía también por su segundo hijo, el Jaime. Hubiese querido dejarle la mitad de todo solo a él. Le dije que no tenía importancia, que comprendía todo y que esperaba de corazón que quien se hiciese cargo cuidara ese patrimonio construido durante tantas décadas. Se despidió con un fuerte apretón de manos. Falleció una semana y media más tarde.

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