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Almejas

Caen las primeras gotas de lluvia en la precordillera andina. Son las diez de la noche y los perros de la comarca duermen su primer sueño. Despertarán a las dos de la madrugada. Es decir, justo cuando el sueño me derrumbe. Esa es la hora de contarse las desdichas perrunas.

Recuerdo la única vez que me vino a ver Oriana. Anochecía lloviendo. Traía su cabello mojado, una botella de vino y una mallita con almejas que había comprado en el mercado de San Carlos. Habíamos hablado un par de veces, cuando fui a comprar un pantalón y luego cuando fui a cambiarlo porque me había quedado pequeño. Estaba recién separada y trabajaba de empaquetadora en Falabella. No sé si nos gustamos a primera vista, pero sonreímos como viejos cómplices. Le dije que me fuera a ver a San Fabián cuando quisiera. Y así fue como llegó a los pocos días.

Le pasé una toalla para que se secara. Quedó con su carita lavada y su pelo caótico. Se desnudó en mi habitación. Sólo sus calzones estaban secos. No pareció avergonzada de que la estuviera mirando. Tenía rostro de brasileña, tetas de uruguaya y culito de jamaicana. Le pasé una camisa a rayas y se abrochó un sólo botón.

Preparamos las almejas a la parmesana, llenamos nuestras copas y brindamos por nuestra amistad. La primera fue al seco. A la mitad de la segunda copa nos dimos un beso caníbal y nos empujamos mutuamente hasta la cama. Las almejas quedaron intactas. Fue una noche intensa. Hicimos muchas veces el amor, nos lamimos como huesos de perro, nos hicimos cosas prohibidas por la Convención de Ginebra, pero no hablamos, no nos prometimos nada, y así fue mejor. Oriana se fue temprano a su trabajo. Días después me enteré que había regresado con su esposo. Tenían un hijo en común. No podía entrometerme. Sólo lamenté que se perdieran las almejas.

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