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Manías domingueras

Mis domingos empiezan muy temprano. Afortunadamente, nunca adquirí la costumbre de levantarme tarde, ni siquiera en mi etapa adolescente. Quedarse en cama me parecía una horrorosa pérdida de tiempo. De esta forma, ya a las seis y media estaba en pie, duchado y desayunando, con un cerro de libros junto a mi café. Entonces tenía buena vista, y hasta abusaba de ella leyendo con poca luz. Hoy me cuesta leer hasta las letras de humo en el cielo. 
En las distintas ciudades donde viví solía hacerme amigo del kiosquero más madrugador, ese que a las ocho de la mañana ya tenía empapelado su bolichito con los periódicos del día. Dependiendo de mi bolsillo, podía llegar a comprar todos los diarios y revistas del domingo, o bien, sólo El Mercurio y La Nación, que traían más información cultural.
Mis lecturas eran arbitrarias, desordenadas, aunque acostumbraba a priorizar los artículos sobre escritores y filósofos, las noticias internacionales, las tendencias en tecnología, los ensayos de historia, las críticas de arte, el cuerpo económico y algún suceso policial interesante. Sólo leía sobre deportes cuando había olimpiadas.
Con los años prioricé algunos columnistas sobre otros, considerándolos como respètables interlocutores de mi silencio. El Mercurio, siendo un diario de la oligarquía chilena, ultraderechista de pensamiento, solía publicar apasionantes artículos de escritores decepcionados o claramente antagonistas del pensamiento de izquierda, como Václav Havel, Solzhenitsin, Kundera, Vargas Llosa, Paul Johnson, Roberto Ampuero y Jorge Edwards. Y al final del cuerpo de Artes y Letras, la infaltable columna del escritor Enrique Lafourcade. Escritos a las apuradas, chamullados, manchados de café y contingencia aunque agonizantes de sentimentalismo y mucha nostalgia, leer a Lafourcade, su irreemplazable voz, era simplemente una deliciosa obligación autoimpuesta.

El resto de los columnistas chilenos de los 80 y 90, de izquierda o derecha, no me parecían dignos de ser leídos. Se desestibaban ideológicamente como locas histéricas gritando sobre un carromato cuesta abajo. No tenían estilo propio ni eran suficientemente eruditos. Por esto recurría a las recopilaciones articulistas anteriores a los años 50, como Daniel de la Vega, Joaquín Edwards Bello, Fernando Santiván, Mahfúd Massis y Eugenio Lira Massi.

Sólo después del 2000 empezaron a ser publicados buenos columnistas, algunos, ideológicmente sensatos y realmente preparados, como Leonardo Sanhueza, Roberto Merino y Camilo Marks. A diferencia de las generaciones precedentes, estos traían un agregado picantito en sus escritos, una añadidura necesaria para que el texto explotara sobre las cabezas de los arrogantes promotores de la idiotez.

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