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La sonrisa ante un pretérito

Putas horas que deben ser justificadas. Los días son tan largos en noviembre. A ratos neblinosos, a ratos abochornados, con un sol impertinente que se cuela para descuerarte vivo. Los aromas varían en 24 horas. Los nocturnos golpean con la hierba cortada, con los trigales levemente mecidos y los jardines mestizos de las jubiladas. Los de la aurora son atrapanieblas de nostalgia, esa falla estructural de la mente con que el creador le machaca las bolas a los hombres. Pura mala leche, diría el antropólogo Giorgio Muzami, porque no sirve para nada sentir nostalgia, o recordar siquiera, pues los errores vuelven a cometerse, tal como las mariconadas de ida y vuelta. La sonrisa ante un pretérito tiene sabor a castañas crudas, y las lágrimas son caramelos de licor en medio de una gran resaca. La biología me hace zancadillas, se disfraza de erotismo, de calentura, quiere clonar mi miseria hacia una eternidad nominal, de burocracia celestial de timbre y estampilla, con ángeles de paletó gris y arcángeles engominados. Son el estamento superior de la democracia cristiana, ese partido mitad nazi mitad pelotudo que nos amarga la vida en la tierra. Pero la democracia es así, arriba y abajo se mezclan hijos de puta con honrados y sacos de huevas con creadores de carne y hueso.

Imagen: Otto Mueller

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