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Lolita apresada

Tatiana me hace confesiones virtuales. A los 10 años fue a pasar sus habituales vacaciones en el norte argentino. Allí vivía el grueso de su familia materna. Solían cuidarla sus tías. Deambulaba entre los talleres familiares como una animalita suelta. Un día que se alejó hacia unas bodegas del fondo, la atrapó su abuelo y la manoseó entera. Intentó desvestirla. Fue bruto y despectivo. Logró zafarse con astucia, no sin sentirse choqueada en lo más profundo de su ser.

A los 11 años la abusó un tío en una casa abandonada que estaba al fondo de la suya. Ella jugaba sola. El se acercó y le dijo que le enseñaría a besar. Sin darle tiempo a responder le levantó el vestido a la altura de las axilas y la abrazó fuerte. Solía andar sin calzones. Ella se volteó como pudo y quiso zafarse, pero él era un gigante. Luego le levantó una pierna y le lamió larga y profundamente su vaginita. Se fue sin dar explicaciones.

Una noche que dormimos donde una tía suya en Buenos Aires, me contó que el esposo de esa tía la había abusado en varias ocasiones. También a los 11 años. La atrapaba y manoseaba entera, se masturbaba refregándose con ella. Le introducía los dedos en la vulva y el culito. La intentaba arrastrar hasta un guardadero de herramientas mientras le intentaba bajar los calzones, pero ella siempre lograba zafarse un poco antes de ser violada.

A partir de esos años se encerró en su pieza. Adornó su mundo interior, se desligó de la marcha grupal y ya nunca volvió a ser la misma. Sentía culpa por esos recuerdos, sentía asco por los hombres, pero a la vez un inconfesable placer. De alguna manera sentía que esos hombres olfateaban su deseo infantil de ser atrapada. Nunca se lo contó a nadie hasta ese momento en que yo le hacía el amor. 




Imagen: Louis Treserras

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