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Anticomunismo feroz

Húmedo frescor tras la esperada llovizna dominguera. Madrugadoras abejas degustan los néctares del toronjil cuyano antes que se vuelvan semilla u olvido. Los frambueseros respiran aliviados ofrendando su roja caricia al nuevo sol.  Las cerezas negras están en su apogeo y las guindas comunes para el licor ya empiezan a colorear. Terratenientes llorones pasan a preguntar por el precio de los corderos. Encuentran todo caro, aunque ellos le pagan una miseria a sus trabajadores. Si es que se dignan a pagarles. En el camino aprovechan de descuerar al gobierno, el demonio de turno, esa ensalada explosiva de comunistas de última generación, democratacristianos ultraconservadores, radicales tibios y socialistas neoliberalizados. Dicen estar sufriendo el azote del marxismo internacional, añorar los buenos tiempos pinochetistas. Pero no son los únicos. Los huasos pobres opinan lo mismo en su peculiar lenguaje. Son los comunistas, señor, todo va mal por los comunistas. Y lo reafirma el almacenero, y el policía, y la dueña de casa. El anticomunismo es un ébola ideológico que se expande asombrosamente rápido. 

El esplendor económico chileno (que en realidad no es más que utilería de cartón barato) parece ralentizarse. Así lo reitera la prensa derechista, que es casi el 100% de la prensa. Michelle Bachelet tiene la culpa. Lo espeta ante las cámaras la loca de patio Evelyn Matthei, lo remarca el rumor callejero, los rastreros de salón, los lamesuelas de Arica a Magallanes. Algo de eso hay. Piñera entregó un buque desestibado en medio de imprevisibles marejadas mundiales, y Bachelet prometió reformas estructurales que aminorarían la vergonzosa injusticia social de este flaco país, sin romper los equilibrios macroeconómicos. Pero el dinero sigue en malas manos, refugiado tras el insalvable muro del clasismo, del odio, de la mala intención, y llevar adelante las reformas ha costado sangre, sudor y lágrimas. También palizas y abundantes sabotajes. La extrema derecha es peligrosa, inmoral y terrorista, y parte de ella está dentro del propio gobierno, poniendo zancadillas, restándose en horas cruciales, orando en voz baja a un dios insensible y lavándose las manos ante un desplome electoral o un eventual desastre económico. El egoísmo es cosa muy seria, está arraigado en la mente, en la conciencia, en los genes de los que viven del sudor ajeno, y no da tregua. Los políticos de oficio (su mayoría al menos) parecen mocitos del gran empresariado. Muy bien pagados por cierto. Pa' que no hagan nada que ponga en riesgo su salario. Así las anheladas reformas se estancan o se maquillan para que no enfaden al ogro anticomunista, y todo queda igual o peor que antes. El resto, los otros, los de abajo, le importan a muy pocos. Si ya han esperado tanto, qué importa que sigan esperando.

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