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Diario La Nación: reflotando un barquito de papel

Circula el rumor de que el diario chileno La Nación volvería a su formato impreso. Recordemos que fue defenestrado por el ex gobierno de Sebastián Piñera justo al empezar su mandato. Entonces se habló de una venganza política, de un ajuste de cuentas contra un medio que le había lamido las suelas a los gobiernos centroizquierdistas durante veinte años. Hasta hoy nadie ha desmentido esa versión. La cosa es que con Piñera La Nación se convirtió en el primer medio impreso en mudar completamente al área digital. Una forma sutil de acabar con él, pues en ese entonces solía ser leído mayoritariamente por jubilados progresistas de plaza pública que no mutarían sus costumbres a la pantalla de un ordenador. En tiempos de Pinochet, La Nación se caracterizó por ser un incendiario órgano de propaganda gobiernista: enfermizo, venenoso y ramplón, y aunque no era creído ni por los pinochetistas más recalcitrantes, se le compraba como una forma de mantener encendida la gloriosa llama antimarxista. Luego, la Concertación le intentó dar un cariz más amable, un perfil bonachón del tipo "nunca quedas mal con nadie", y el resultado fue un bodrio grisáceo sin clara orientación editorial.

Hoy se habla de querer reflotar su arista impresa. A la corte de Bachelet le preocupa no tener voz periodística, que su agenda se la maneje la oligarquía financiera, no poder replicar mediante ningún canal relevante. Quizás por este motivo surgió esta idea franskenstina. El problema es que así podemos pasarnos varias vidas entre asesinatos y resucitamientos, dependiendo del tipo de coalición que ascienda al gobierno. Es cierto que La Nación tenía cosas interesantes, como las columnas de Gonzalo León, y uno que otro esporádico azote de datos duros contra la parte mafiosa de la oligarquía, pero en general no fue todo lo bueno que pudo haber sido, considerando que contaba con las espaldas financieras del Estado. No se creó escuela, no se alimentó nostalgia, y la sección cultural dejaba mucho que desear. La izquierda exquisita campeaba con sus insoportables manías amariconadas de burgueses ociosos. Predominó, en general, el mojigatismo de los consensos políticos, que casi siempre favorecieron a la predominancia ideológica de la extrema derecha.

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