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Leerte

En los días que estuvo Lorena en San Fabián solíamos caminar al atardecer hasta el río Ñuble. Bajábamos por el camino nuevo hasta el puente que nos une a Coihueco. Noviembre estuvo muy caluroso, con temperaturas diurnas que no bajaban de los 34 grados, así que esperábamos que descendiera el sol para aventurarnos por ese solitario lugar. Oscurecía a las diez de la noche, por lo que teníamos al menos tres horas de luz para leer, tomar mate y fotografiar los abundantes patos salvajes que volvían a pernoctar río abajo. Generalmente leía yo, libros muy diversos, El Pájaro Pintado, FlushEl Rodaballo, Hacia rutas salvajes, biografías de Stefan Zweig y una cantidad de crónicas, memorias y poemas de diferentes autores. Entre lo más sabroso que recuerdo estaban las crónicas del mexicano Artemio de Valle Arizpe, sobre los chismes de la nobleza colonial. Relata en un capítulo las jugarretas del rey Fernando VII con su virrey en México, Don Juan Ruiz de Apodaca, a quien nombró conde del Venadito, sólo para que se burlaran de él.  Y así lo hizo muchas veces con distintos funcionarios, ennobleciéndolos con nombres ridículos para matarse de la risa.

A veces pasaba mucho rato, y cuando me detenía pensando que Lorena ya no me escuchaba, ella me hacía alguna observación que dejaba patente su total concentración. Me gustaba hacerlo, oír mi voz, perfeccionar mi dicción, compartir las delicias de una buena narración, detenernos a comentar las mejores partes. Nunca antes lo había hecho de esa forma, salvo con mis hijos a quienes les solía leer historias de Roald Dahl y Bashevis Singer antes de que se durmieran.

Tengo escasa tolerancia a las conferencias y mesas redondas, a todo ese pavoneo de tontos graves haciéndose los inteligentes, así que cuando he tenido que hablar en tales lugares he sido lo más parco posible, precisamente para que no me vuelvan a invitar. Sé que no siempre es así, y que hay conferencias fabulosas, pero lo usual es que sean vitrinas de mediocres. No necesito ser un escritor-mono de circo, no me interesa ser conocido por andar entreteniendo a burgueses ociosos, sino por mi mera acumulación de letras. Mi talento es suficientemente fuerte como para prescindir de toda esa fanfarria. Aunque reconozco que me gustaría dialogar, pública o privadamente, con Enzensberger y Philip Roth.

2 comentarios :

  1. Me ha tocado leerte y escucharte leer. Ambas experiencias forman parte de mi tesoro inmaterial. Mi capacidad de atender varias actividades al mismo tiempo me permiten fotografiar el alrededor y atender a los detalles de cada lectura. Flush es una obra menor de Virginia que me atrajo por esa misma razón y lo adoré!

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  2. No me pareció una obra menor. Algo extraña eso sí, quizás lejanamente emparentada al Coloquio de los perros, de Cervantes, o a los Viajes con Charley, de John Steinbeck.
    Un abrazo fuerte, querida Lo.

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