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La calma


Hace dos días paró el puelche y sobrevino la calma de un óleo de Burchard. Aproveché de inspeccionar los estropicios que dejó el ventarrón en mi huerto. Algunas plantas fueron arrancadas de cuajo, los almácigos resistieron medianamente bien y los pétalos caídos de los durazneros formaron riachuelos rosados entre los surcos. El sol se asomaba tímidamente entre los cirros y una tibieza creciente se apoderaba de la tarde. Instalé mi silleta bajo dos enormes cerezos florecidos. Tenía una vieja biografía de Oscar Wilde escrita por André Gide, en una mano, y un vaso de vino en la otra. A veces me alejo para disfrutar momentos así. El imponente Malalcura, vestido con los coloridos ropajes de la transición estacional, estaba justo frente a mí. Aspiré profundamente el aroma del primer instante de primavera, recliné la silla y me quedé mirando la intensa actividad en los cerezos. Decenas de apresurados colibríes y miles de abejas succionaban las flores. El sonido parecía el de una gran fábrica tayloriana. Pensé en lo que afirman los medios, que más allá de esas montañas hay conflictos, matanzas y depredaciones capitalistas, que el planeta sufre una fiebre terminal de codicia y sobreconsumo, que todas las formas políticas han fracasado estrepitosamente dejando un saldo de dolorosa desigualdad.  Sin embargo aquí, entre los cerezos, la vida continúa tan imperturbable como hace miles de años. Abro el libro en cualquier parte: "El Evangelio inquietaba al pagano Wilde. El no le perdonaba sus milagros. El milagro pagano es la obra de arte: el cristianismo era una usurpación..."


Pintura: Pablo Burchard

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