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Pérdida del respeto académico

Agostina vino a conocerme. Me había leído en mi blog por recomendación de don Arístides Sepúlveda, prestigioso profesor de literatura comparada con el cual me enemisté hace algún tiempo debido a serias discrepancias estéticas en torno a la obra de García Márquez. El caso es que esta atractiva muchacha, alumna de penúltimo año de letras en la Universidad del Bío-Bío, buscó la forma de hacerse invitar a mi casa. Nunca me ha sobrado el tiempo, pero tampoco soy descortés, y menos con una entusiasta diseccionadora filosófica de mis escritos, así que le di una cita.

La recibí un domingo temprano y me acompañó al desayuno. Comimos tostadas con mermelada de cerezas y bebimos café con ron bajo la parra de uva negra. Me trajo de obsequio el primer volumen de una vieja edición de los Ensayos de Montaigne, lo cual se lo agradecí sinceramente. Montaigne siempre es bienvenido.

Para mi sorpresa sabía bastante de teoría literaria, o al menos en lo concerniente al postestructuralismo. Podía explicar una idea de Deleuze o Barthes sin tartamudear demasiado, sobretodo cuando nos empinamos una botella de Sauvignon Blanc que tenía enfriando desde hacía semanas.

Le manifesté mi preferencia por Benjamin, Batjín y Foucault, así como por las provechosas elucubraciones literarias de Kundera en El arte de la novela y El Telón.

Agostina, ya algo ebria, quiso seducirme (o al menos eso interpreté) mirándome descaradamente a los ojos, y meneando sabrosamente su cintura al compás de una canción de Jennifer López que tenía puesta a todo volumen mi despreciable vecino. Me invitó con el dedo a seguirle el ritmo, pero yo, que en ocasiones soy muy circunspecto, preferí mirarla desde mi silla. Bastó una media vuelta para dejar al descubierto su mayor secreto: no llevaba calzones. Entendí que esa parecía ser una costumbre veraniega en estas salvajes tierras cordilleranas, pues Tatiana, y anteriormente Luzmira, tampoco usaban esa prenda tan necesaria para contrarrestar el puelche y las miradas lascivas de los pasajeros que suben últimos al microbús. Muy por el contrario, ambas se paseaban desvergonzadamente por los potreros con sus soleritas ínfimas ofreciendo a los saltamontes un fugaz vistazo del paraíso.

El hecho es que con Agostina nos perdimos el respeto académico a los pocos minutos, pasando sin mayor transición que un abrazo al estadio de la biología evolutiva, allí donde los agarrones, mordiscos y arañazos tienen mayor relevancia que Batjín.

1 comentario :

  1. el brespeto es la base fundamental de toda relacion en cualquier lugar dnd nos encontremos

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