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Reportando todos mis yoes


A medida que crecía y conocía nuevas personas y lugares, a medida que mi rostro cambiaba y se hacía más adulto, iba perdiendo de vista al infante sorprendido que escalaba montañas y se solazaba escuchando a los forasteros. A veces me costaba incluso recordar etapas recientes, veía difusos los recuerdos, y hasta encontraba estúpidos a mis yoes más ingenuos. Me desconocía. Miraba mi rostro y sólo veía un arrogante presente.


Hoy veo todo como una continuidad, hoy no veo evolución (nunca entendí cabalmente el sentido ni utilidad  de esa palabra) hoy sé que lo que hice a los 7, 14 o 25 lo haría con gusto nuevamente. La universidad no me cambió, ni los acontecimientos más duros, ni el amor, ni las traiciones, ni el rencor, no me cambió la pérdida de seres queridos ni la aparición de nuevas lealtades, de nuevas personas que se enamoraron de este travieso trashumante cósmico.

He perfeccionado mi capacidad de argumentación (tengo más lecturas y reflexiones en el cuerpo), he entendido que el ser humano no avanza hacia algo mejor, sino que vive sumido en una dialéctica fangosa de intereses, que nada bueno debe esperarse de los demás (de la mayoría al menos) ni de los gobiernos, ni de la ciencia, ni siquiera de la medicina (que como ciencia se ha transformado en una lamecula de la gran industria farmacéutica) Hoy entiendo que la psiquiatría sólo sirve para que Woody Allen haga chistes desabridos. Que Estados Unidos inventa guerras para entretener su industria armamentista y reconstructora. Que los psicólogos son convoyes repletos de acomplejados ignorantes, que los periodistas universitarios sólo se preparan para ser empleaduchos rastreros (los únicos buenos son los que se forman en la calle, con altanería, a la antigua) Que los nuevos ricos merecen un severo correctivo de humildad. Y los gobiernos, pues, eso es lo peor de todo. Gobiernos y oligarquías, perversos empobrecedores de la población, depredadores y antros de corrupción. Eso es objetivo. Ni siquiera hay que estar ideológicamente manipulado o ser un encapuchado antisistémico para saber eso.

 Hoy convivo con todas las lecturas precedentes, desde las fabulas de Esopo hasta las desventuras de Tobías Wolff, los personajes se adhieren a mi pasado y presente. Nada envejece, nada pasa de moda. El batallón sólo se agranda. Hay personas que me quieren y que se suman gustosamente a la marcha, recogen flores y piedras, argumentos filosóficos y conocimientos ancestrales, toman frutos del camino y beben las gotas de rocío que se deslizan por las hojas. Nos preparamos para dar golpes bajos, para socavar, abrir diques, liberar jaulas, romper entuertos. Somos poetas saboteadores con reglas propias. No hay nada ni nadie que pueda disuadirnos de lo contrario.

Me quedo abajo, con los míos, peleando a mi modo. Me quedo con todas mis edades y no me avergüenzo de ninguna. Fueron los ladrillos necesarios para construir este monstruo de rebeldía.


Fotografía: © Guillermo Carvalla

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