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El huerto de Voltaire

El pasado invierno planté doce ciruelos, tres guindos y dos manzanos. Sólo un guindo se secó durante la larga sequía veraniega. Con la primera lluvia del otoño los árboles han reverdecido y les han brotado ramas nuevas, como jóvenes impetuosos intentando expandirse y reinar en este valle brumoso. Fue mi opción, contribuir a la perpetuación de la vida mientras creo mundos imaginarios.

"... pero es necesario cultivar nuestro huerto", fueron las últimas palabras del decepcionado Cándido. Las ideas no bastan para reencauzar el mundo, la maldad y la estupidez humana son yelmos infranqueables, la ingenuidad una prenda transparente, el amor un chismoseo de loros aburridos. ¿Qué queda por hacer? Lanzar la semilla y esperar que la tierra y el sol ejecuten su diplomacia. A veces sólo contemplar, porque la semilla cae sola y desde allí se hace grande, hasta poder alimentar a las pandillas de chincoles o a las bandadas de cachañas alcoholizadas de tanto probar frutos maduros. Es la vida sin atributos ideológicos, sin arbitrariedades ni egoísmos, completamente al margen de la futilidad humana.

Veo crecer con orgullo mi nuevo huerto. Muy cerca cosecho las encinas que plantaron mis antepasados hace más de cien años. Los viejos ciruelos, desganchados y podridos, siguen ofrendando frutos relucientes a través de sus últimas ramas vivas. Cada tanto los manzanos ancianos son despertados a picotazos por los carpinteros para que no dejen de contemplar la luz del otoño. 


2 comentarios :

  1. ¿qué onda con el Claudio Rodríguez? No he leído nada suyo en tiempo, y escribe muy bien

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