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Surfista de una nube tempestuosa

Es temprano. El sol ni siquiera ha bostezado. Un viento norte silba entre las parras. Hay días en que amanezco con una opresión en el pecho, como cansado, como perdido. Una ducha helada no espabila mi pensamiento hacia terrenos menos inhóspitos. Permanezco sentado en el borde de mi cama. Contemplo mi cuerpo desnudo, mi piel tersa, mis poderosos brazos de leñador, mis formas musculosas que no reflejan mis años. Parezco mucho más joven de lo que dice mi carnet. Sin embargo, mi mente tiene más de cien mil años, pero eso sólo lo sé yo. Veo el mundo, el paso de las épocas, desde una perspectiva que me provoca dolor. Y ansiedad. Y soledad. Y a veces hasta risa. Sé que los hombres no evolucionan hacia nada por lo que valga la pena mover un dedo. Tres millones de años coexistiendo en un lodazal de envidia y probablemente estemos peor que en los comienzos.

Me arrimo a la ventana. El sol parece mudo. El vidrio refleja un animal moribundo torturado de conciencia, un surfista sobre una nube tempestuosa, un general de esqueletos ballesteros, un melancólico cerebro en formol de un capítulo viejo de Futurama, un pene poeta con un cuerpo portátil que insemina a toda la liga feminista austral, el heredero de una estirpe irresponsable que abandona letras en senderos neblinosos, letras con sonidos y colores que a veces parecieran murmurar algo, como notas prehistóricas, envejecidas y mohosas, o como el golpeteo de una cascada irrelevante en una roca subterránea cuyos ecos no oirán nunca los ingenieros topos ni menos los grillos expertos en Haydn.

Imagen: Saul Steinberg

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