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El destino de un portaaviones

Cuando sueñas en grande, fracasar también duele en grande. Hace unos años, no muchos, me pensaba como un enorme portaaviones intelectual. Había algo de arrogancia y de tierna ostentación ante el espejo, pero también una autopercepción clara de mi talento, al que ni entonces ni ahora le avizoro límites. Pero la vida en comunidad, la familia menoscabadora que no comprende ni le importa mucho, la cercanía de los aparentes amigos que te adulan y traicionan al mismo tiempo, los conocidos mediocres enceguecidos de envidia, los funcionarios rellenos con un puñado de mierda, y ese maldito ser gregario que llevas dentro y al cual tanto sentimentalismo no deja darle un tiro de gracia, pues todo eso termina pasando una factura muy alta. Es cierto que el portaaviones era incapaz de adentrarse en el océano y se hundía cada día en su propio peso. Las aguas que lo rodeaban eran, por lo demás, poco profundas, y en ese pedacito de mar, hasta donde la memoria común se remontaba, habían navegado únicamente chalupas.


1 comentario :

  1. Una suerte de ostracismo, autodeterminación y solvencia que viven en mí y sobreviven a mis autoatentados emocionales me permitieron desarrollar una suerte de vanidad que me defiende de las formas tradicionales de medir lo éxitos y fracasos en mí y en la gente que me rodea. Así puedo ver con mucha pena a un profesional que tiene dinero para comprarse todo pero que depende del psicoanalista y a una mujer que vive de la admiración de su culo, y miro con admiración a un emprendedor que vende sus tejidos en una feria y a un empleado de comercio que gasta sus pocos ingresos en libros y tiene tiempo para asistir a conciertos. Entonces me pregunto qué quiero yo de mi vida y he ahí la valuación final de si me siento fracasada o exitosa ese día.

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