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Incultura musical


Tomaba mi once en el comedor viendo noticias. Iba a probar el primer bocado de mi marraqueta con palta cuando alguien habló de Miguel Mateos y pusieron uno de sus temas. Inmediatamente volvieron a mi mente multitud de recuerdos atropellados. Fue esa una etapa despreciable en mi vida, pero Mateos estaba de moda, junto con Sumo y Los Prisioneros, y sus canciones tenían un tono sentimental que ya parecía perdurable. Eran tiempos de dictadura y gringoladas, donde a lo latinoamericano se le atribuía un tufillo subversivo, así que los grupos anglosajones arrasaban en las radios. Donde fueras escuchabas las mismas mierdas. Comenzaba mis primeros enamoramientos en aquellos últimos meses de 1987 y algunos temas hasta desataban mi aputosada almita romántica. Entre esos grupos estaban Chicago, Reo Speedwagon, Ais Supply y el cantante Brian Adams. Hoy, cuando suelo escucharlos por accidente, se desata mi lado rabioso y hasta escribo celinianamente, como el mejor quiltro resentido que hay dentro de mí, el más amargo, porque ninguna de las ilusiones amariconadas de aquel entonces se me cumplieron.

Nunca tuve cultura musical, no tuve cómo. Mientras mis compañeros, la mayoría, ocioseaban tardes y meses enteros en sus habitaciones, con instrumentos propios, o en sus noches de juerga, con sus amigos, escuchando miles de temas, y comentándolos, yo tenía que trabajar, o nunca tuve una radio ni un espacio propio donde armarme una cultura musical. No tuve amigos con tales conocimientos. Los poco medio amigos que tuve eran más burros que yo, o trabajaban de sol a sol escuchando rancheras tristes. Lo que aprendí de música fue de a poquitos, por aquí y por allá, robando gustos ajenos para presumir o memorizando nombres de artistas para no quedar tan mal parado en una conversación. Ya en la universidad poco me interesaba ese tema. A veces fingía que me gustaba Janis Joplin para abrirle las piernas a una hippienta apetecible, o aseguraba mi preferencia por el jazz para arrimarme a alguna candorosa burguesita intelectual del barrio alto. 

Durante algunos meses di a entender que prefería las melodías de Serge Gainsbourg, aunque no entendiera un culo lo que decía, pues a mi juicio, eso me daba cierto aire refinado ante el resto, y además ese orejón tenía una mina sexy, casi siempre semidesnuda, Jane Birkin, y eso, en el código de los hombres, le aportaba mucho respeto, y por añadidura de gustos, también me lo aportaba a mí.

También me juntaba con drogadictos que escuchaban a The Doors, y con minitas sueltas de cascos que bailaban al ritmo de Juan Luis Guerra. Incluso muchas veces fui a la casa de mi amigo Claudio Rodríguez, que era adicto a Metallica, y alli bebíamos cinzano, pisco, vino y cogñac, escuchando la poderosa voz de James Hetfield y hablando de política, mujeres y literatura chilena, hasta que nos poníamos muy borrachos y odiosos y empezábamos a discrepar en todo.  A esas alturas ya era de noche, así que me acompañaba a tomar el bus que me conduciría al otro extremo de Santiago.

Algunos años más tarde empecé a llegar solo a la música clásica, quizás mi cerebro lo necesitaba, oír las mejores arias, las sonatas más apreciadas de la historia, Beethoven y Mozart, compositores que estremecieron mis sentidos, que amplificaron mi imaginación. Pero tampoco soy experto en eso. Sólo escucho lo que me gusta. Hoy prefiero el minimalismo de Philip Glass y algunos registros étnicos que no me recuerden a ninguna época hija de puta.

Fotografía: Serge Gainsbourg y Jane Birkin

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