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Robotita saturniana

Fue el tiempo en que maduraron los higos. Solía leer en el huerto de mi abuela, bajo una parra de grandes uvas rosadas. Habían rododendros y tomatitos de cóctel al borde de un estero de riego. Ese día leía La sala número 6, de Chéjov. Culminaba mi secundaria y ese libro me serviría para un examen importante. Estaba concentradísimo y no advertí la llegada de mi prima Anastasia hata que me tocó el hombro. Tenía ella 15 años, ojos almendrados y cuerpo de muñeca inflable japonesa.

Previamente me había venido a ver un par de veces, pero sólo había llegado hasta la biblioteca a pedirme ayuda en sus tareas. Sabía que yo era buen lector y no desaprovechó la oportunidad de que le diera un empujón en el área de lenguaje. Era muy astuta, aprendía rápido y hasta se ufanaba de haber leído Mujercitas y Papelucho y otras boludeces de ese estilo.

 Entonces no advertí sus intenciones ni creí que se llegara a fijar en mí. La consideraba inalcanzable.  Tenía voz de robotita saturniana y cinturita de avispa africana. Carita de chica superpoderosa y tetitas levantadas de mulata floreciente. En la familia no era muy apreciada porque de pequeña había sido una niña muy caprichosa e insoportable. Yo solía imaginarla como la chica mala de la Familia Ingalls. Esa que tenía rulitos rubios. Pero no tenía razones para despreciarla. Por lo demás siempre había sido amable conmigo.

Me tomó los hombros por atrás y me dio un beso dirigido a mi mejilla, pero que al darme vuelta sorpresivamente terminó en un boca a boca. Me ruboricé. Ella no. Andaba con un vestidito cortísimo y ajustado. Me preguntó qué leía. Se lo dije resumiéndole el contenido. Sin darme lugar a terminar mi exposición me hizo una fuerte cosquilla en la espalda y se echó a reír. Salté de mi asiento y le intenté hacer lo mismo. Jugueteamos así un rato, hasta que de tanto buscarnos el lugar de las cosquillas terminamos fuertemente abrazados con nuestras bocas a medio milímetro.

Nos besamos largo rato. Su cuerpo estaba mucho más caliente que el mío y la sentía apegada a mí como si estuviera desnuda. Su pelvis y sus pechos se resumían en mi mente como una radiografía de fuego. Le tomé las caderas. Pude haberle tomado otras partes, pero entonces era un chico muy caballeroso.

Nos vimos un par de veces más. Siempre bajo la parra, comiendo higos remaduros o leyendo algún libro de Chéjov.

1 comentario :

  1. Hola Cuadernos de la ira,
    No hay nada como un buen libro de Chejóv. ^_^
    Buen relato.
    Un abrazo.

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Cuadernos de la Ira de Jorge Muzam is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.