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Violencia defensiva

Nunca escabullí la violencia. Tampoco la alenté. De pequeño nadie era capaz de tumbarme. Tipos el doble de grandes no podían. Quizás pude ser un buen luchador, pero no me interesaba lo suficiente. Sólo luchaba cuando se trataba de un juego o cuando alguien me hinchaba excesivamente las pelotas. Nunca provoqué a alguien ni alimenté la posibilidad de un conflicto, pero si era inevitable, respondía con toda mi fiereza.

En el colegio fui respetado. Nadie se metía conmigo porque sabían que saldrían desplumados.Y no necesitaba ser un matón. A los que no se defendían, a esos sí que los molían a patadas.

Tengo algunas cicatrices de peleas infantiles. A veces eran batallas campales y era imposible no recibir algo. No lo recuerdo como algo traumático. Nos apaleábamos porque era parte del aprendizaje. Éramos cachorros rudos. Luego nos matábamos de la risa mirando nuestros moretones.


El trabajo campesino nos endurecía. Nos levantábamos a las dos de la madrugada a trozar troncos, arrear animales, sembrar, cosechar, cavar hoyos, poner cercos, magullarse con mil arbustos espinosos, levantar sacos más grandes que un borrego. Todo iba sumando, tal como las cicatrices. 

Una vez me caí de un guindo, pero quedé enganchado a mitad del aterrizaje en una rama que se me incrustó en la espalda. Nadie me vio, nadie lo supo, me curé solo y mastiqué en privado mi dolor. Otro día, mi padrastro que estaba enfurecido por algo me lanzó un palo de ciruelo que se me incrustó en el otro lado de mi espalda. Aún conservo ambas marcas.

Luego, años más tarde, las caídas de borracho me generaron nuevas cicatrices. Una vez me dieron una paliza, pero estaba tan borracho que ni recuerdo quienes fueron. Sólo sé que entre más me golpeaban más me reía, y eso los terminó hartando y se marcharon. Deben haber pensado que estaba loco. Yo creo que alguien le había echado alguna droga al vodka. Quedé tirado en una zanja por muchas horas.

Ya en la universidad, los policías antidisturbios me dieron una paliza de la que me costó reponerme. Eran más de diez, todos con el doble de mi envergadura y armados hasta los dientes. Fue mi bautizo como activista político.

Recuerdo que con Bustos nos caímos en la facultad. Habíamos estado bebiendo pisco desde temprano. Nos afirmábamos mutuamente para no caernos, pero igual nos caímos y en una loma. Llegamos rodando al fondo, atorados de risa y sangrando mucho. Esas cicatrices las tengo principalmente en mis rodillas y codos. Pero para un borracho son orgullosas medallas.

No soy alto, aunque mi cuerpo es atlético. No intimido de presencia. No agredo a nadie si no me ha hecho nada. Nunca doy el primer golpe, sólo intento dar el último.

Sólo en un par de ocasiones no respondí, y era porque andaba con mis hijos. Eran varios, y temí por la seguridad de ellos si es que yo no salía bien parado. Temí que ellos contemplaran el nivel de violencia al que podía llegar el pacífico padre que veían a diario, o que sufrieran viendo cómo masacraban a su padre.

Como profesor secundario tuve que intermediar en muchos conflictos. A veces ponerme al medio de un enfrentamiento inminente. En otras, improvisar una ONU colegial para apaciguar a las pandillas. No siempre se podía llegar a tiempo, y a veces la palizas eran feroces, sobretodo entre mujeres.

Hace tiempo que no me enfrento a nadie. Creo que me haría bien asistir regularmente a un Club de la Pelea. Mis ejercicios cotidianos no son suficientes para calmar tanta energía interior, tanta violencia acumulativa. Mi cuerpo sigue tan fuerte y fibroso como a los veinte y puedo triturar una nuez con mis bíceps, pero no busco la violencia. Mi fuerza, mi potencialidad para causar daño, es exclusivamente defensiva.

Imagen: Valentino Camargo

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