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No compres vinos baratos

Agosto agoniza. Los que no murieron este mes bailan cumbias rancheras de madrugada. El valle es un estrépito de borrachos alegres y perros nerviosos. Abro un archivo musical de Beethoven y una botella de tinto. El segundo movimiento de Emperor me conmueve. Vuelvo a teclear después de tantos días vinculado a otros menesteres. Nada en especial, sólo una navegación sin hoja de ruta por mis emociones y mi cultura. Creo que Joseph Roth escribió una frase parecida: "estaba a solas con su cultura". Puede haber sido en Hotel Savoy.
No sé en qué momento escribir dejó de ser una medicina, una terapia, un necesario oxígeno entre tanta peste, y se volvió un ejercicio meramente intelectual, una circunspección diplomática con estilo tristón, una elusión intencionada de todo lo hijo de perra que soy o que puedo llegar a ser. Es cierto que a veces me divertía pincelando colas de burro a tanto huevón penca. Pero precisamente por ser tan pencas me pareció indigno seguir hablando de ellos. Menos aún de mis aspirantes a enemigos. En realidad nunca llegué a tener verdaderamente uno. Sólo te entusiasma pelear con quien respetas. De esta forma mis temas se fueron acotando demasiado, acorralados por mi altanero carácter. A veces mi exaltación romántica se desvestía presurosamente mutando a pornografía barata. Quise hacer daño políticamente, pero los políticos no leen, ni sus asesores de prensa, ni sus guardaespaldas, ni sus choferes. Menos aún sus agentes financieros. Puede ser que me sentí demasiado escritor, una imagen que sólo se la confiere uno mismo, una especie de rey sin corona de una isla que sólo se ve a ratos. Los amigos contribuyen a esta borrachera y la mantienen estibada, precisamente para que dure. En algún momento intenté dejar de hablar tanto de mí, ese indesmarcable Yo, ese monstruoso Yo, que a veces he llegado a odiar. Entonces miré para el cielo, para el valle, y me transformé en un meteorólogo poético, una envolvente cortina de humo de mi propia interioridad, de mi propio tiempo, el dolor lo enterré como un cadáver contagioso y saqué bríos de no sé dónde. Pero no era auténtico, y el cadáver pugnaba por hacer estallar el mundo.
Creo que es hora de abandonar la narrativa. Hay suficientes Beethovenes prosistas que prosigan el empeño. Mejor me dedicaré a hincharle las pelotas a los poetas, quizás sea vidente o una mierda parecida. Es posible que mañana despierte con un anhelo distinto, o con una resaca de los mil demonios. Todo esto me pasa por comprar vinos baratos.

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