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Y sin embargo, se pudo

Acumulo notas matinales desordenadas. Simples datos, imágenes narrativas, delirios extravagantes.  Puede que algunas de esas notas se conviertan en textos, anticipos de novelas o abortos literarios desaguados en la papelera (aunque últimamente no estoy desechando nada, porque entendí que soy un escritor vertedero, es decir, toda la basura humana, sus modos, sus abyecciones, van a parar a mi estropicio mental donde se rumia con la adustez de un demonio vengativo)

Estaba en eso cuando me llamaron a beber cerveza helada bajo el parrón. Juanito y su hermano se refrescaban tras regar desde la madrugada nuestro huerto de hortalizas. Hicimos dos brindis, bromeamos sobre el temor de las mujeres ante la primera penetración, hablamos sobre el precio de los corderos y la leña de hualle, y luego cada uno a lo suyo. Me dirigí a mi habitación a continuar con mis notas y lecturas, y al dar vuelta la cabeza vi la foto de mis dos hermanos pequeños y su padre (o sea, mi padrastro), una imagen de hace ya 35 años. 

Entonces no teníamos clara conciencia de ser miserables. El resto de las personas no se veían muy distintas a nosotros, salvo los levantados de raja, los pordioseros y los alcohólicos. Vivíamos en nuestros dominios, nuestro universo de cinco hectáreas, de alguna manera nada esencial faltaba. Teníamos una piara de cerdos, algunos chivos y ovejas, muchas gallinas y durante un tiempo tuvimos vacas y caballos. Cada año sembrábamos trigo en un par de hectáreas distintas para tener pan y afrecho. Los huertos que preparábamos junto a la casa solían tener vallas muy precarias y era usual que los cerdos se dieran un festín cualquier noche veraniega. Pero sobrevivíamos, y sin que papá fuese lacayo de nadie. Hoy no entiendo cómo se pudo. Es cierto que en los negocios nos fue siempre como el culo, que los cerdos dejaban puras pérdidas, que las gallinas terminaban en las ollas de todos los vecinos, que las 20 vacas se las robaron un invierno sin dejar rastro, que papá estuvo preso dos veces por contrabando, pero igual salimos adelante. Hoy la casa sigue estando muy parecida a la que cobijó nuestra infancia. Algunos árboles siguen inmutables su contemplación centenaria, ya no hay cerdos ni chivos, sólo algunas ovejas y muy pocas gallinas y mamá camina más despacio, mucho más despacio, y a ratos afirmándose en las murallas y postes para avanzar cada metro.

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