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Biológicamente infieles

Muy tarde en la noche y mientras se nos terminaba de secar el cabello tras un agotador día de montaña, nos quedamos mirando un programa nocturno: “Manos al fuego”. El juego consistía en que hombres y mujeres le tendían una trampa a sus respectivas parejas para probar su resistencia ante las tentaciones. Sin embargo, todos caían y las parejas quedaban rotas. Tras la caída surgían las recriminaciones hacia los que probaron la manzana, pero nada se decía de los que habían tendido la trampa.

Terminó el programa. Hablamos con Tatiana. Su postura era severa ante la infidelidad. Traje a colación la biología evolutiva. Dije no haber visto maldad en el programa. Sólo lo usual. Todos los hombres son infieles, salvo los adefesios que no pueden por motivos comprensibles. Cada macho intenta, conciente o inconcientemente, diseminar su semilla, perpetuar su estirpe.  Y las mujeres van a la saga, casi alcanzándonos. Quizá ni siquiera para reproducirse, sino para recuperar el tiempo histórico perdido del goce humano, y de paso ahuyentar los nubarrones de soledad antes que se aposenten en su cielo individual.

Tras beber dos colemonos consecutivos, manifesté que lo que nos importa a unos y otros suele ser muy distinto. Las mujeres buscan un ser integral, un comodín de virtudes, fiel, inteligente, viril y protector, y los hombres sólo buscamos un coño, y en lo posible muchos coños simultáneos, y tetas, coquetería a raudales y lozanía en la piel, mujeres-muñeca que huelan a limpio, a envoltorio recién abierto, amables y risueñas, que nos mimen y aguanten nuestras frescuras. Esa juventud real o aparente nos mantiene embobada el alma.  

Tatiana manifestó airada su completo desacuerdo. No obstante, concordamos en hacer tablas antes que los cristales de la noche volaran por los aires..

Imagen: Eteri Chkadua

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