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Mujer desnuda en el río


Cosechados los choclos, porotos y cebollas, el huerto se ve medianamente despoblado. Quedan tomillos resecos que más parecen el bonsai de un duende holgazán, zapallos obesos asomando entre la mortandad de las hojas y melones calameños nacidos de las semillas que se esparcieron accidentalmente. Estos últimos han servido para capear las altísimas temperaturas de marzo. Frappe de melón y durazno mañana, tarde y noche. Tereré en la madrugada. Antes de dormir leemos el segundo capítulo de Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller, y el capítulo cuarto de Muerta Ciudad Viva, de Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Prodigiosas lecturas que en minutos se funden con nuestros desbocados sueños. Ayer tarde fuimos a cosechar frutillas a Cachapoal. Más bien a rastrojear antes que las poden para una nueva temporada. Trajimos varios kilos y hoy temprano preparamos una aromática mermelada y más jugo con hielo para soportar el mediodía. Almorzamos ensalada de atún, pepino y tomate y nos vamos a nadar al río. Los aromos de las orillas han crecido portentosamente angostando el camino, como intentando manosear con sus fragantosas ramas a los escasos transeúntes. Pasan grandes camiones cargados con zanahoria. Tractoristas sudorosos piropeando bocinazos. Huasos arrogantes espoleando sus caballos. Ya en el roquerío Lorena se desprende de su bikini y se sumerge como una Virginia Woolf en el templado Ñuble. Nada desnuda. Estilo rana y espalda. Desentendida de la marcha universal, parece feliz. Morenez árabe guaraní. Temple vasco. Caricia solar. Sombra serpenteante en el fondo arenoso. Del otro lado un par de pescadores la observan extasiados, pero a ella parece no importarle, ni a mí. El cielo se ha vestido de un celeste grisáceo, probablemente opacado por una bruma mestiza de humo y neblinas huérfanas. Asoman tímidos cirros desde el norte, aunque el clima sigue embotado, asfixiante. Volvemos a casa. Ducha fría, tereré y galletas de avena. Mientras Lorena actualiza nuestro mundo virtual me dedico a recorrer viejas revistas literarias. Se deslizan nombres interesantes, como el venezolano Salvador Garmendia, o los fragmentos autobiográficos de un lúcido Stephen King. Entremedio, las figuras secretariales, y hasta serviles, de las norteamericanas Doris Dana y Grace Frick, almacenando para la posteridad cada respiro creativo de Gabriela Mistral y Marguerite Yourcenar, respectivamente. Ambas, Doris y Grace, anuladas en sí mismas en pos de la preservación de otras, sumando ladrillos, vigas y clavos para que la inmortalidad de las dos gigantes patronas tenga la dignidad predispuesta. La admiración y la entrega en su punto más excelso. La Yourcenar, más curtida en las iniquidades de la historia, el tiempo y el olvido, dejó estipulado que sólo el 2037 se conocerá la totalidad de su obra.


Fotografía: La escritora argentina Lorena Ledesma junto al río Ñuble. San Fabián de Alico, Chile. © Jorge Muzam

2 comentarios :

  1. Lo dicho! Además de estupendo narrador, usted es un poeta.

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  2. Lo dicho! Además de estupendo narrador, usted es un poeta.

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