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La posibilidad de la ceguera

Temo quedar ciego antes de leer todo lo que deseo. Mi biblioteca se empolva y desempolva sin que los libros salgan a dar un paseo. Antes leía tanto, y hasta abusaba de la lectura con poca luz, de la letra pequeña, de los periódicos temblorosos de los pasajeros que iban leyendo sentados en los buses, observaba sin pestañear el vuelo solemne de los cóndores en las cumbres, las linternas de los ermitaños que bajaban de las montañas en las noches, las luces titilantes de las estrellas extintas. Buscaba desentrañar el sentido del vuelo de las luciérnagas en las noches de diciembre o adivinar el color de las piedras bajo el agua turbia. Mis ojos captaban cada milimétrico rasgo en las personas que estaban cerca de mí, reconocía la exaltación y la congoja en sus miradas, la envidia y la compasión. Hasta recuerdo haber visto un enorme meteoro atravesando el cielo de San Fabián en el verano del 2001. Eran las dos de la madrugada. Volvía a casa tras beber unas cervezas en el Pino Alto. La noche estaba negra como la conciencia de un especulador financiero. Silenciosa como el orgasmo de un monje benedictino. Y fue entonces que esa cosa pasó sobre mi cabeza. Aparentemente estaba todo el pueblo dormido o borracho, porque nadie más recuerda esa atronadora bola de fuego. El hecho es que mis ojos me están abandonando. Decenas de colecciones de libros que pensaba leer hoy las estoy despidiendo para siempre. Tienen la letra muy pequeña y, aunque uso lentes para leer, el esfuerzo que debo hacer me agota a la media página.

 Es interesante, y a ratos no poco doloroso, darte cuenta que hay actividades que vas dejando atrás para siempre. Es decir, cuando tenía quince o veinte años me confortaba imaginando los miles de libros que leería en mi vejez, el conocimiento fabuloso que adquiriría (nunca reflexioné seriamente sobre para qué me serviría tanto conocimiento), y como era bastante pajero (algo más que ahora) me mentía diciéndome “no te preocupes yo mismo, los leerás igual cuando encuentres la paz y el cómodo espacio que alcanzarás en tus años senectos”. Pasaron los años, no muchos (sólo tengo 41) y ya ese aplazamiento, ese autoengaño, quedó superado por las nuevas circunstancias. Simplemente mis ojos me abandonaron, y si llego a la vejez (evento no enteramente probable) deberé delegar en mis oídos la facultad de aprehender las grandes obras que me faltan o que quiero volver a repasar. Por cierto que espero no quedarme también sordo. Y ni imaginar la posibilidad de no volver a contemplar la belleza de tantas mujeres. Eso sí que sería una disminución drástica de la calidad de vida.

Por el momento, la solución que he encontrado es leer en formatos virtuales, con la letra muy agrandada. Así he podido seguir avanzando, mucho Jack London y Krakahuer estos días, algo de Italo Svevo y Bolaño, La mancha humana, de Philip Roth, y La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, aunque lamento no disfrutar del placentero romanticismo de tenerlos como libros de papel entre mis manos.

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