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El villancico de los grillos

Esa noche nos acostamos temprano. No había dinero para velas. Desde la cama escuchamos las primeras campanadas que anunciaban la misa del gallo. Imaginé que la salida de la iglesia estaría tan llena como otros años. Que José, mal embetunado y envuelto en sacos paperos, conduciría a la casta María montada sobre el ridículo burro hasta el pesebre. Me reí en la oscuridad con el obligado reestreno de ese recuerdo. Se escuchaba el murmullo de la gente que pasaba por la calle, algunos caballos y carretelas. Nuestra radio había quedado muda dos días antes por agotamiento de baterías. Sólo sabíamos que era el epílogo del 24 de diciembre y que la única noticia del día había sido la cornada del chivato Alejo al perro Jol. Era una noche oscura, las estrellas se veían nítidas más allá de las cortinas sucias y los grillos interpretaban villancicos esperando el arribo del viejito pascuero. Dormí con un ojo abierto y muy atento al paso de los renos voladores.
Amaneciendo me levanté a revisar todos los rincones. Me metí en la carbonera, en la cocina del fogón, en el gallinero y en la chanchera, pero no encontré nada. Mis hermanos tampoco tuvieron suerte. Pese a nuestra turbación inicial no tardamos en comprender que el viejito tenía preocupaciones más urgentes que resolver, que en el mundo habían millones de niños más pobres que nosotros que merecían un regalo y que por último aún quedaban cerezas en el huerto para alegrar el resto del día.




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