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El canon chileno

Dice Eloy Martínez que un libro canónico no es sólo el que se busca para releer sino el que provoca la relectura. Lejos de someterse al lector, lo estimula, excita su inteligencia, lo llena de preguntas. Si al cabo de diez años ya nadie quiere volver a él, puede que nadie vuelva nunca más. 

Si esto lo trasladamos a Chile, es posible que nos encontremos con un yermo literario apenas habitado por siluetas distantes que van desapareciendo inefablemente. En Chile se lee poco, nuestra intelectualidad es escasa, y el respeto hacia ella o hacia sus creadores, es ínfimo, De buscar libros para releer ni hablar. Aunque quizá Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, o la Epopeya de las comidas y bebidas de Chile, de Pablo de Rokha, provoquen una relectura en una lluviosa tarde invernal. O quien sabe si las Residencias nerudianas o los cuentos de Baldomero Lillo o Coloane no generen la necesidad de volver a transitar por una excelsa experiencia estética. Y qué decir de los pobres colegiales que deben leer y releer cuanta basura se les dicte desde el ministerio. Las imposiciones curriculares no suelen ayudar mucho. Obligar a un muchacho a leer una obra de calidad y relevancia discutible, y calificar autoritariamente su nivel de comprensión, es como manguerear a un gato. Difícilmente el muchacho volverá a acercarse por si mismo a una instancia asociable a una forma de tortura.

Hemos de dejar en claro que un canon no se impone, sino que apenas se plantea como una solitaria mirada en medio de un contexto histórico plagado de incertidumbre. Consideremos, por consiguiente, que tanto la mirada como el contexto irán cambiando, aunque quizá no al mismo ritmo. Y es muy probable que en algún momento la mirada se anquilose, ya por convicción profunda, desdén por lo nuevo o senilidad reflexiva. 

Para facilitar (o dificultar) el conocimiento de la historia literaria chilena ciertos académicos (habitualmente muy conservadores) han incorporado a nuestros creadores en períodos y generaciones que poco dicen de sus obras individuales. Hemos, por tanto, de sacarnos de encima tan inútiles categorizaciones para emprender un nuevo y desprejuiciado viaje hacia cada obra.

Literariamente Chile es complejo, plagado de muletillas de bajo aliento. Reflexivamente siempre ha estado en pañales. Todos se conocen y nadie está dispuesto a asumir el costo de decirle a otro que no escribe precisamente maravillas. Más que construir calidad literaria, se suelen superponen amistades o confianzas surgidas en medio de la precariedad económica, del quejumbroso ocio de cierta burguesía universitaria o de una bohemia sin demasiadas perspectivas, y siempre mirando al norte, a Manhattan, Paris o Londres. Nuestra débil cultura ha orbitado en torno a Europa, ya sea explícita o soterradamente, en la superficie o en el trasfondo, y habitualmente en ambos estadios. Lo genuino se desvaloriza, se invisibiliza, pues nos queremos poco, nos desdeñamos como creadores, como si el paraíso intelectual siempre estuviera más allá de nuestras narices. Sólo vean la basura televisiva trasplantada del extranjero que apenas maquillan nuestros guionistas lameculos. 

De esta forma, y en un esfuerzo para hacernos más conocidos, nos hemos habituado a difundir coloridos chamantos literarios para entretener al ocioso anglosajón, o le embutimos forzados anecdotarios folclóricos para llamar su atención, para entusiasmarlos a comprar nuestras obras, a hablar de nosotros, los simpáticos indiecitos. Pero la obra auténticamente reflexiva, local, a ras de suelo, no ha visto la luz casi nunca. Al menos no más allá de un minúsculo grupo de comprensivos diletantes.

La selección de este canon es inevitablemente arbitraria, sujeta a los intereses literarios, estéticos y filosóficos del momento en que escribo estas líneas. 

Hoy, tras muchos años creando, me planteo este escrito como una contribución a la gran tarea de rescatar la memoria literaria, de hacerle justicia a los escritores que van cayendo en el olvido, enterrados en la tumba sin nombre de polvorientos anaqueles anónimos, destinados a ser combustión para el frío, comida de polilla, alzheimer de la nostalgia o ladrillo oblicuo de vertedero.

No puedo dejar de considerar los tres criterios de grandeza utilizados por Harold Bloom para exaltar la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría. Enlazado a los tres va la controvertida originalidad, la nota levemente distinta que distingue a una voz de otra.

Las modas no pueden entrar como Pedro por su casa a engrosar un canon, menos aún los recurrentes encumbramientos de las poderosas oligarquías conservadoras que, al menos en Latinoamérica, imponen criterios en cada aspecto de la vida cotidiana. Relevancias pasajeras y oportunistas, más tendientes a preservar privilegios, a justificar perversos ordenamientos sociales, a alejar la verdadera crítica socavadora.

La columna vertebral del canon chileno no podría prescindir de Neruda, De Rokha, Mistral y Huidobro. Monstruos literarios que se sustentan por sí mismos en ciertos aspectos de sus obras.

Tampoco podrían estar ausentes los poetas Carlos Pezoa Véliz, Juan Luis Martínez y Jorge Teillier. Este último más como un tierno efectista estético, un prosecutor de Trakl y Esenin en el confín del mundo. Leido y releído con gran entusiasmo por generaciones de jóvenes necesitados de belleza poética.

En narrativa, tenemos una pequeña aunque bien montada armada, Manuel Rojas, Federico Gana, Carlos Droguett, Juan Agustín Palazuelos, Enrique Araya, Jenaro Prieto, José Santos González Vera, José Donoso (más como cronista, memorialista y reflexionador literario que como narrador de ficciones), Enrique Lafourcade, María Luisa Bombal, Jorge Edwards, Francisco Coloane (un pequeño Jack London en el sur del mundo) y Baldomero Lillo. 

Personalmente quisiera incorporar a notables cronistas o ensayistas o aglutinadores de conocimiento como Alfonso Calderón, Roberto Merino y Joaquín Edwards Bello. Pienso que al menos deben estar adscritos al canon, aunque sean poco leídos. Y quizá una rareza como Miguel Serrano.

Pero me faltan los dramaturgos (varios de ellos de altísimo nivel), así como las razones que tengo para omitir a ciertos sobrevalorados narradores, poetas y antipoetas de mi desgajada patria.

Debo explicar, asimismo, por qué tengo objeciones respecto a Roberto Bolaño. Aunque podría llegar a darle el pase.

Respecto a Nicanor Parra, sé que debería estar, tiene lectores y relectores, sobretodo entre los funcionarios de gobierno de escasas luces, y entre cierta muchachada cervecera literariamente analfabeta. Pero aun no puede convencerme. Algo siniestro pasa en mí que no le creo, que no le compro, y que me lleva a pensar que su obra es fruto de su incapacidad poética. Es decir, es una reacción, una obra por defecto, un resentimiento travestido de burla, 

(Texto en construcción)


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