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Mira lo que le hago a tu prójimo


Los sueños no te pertenecen, decía el poeta Jorge Teiller. Personalmente los rehuyo, porque me recuerdan la peor etapa de mi vida: esa cándida y bienintencionada juventud que quisiera desterrar de mi disco duro. Y no es que me crea muy mayor. Las edades coexisten en mí, pero tanta ingenuidad tarde o temprano depara dolorosos costalazos. No sé por qué somos así. Por qué nos educan así, remarcando tanto respeto hacia quienes no se merecen ningún respeto. Eso nos hace débiles, porque llegado el momento de enfrentarte a la vida sigues adiestrado para el respeto, como un perro huérfano que busca amistad y sólo recibe patadas. De cualquier forma, si nadie te cagó la vida antes, al menos tienes asegurada una secuencia de decepciones a partir de los doce años. Día a día te das cuenta que ni los profesores son sabios, ni los policías honestos, ni los alcaldes saben qué mierda hacer por la comunidad. De paso confirmas algo que sospechabas de pequeño: los políticos de oficio son unos perros culiaos tan corruptos como ineptos. Y qué decir de los médicos, que ni se arrugan para darte diagnósticos antagónicos; y los abogados y jueces y fiscales que no se la juegan por ningún tipo de justicia más que la de sus propios bolsillos.

En definitiva, todo es una mascarada, un juego de roles donde cada uno pone la cara más arrogante o solemne para asegurar el confort de su techo y de paso cagarse a todos los potenciales obstaculizadores de su carrera. A la larga, piensas que esto es lo único que se debiera enseñar en los currículos escolares: “Cagarás a tu prójimo antes que él te cague a ti”. Eso sería el comienzo de una coexistencia basada en la honestidad. Pero hablaba de mis sueños. A veces, mientras intento dormir, me permito algunos, muy pocos en realidad: veo a mis hijos contentos, a mi lado, y armamos entre bromas un paraíso laico de legos, y hay una chimenea encendida, una gran biblioteca, lámparas luminosas, teclados predispuestos al word, y Lorena está leyendo, sonriente, muy tranquila, y al otro lado del ventanal hay un huerto con tomates y porotitos verdes, un cielo despejado, y en la mesa nos esperan panes tostados, un platito con palta, una leche caliente con chocolate, y la Internet está muy rápida que hasta se pueden ver videos, y más allá de la alambrada andan cerditos bañándose en una acequia lodosa.

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