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3.200 kilómetros


No sé cómo tuve ese arrojo. Enviar esa carta era como lanzar una botella al mar. Luego que mi madre me confesó el nombre y apellido de mi padre, tardé sólo minutos en recorrer la guía telefónica. Y allí estaba ese apellido, sin ninguna repetición, sólo un apellido, en Punta Arenas, el único en Chile.

Pero no podía saber si era efectivamente mi familia paterna. Quizás ya estaban todos muertos o se habían marchado a Tombuctú. Mi carta resumía amablemente las aparentes circunstancias de la separación de mis padres. Todo era nebuloso, absurdo, como guión de teleserie escrita por un novato.

La deposité en el correo y dejé de pensar en el asunto. Qué otra cosa podía hacer.

Días más tarde sonó mi celular. Era la voz de una mujer joven. Mi tía Eugenia, la única hermana sobreviviente de mi padre. Manifestaba asombro y no poca alegría. La carta había dado en el blanco. La familia seguía viviendo allí. Quedaba mi abuela y mi tía Eugenia junto a su pequeña hija. Mi padre vivía cerca de ellos con su propia familia. Tenía un hijo casi de mi edad y dos hijas algo menores. Mi abuelo había fallecido tres meses antes.

Luego escuché la voz de mi abuela. Una voz con la que había soñado desde niño. Era familiar, cercana, con carácter. Se mostraba alegre, afectuosa.

Tía Eugenia vino un par de veces a vernos a San Antonio. Una buena persona. Tenía sus propios problemas que la absorbían. Se estaba separando y su vida daba un salto en el vacío.

Luego nos seguimos llamando, con intermitencias de meses, cada vez más a lo lejos. En dos Años Nuevos seguidos se acordaron de mí y me llamaron en la madrugada, quizá estimulados por la efervescencia emocional de la fecha o por los tragos.

Yo solía llamar a mi abuela. Se sentía sola. No le encontraba mucho sentido a la vida sin su compañero. Luego dejé de llamarla porque percibí que mi llamada no significaba mucho para ella. Sentía que las cosas se iban desconectando solas nuevamente. Tampoco ellos me volvieron a llamar.

Pasaron nuevos años, cantidad de estaciones, cantidad de risas y lágrimas y pensamientos que ya no supieron sobre qué pensar.

Mi padre no mostró mayor interés en mí, al menos no como para cruzar los 3.200 kilómetros que nos separaban. Le pedí su apellido y puso condiciones, como si le estuviese pidiendo un favor.

Quizá soy injusto. Es lo más probable. Yo no dejaría un hijo a la deriva, en ningún lugar, a ninguna edad, en ninguna época y con la madre que fuese. Porque los hijos, aunque crezcamos externamente, seguimos siendo los mismos niños que sumaban pasitos esperando que alguien los afirmara, los abrazara y los acogiera al final de su sendero conquistado.

Son sólo 3.200 kilómetros... o todo un universo....quien sabe....ya cae el sol nuevamente...

2 comentarios :

  1. Con el máximo de respeto he leído su escrito. Conoce la palabra Orfandad ? A veces crecimos huérfanos, cojos, abandonados.
    Muchas veces también debemos ser valientes y crecer en soledad, hacernos "hombres" por nuestra propia voluntad y no dejar que nos arrastre la ola de la aceptación o la lisonja... Nuestros padres son todos aquellos que han dejado sus frutos laboriosos dentro de nuestro corazón y nuestra razón... llevamos mil apellidos en la nostalgia... algunos genes esparcidos en el cuerpo... y un sol que nos hace madurar.
    Su padre no recorrió esos 3200 kilómetros, debería haberlo hecho usted, probablemente usted lo hubiese exaltado, y también sobrepasado... que es en el fondo la espera de un padre.
    Atentamente
    Walter

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  2. Son sólo unos miles de kilómetros, sólo basta conque escribas 5 líneas, sólo necesito que llames y preguntes cómo estoy.. Sobran las excusas, siempre lo he pensado, lo que falta es la voluntad. Cuando una amiga o un pariente o alguien que me importa se envuelve en silencio y se extiende la distancia, tiendo a creer que simplemente he caido en la categoría de presindibles. Como es parte de mi querer hacerlo con elocuencia e insistencia persevero en lo que de mi lado está vivo hasta que comprendo que es momento de dejar ir.. La vida impone sus reglas y el corazón no obedece ninguna, se hace lo que se siente y ya.

    Un abrazo.

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